Mostrando entradas con la etiqueta soyuncanalla twitter. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta soyuncanalla twitter. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de julio de 2011

El poeta de los sueños




Nunca dejes de soñar...
No tengas miedo de que tus sueños se vuelvan realidad


Había una vez un señor que soñaba poesías...
Despierto no destacaba en nada; pero dormido se le aparecían poemas. Hablaba y su mujer copiaba; por la mañana ni él mismo podía creer que eso había sido creación suya (esto les sucede a muchos creadores, casi nadie puede explicar de dónde nacen las ideas; pero en este caso la sensación era más fuerte ya que dictaba dormido).
Todo terminaría aquí, si no fuera porque no estaba conforme con eso, pues se hizo famoso en todo el mundo, no tanto por los poemas sino por cómo le nacían. Lo invitaban a programas de televisión, pero esos de concursos y fenómenos extraños. Lo entrevistaban de periodicos y revistas para preguntarle si, además, veía espíritus. Aparecía en libros, pero en aquellos de récords y hechos inexplicables. Él quería ser poeta, y no un fenómeno de circo...
Sufría tanto que, desesperado, le dio un martillo a su mujer para que le pegara cuando hablara dormido, lo que ocurrió esa misma noche. Fue una poesía sobre una tortuga. Él no despertó, pero la tortuga del poema apareció de verdad en la habitación.
De ahí en más no soló dictaba sus poemas, sino que algunos de ellos se convertían en realidad. Un baúl, una calle, un barco, humo.
Uno de sus poemas habló del mar, y comenzó a inundarse la ciudad. Lo echaron de ésa y de otras, porque no elegía lo que soñaba, y no siempre eran cosas buenas. Soño la guerra, pero no fue culpa suya, la guerra ya estaba en los hombres. Él sólo contaba de un soldado que llevaba días en una trinchera, bajo la lluvia, y escribía cartas a su novia, por amor, pero también para no enloquecer.
Soño que estaba solo, y una nave espacial los llevó a la Luna. Soño que era un náufrago, y pasó a rescatarlos un barco antiguo...

No quiso soñar nunca más. Le pidió a su mujer que preparara café bien cargado, como se toma en Cuba, en Colombia o en México, y que le diera conversación para no dormirse.
Todavía navegan por el cielo, con los ojos cansados de no dormir. Pero, cuando se distrae, la mujer le canta una canción de cuna y descansan. Así es su amor...

miércoles, 6 de julio de 2011

Historias de Pareja



Sin lugar a dudas la convivencia de pareja siempre pasará por situaciones siempre diferentes y siempre llenas de vivencias, raras, extrañas y otras tantas muy pero muuy necias.



Pongamos aqui algunos ejemplos lo que muchos en diversas ocasiones hemos vivido o escuchado...






—¿Por qué no me llamaste?
—Porque en casa no hay teléfono
—¿Ahora me vas a reclamar eso también?






**************************************









-¿A qué hora paso por ti?
-Dime a qué hora te conviene
-A la que tú quieras.
-A la cuatro entonces…
-No, a esa hora no puedo.
-¿A las doce?
-No, tampoco.
-¿En la mañana?
-Imposible
-Entonces dime cuándo puedes
-Ya te dije que no hay problema.






*********************************






-Eres un amargado.
-No, soy una persona normal.
-No es cierto, eres un amargado.
-Deja de decirme eso.
-Yo puedo decirte lo que se me antoja.
-No, porque me cansarí­as.
-Te cansas porque eres un amargado.
-¡Ya basta, por favor!
-¿Ves?






********************************



Alguno de ustedes ha vivido esto?


Alguno de ustedes tiene una historia parecida que quiera compartirnos???




Todas sus colaboraciones son bienvenidas.






martes, 5 de julio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor 5



Excelencia en el autocontrol

Pero como de lo que se trata es que uno logre el autocontrol de uno mismo y no el autocontrol del otro, queremos comentar que en una prestigiosa revista internacional, cuyo nombre ignoro porque la encontré en el baño, en casa de un amigo y le faltaba la portada, hallamos un artí­culo que nos llamó la atención por su original tí­tulo: ¡TÚ PUEDES! El autor recomendaba leerlo al amanecer mientras se oí­a el Himno a la Alegrí­a de la Novena Sinfoní­a del genial hipoacúsico. Era un artí­culo muy breve, pues las fotos en maravillosos colores ocupaban casi toda la página, pero muy bien documentado y que iba directamente al grano. En este momento acuden a nuestra mente algunas de sus frases directas y especí­ficas:

•Encara tus dudas con contradicciones.
•Para vencer tu inseguridad debes ser más fuerte que ella.




Y aquella otra:

•Enfrenta tus problemas con una sonrisa y si son muy graves: con dos sonrisas.

Me encantarí­a reproducir el artí­culo en su totalidad (prácticamente asi lo hago) pero tomaremos solamente lo relacionado con nuestro tema. El autor, una eminencia cientí­fica, nos explica que si leemos algo repetidas veces, poco a poco va penetrando hasta llegar a las profundas capas de nuestro inconsciente y que, entonces, ya no necesitamos seguir repitiéndolo (y además me imagino que una sobredosis de repeticiones puede llegar a depositarnos el mensaje en las rodillas). La cosa es que cuando el mensaje se asimila en nuestro inconsciente se convierte en una parte nuestra. Tan así­ que serí­amos incapaces de diferenciarlo de otras partes nuestras e incluso de partes nuestras que no son nuestras, y entonces el mensaje empieza a trabajar solito, ya uno puede estar pensando en lo que quiera que el mensaje estará pensando en el mensaje, por decirlo así­, como cuando mantenemos el equilibrio al caminar o al beber.

Según el autor, debemos copiar estas reglas en un papel, que incluso podemos plastificar para que no se nos ponga pringoso, y cada mañana al levantarnos leerlo en voz alta una vez y en voz muy bajita otra vez más. Antes de pasar a las diez promesas del autocontrol, mi propia experiencia personal en el trabajo con este método, me permite hacerles una sugerencia: al copiar las promesas conviene hacerlo en un papel rayado porque sino uno escribe y se le tuerce la lí­nea.

Helas aquí­:

Las diez promesas del autocontrol

1.Cuando conozca a alguien primero le preguntaré el nombre y luego el teléfono, en ese orden.
2.Si la llamo y no la encuentro dejaré pasar quince minutos antes de volver a llamarla.
3.Si no la encuentro no seré agresivo con la persona que me atienda.
4.No bloquearé su lí­nea con mis llamadas.
5.Cuando la encuentre hablaré sin gritar.
6.Haré una cita para otro dí­a, nada de: ¿quéstáshaciendohí­voy!!!
7.No haré más de cuatro llamadas diarias para confirmar si irá a la cita.
8.El dí­a de la cita me acercaré caminando y no corriendo.
9.Le sonreiré sin hilitos de baba.
10.Tendré mis ojos con las dos pupilas dilatadas del mismo tamaño.

miércoles, 29 de junio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor 4



"Tu ya no me quieres como antes..."



Pero supongamos el caso de que no es que ustedes tengan que controlar sus ataques de ansiedad y abandono, mezclados con demandas de afecto de hace tres reencarnaciones a esta parte. Imaginemos que es a su amada a la que deben decirle: ¡Detente animal feroz!

Ante la afirmación:"Tu ya no me quieres como antes..."

Nunca respondan así: "Te quiero igual"

Porque lo que sigue es que el otro diga que no es cierto y uno insistirá en que sí es cierto y otro que no y uno que sí; (pero ya sintiendo que un poco menos) y el otro que no y uno que sí; (y uno ya empezando a sentir que tiene razón, que ni un poquito) y el otro insiste que no y uno ya lo siente como el mejor amigo...

Esto es tan así; que a mediados del siglo XV una fundación holandesa instauró un premio para cualquiera que logre que una de esas conversaciones dure menos de cuatro horas y es el día y la hora en que nadie lo gana....

Sugerencia de respuesta para evitar el rollo:

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"Adivinaste"

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"Menos de lo que siempre te quise: imposible"

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"¡No es cierto! ¡Siempre te quise poco de manera constante!"

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"¿Como antes de quién?"


Los invito a participar con sus sugerencias, son todas bien recibidas.

lunes, 27 de junio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor 3



Gracias por ser como Eres...

¿Hay que ser dulce en el amor?¿A las mujeres les gustan los tipos dulces? O bien la pregunta es: a las mujeres que a mí­ me gustan, ¿les gustan los tipos dulces? ¿Cuál es el punto intermedio, por Dios? ¿Conviene ser recio? ¿Es cierto que las mujeres estén hartas de los tipos recios?

Las mujeres que a mí­ me gustan no gustan de tipos recios. Por lo tanto, ¿Clint Eastwood saldrí­a con las mujeres que a mí­ me gustan? En caso de que fuera así­, ¿qué deberí­a hacer yo? ¿Le deberí­a decir: ¡Hey Clint te estás metiendo con mi chica!? O tal vez deberí­a sentarme en la mesa de enfrente, dejarlo actuar y fijarme cómo lo hace.
Imaginemos el caso de un tipo de mujer como a mí­ me gusta que no gusta de los hombres recios y no se da cuenta de que Clint no es de los tipos dulces y se mete con él. No sé qué conviene hacer en ese caso. Quizás esperar a que se dé cuenta que está con la persona equivocada o tal vez buscarme otra mujer, ahora del tipo de las que le gustan a Clint y llevarla a comer a los restaurantes donde va Clint con el tipo de chica de las que a mí­ me gustan, para que le den celos, se acerque a hablarle y entonces yo aproveche y me vaya a la mesa en la que están ellos y le diga al tipo de mujer de las que a mí­ me gustan: Oye ¿No te das cuanta que estás con un patán? Tú eres muy dulce y muy linda y él filma pelí­culas horribles y taquilleras y es millonario… no, quiero decir, mí­ralo cómo está besando al tipo de mujer que a él le gustan que es la que vino conmigo. Y bueno, a lo mejor la convenzo y me voy con ella.
Otro punto: eso de ser como uno es, es un consejo muy recurrido pero muy inespecí­fico, especialmente en el caso de los inseguros. ¿A qué se refieren cuando dicen: ser como uno es? O mejor dicho: ¿a quién se refieren? Hay gente que nos demorarí­amos años en encontrar algo así­ como nuestra personalidad, es como pretender sacarle una foto a un espejo cuando no está reflejando nada. ¿Cómo serí­a un espejo si no reflejara nada?¿Cómo se supone que encontremos nuestra propia personalidad?¿Va a gritar nuestro nombre cuando oiga que nos acercamos?¿Y si hay una personalidad que no es la nuestra y grita nuestro nombre? Supongamos que después de mucho despejar llegamos a tres personalidades finalistas, una de esas es. ¿Cómo la reconoceremos?¿Por el color de los ojos?¿La ropa que use?¿La que sienta vergí¼enza de que la identifiquemos? Y además, una vez que eso ocurra, que encontremos nuestra propia personalidad, ¿se supone que la imitemos o que seamos espontáneos y no le hagamos caso?¿Vendrá con alguna especie de manual del usuario (especificaciones técnicas, consejos: no someta su personalidad a…)? Lo que sí­ me temo es que no tengo nada parecido a una garantí­a. Nada de: La compañí­a se compromete durante el transcurso de un año…

Metáfora del correo: Si uno es como es llegarán pocas cartas. Si uno es como no es llegarán muchas cartas pero a direcciones equivocadas.
Ley de Martinelli: Ser como uno es no implica encontrar lo que uno busca.

Corolarios









  • Las cosas que deseamos se sienten poderosamente atraí­das por otras personas que buscan otras cosas.




  • Buscando lo que buscamos encontraremos lo que otros buscan.





Principios de competencia: Hay otros que también buscan lo que nosotros buscamos.






Corolario





Nosotros llegaremos cinco minutos tarde.
De todas maneras debemos admitir que el autocontrol es muy importante, pero no menos lo es relajarse y ser como es (como quiera que esto se entienda). Si estás continuamente tenso tratando de dar una imagen, ella va a sentir que salió a cenar con una agencia de publicidad. Le va a parecer que está enfrente de los comerciales de su programa favorito (ese momento que uno aprovecha para buscar un refresco, ir al baño, o ver qué están pasando en otro canal). Yo tampoco puedo con eso. Constantemente estoy tratando de adivinar qué es lo que a ella le guste, para ser eso y así­ gustarle a ella. Es más, creo que lo que soy hoy en dí­a es la suma de las cosas que le han ido gustando a distintas mujeres que conocí­.

miércoles, 15 de junio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor



La necesidad de afecto nos hace sentir como si estuviéramos en un desierto, por eso es que al encontrarla sentimos que llegamos a un verdadero oasis…La pregunta es: ¿Qué hacemos con los camellos?






Si uno es muy ansioso hay que saber controlarse. Si la persona siente que nos abalanzamos sobre ella con una enorme demanda amorosa se va a asustar y se va a mostrar retraí­da porque va a sentir que nos la tragamos, que ella nos ofreció un ratito de su tiempo y nosotros le estamos agarrando el calendario. Eso si uno es muy ansioso, ahora bien, si uno es como yo… es inútil intentar nada, de todas maneras se va a asustar.
Cuando uno es muy absorbente es capaz de perseguirse con cualquier cosa que haga el otro, interpretándola, inmediatamente, como que ya nos está queriendo menos. Bastará con que el otro se quede un ratito callado para que el demandante pregunte:



-¿En qué piensas?
-En nada.
-Anda Dime.
-No, en nada, de verdad.
-¿Por qué no me quieres decir?
-No es que no te quiera decir, no estaba pensando en nada.
-En algo estarí­as pensando ¿o me vas a decir que estabas con la cabeza en blanco?
-No, no estaba pensando nada importante.
-¿Y cómo sabés que no era importante? A lo mejor no era importante para ti pero para mí­ sí­, anda cuèntame…
-Era una taradez, ni me acuerdo.
-¿No te acuerdas de qué era, pero te acuerdas que era una taradez? Eso está medio raro…



Y así­ un millón de veces etcétera, porque, en la pareja el único caso en el que es lindo estar encima del otro es en la cama (e incluso ahí­ no siempre, ¿no?).



Si a los absorbentes no nos dan toda la atenciòn que queremos… nos sentimos abandonados.

A lo mejor la otra, pobre, está con un rollo en la cabeza o cansada o distraí­da y entonces, como no sentimos que está fulgurante por nosotros, nos sentimos abandonados.



¿Y qué hacemos cuando nos sentimos abandonados?

Nos alejamos para castigarla. La otra (el otro, seamos ecuánimes y de paso disipemos un poco) que ni nos abandonó ni se dio cuenta de todas esas extrañas elucubraciones que estuvimos haciendo no sabe, no entiende, por qué nos mostramos más frí­os o ponemos esa cara de ahorcado de ópera.
Si, en el peor de los casos, el otro es parecido a nosotros (muy en el peor de los casos) se sentirá abandonado y nos castigará alejándose y poniendo cara de ahorcado de ópera.

lunes, 11 de abril de 2011

Un pirómano en busca de hielo


“Tu problema es que eres demasiado franco”, me dijo Karina mientras me tomaba de la mano, “porque la gente no quiere oír verdades, es feliz escuchando mentiras piadosas”. No lo puedo evitar, es mi naturaleza, soy un pésimo promotor de mí mismo, y cosas por el estilo le respondí a la chica. A los 10 minutos de conocerla yo sabía que era más inteligente que el promedio de las mujeres, y mucho más que la mayoría de los hombres. Su observación se debió a que le dije que me había dado gusto conocerla pero que en ese momento no me interesaba ninguna relación afectiva. Estábamos afuera de su casa e incluso me invitó a pasar con el pretexto de “que no te caería mal un cafecito, o un poco de vino tinto”. Rechazar la invitación no fue fácil. Pero yo no estaba allí por mis propias razones. Lo que sucede es que mi hermana es como todas las hermanas: preocupona, protectora y un poco metiche. Así que el sábado me invitó a una reunión en su departamento y me presentó a una compañera del trabajo. “Mira, hermano, ella es Karina y es mi mejor amiga. Además de guapa es excelente persona”. Y tenía razón. A sus 27 años lucía radiante, con una figura que ya quisieran muchas chavitas, y una sonrisa que te provocaba ganas de besarla. “Ahí los dejo para que se conozcan mejor”, mi hermana Nadia le guiñó un ojo a su amiga. “¿Así que eres escritor?”. Casi escupo el trago de ron que acababa de beber. “¡Cómo crees!”, protesté. Ella se puso roja. “Bueno, es que he leído lo que escribes y me encanta”, justificó apresuradamente. “Pero no soy escritor, sólo me gusta escribir lo que pienso y siento”, aclaré, y ella sólo hizo un gesto de ojos extragrandes. “Me agrada que te guste lo que escribo, pero a mi no me va eso de escritor, se me hace demasiado solemne y yo soy un mero aprendiz de charlatán”. Posteriormente charlamos de música, un poco de nuestros respectivos trabajos y también de lo complicado que es encontrar pasión o algo de bondad en los ojos de la gente.

También me enteré de que el día que se iba a casar con el hombre de su vida se presentó la ex esposa en la iglesia y convenció al cura de que aquello era pecado. Pudo haberse comprometido sólo por el civil, pero se sintió humillada con aquel vestido de novia. Así que le pidió a su padre que la llevara a su casa y se encerró por tres días. El novio le lloró, le suplicó el perdón por haberle ocultado que era divorciado y por haberse confiado en que la ex ya lo había olvidado. La mujer había venido desde Querétaro para impedir la boda. Y nadie se explicaba cómo se había enterado. “Nunca intentes entender la maldad”, le comenté. Así que desde entonces prometió no volver a casarse. La historia de Karina estaba salpicada de fracasos amorosos, como suele ser habitual. Otro punto en común conmigo. “Pero no me cierro al amor, aún creo que encontraré a la persona ideal”, me aclaró. En eso no estaremos nunca de acuerdo. A la una de la mañana decidí que ya era hora de irme. Mi hermana me pidió que me quedara un rato, que era muy temprano y que eso apenas se estaba poniendo bueno. Allí había unas 20 personas y algunas bailaban y otras reían y una pareja llevaba como 15 minutos encerrada en el baño. No me convenció. Su amiga sugirió que le diera un aventón, “porque pensaba quedarme, pero ya tengo sueño y no creo este ruidero me dejen dormir”. Acepté de manera educada, aunque yo sabía que me desviarme al menos media hora de camino a mi casa. En el trayecto no dejó de hablar de mí. “Eres tan lindo” o “estoy segura de que cualquier mujer sería feliz a tu lado”. Traté de rebatir su buena impresión sobre mí. Convivir conmigo es tan constructivo como inventar una alarma contra bobos. Soy experto en demoler buenas intenciones. Toda mujer que me ama termina por convencerse de que es más sencillo lograr que un hurón coma con cubiertos. Esas y otras frases utilicé para desanimarla.

Cuando llegamos a su casa, me dio un beso apresurado sobre los labios, tan fugaz como la escena cursi de una película de Jennifer López. Se supone que debí tomarla del brazo, atraerla hacia mí y besarla como lo haría George Clooney en una comedia romántica, pero odio las obviedades. La miré fijamente y le dije que lamentaba haberle hecho perder el tiempo. “¿Por qué dices eso?”, cuestionó. “No soy el hombre que esperas, ni el que te hará volver a confiar en el amor”, solté con frialdad aunque sabía que era un pésimo diálogo. Quizá debí aclarar que soy cínico, arrogante, harto independiente, no creo en el amor a mediano plazo, ya tengo demasiados vicios, y de noche en noche me dejo acorralar por mis propios temores, pero por si no bastara, me encanta vivir solo. “Tú no puedes saber si eres el hombre que espero”, manifestó, “eso lo tengo que averiguar yo, déjame intentarlo”. Negué con la cabeza.

Si alguien lo sabe soy yo. “Llevo años tratando de conocerme, haciendo una biografía de mis defectos”, le advertí. Fue entonces que me invitó a pasar a su casa para seguir averiguando si yo le convenía o no. “No hagas que te ruegue, por favor”, y ese por favor sonó a ruego. “En verdad, muchas gracias, pero no puedo aceptar, no sería justo para ti”, me conozco y sé que terminaría llevándomela a la cama, aunque después me sintiera igual de vacío que un gerente de banco. “Okey, ya no voy a insistir, pero prométeme que me llamarás aunque sea para ir al cine”, ya me había dado su número de celular y evité darle el mío. “Lo único que te puedo prometer es que intentaré llegar a mi casa sin chocar, y ya luego veremos”, sonreí para aligerar el momento. “Tonto, no seas payaso”, me volvió a besar, “bueno, ya me voy. Conste, te lo pierdes porque quieres”, bajó del auto y al alejarse me gustó su manera de caminar, la forma en que los jeans acentuaban sus caderas.

Si no fuera amiga de mi hermana hubiera intentado seducirla. Ya son suficientes los reclamos de una sola mujer para desquiciarte. Y yo no soporto que mis parientes se quieran meter en mi vida. Sin embargo, al otro día me llamó Nadia para preguntarme cómo me había caído su amiga. “Es buena chica, pero no es mi tipo”, dejé en claro. “Ay, hermano, no seas payaso. Deberías salir con ella, es muy linda y muy decente”. No lo dudo. Le agradecí la invitación a su casa, pero le pedí que ya no me presentara amigas. Sé que se preocupa por mí, pero hace mucho que dejamos de ser niños y nos convertimos en desconocidos. A mí me da gusto verla feliz, como a mis otros hermanos, pero no sé si me moldearon con otro barro o si me falta cerebro, pero prefiero provocar mis propios incendios. Un pirómano sólo necesita fuego. Y generalmente actúa sin cómplices. Además, sé que estoy condenado a las mujeres insanas, a las que maldicen todo el tiempo, a las que ven telenovelas, a las que les gusta recitar tu nombre en cada orgasmo, a las que se ponen perfume entre los senos, a esas que gritan su placer casi obsceno, a aquellas que se tatúan el trasero, a las que no les importa si tu corazón late a destiempo. En fin, estoy predestinado a invertir en relaciones tan sólidas como un bloque de hielo.

viernes, 1 de abril de 2011

DESEO

Ante la mayor adversidad, ante tu mayor prueba, delante del máximo dolor inimaginable en el vacío más absoluto, siempre nos queda el deseo absoluto. Cuando la pena inunda tu alma, cuando tu fe, se ve quebrada en el abismo más negro. todo puede cambiar por el fuego animal, el deseo intenso. Allí donde el ánimo decae, dónde el consuelo no es posible dónde la oscuridad, llena el sentido de la vida misma, una vez secas las lágrimas, rota toda esperanza un simple gesto tuyo, una incitación al placer puede hacer cambiar toda mi mente. Cuando creemos que nada tiene sentido.... aquí te tiendo mi alma, te alargo mi brazo para en el más mínimo gramo, poder mitigar una milésima de tu dolor, e insuflarte placer para poder combartir tu miedo. Me uno en tu aflicción, a tu angustia. Sin saber como ayudarte sólo darte un abrazo, amarte, desearte tender un puente, para poder cruzar a tu lado a caminos más placenteros, llenos de vida, recuperando el deseo.......

lunes, 28 de febrero de 2011

ELLA

Me despierto con la sensación de volar, de ligereza, de no tener peso, de ir a donde me lleve el viento. El lugar está obscuro y casi no puedo ver nada, pero a pesar de todo, no tengo miedo, simplemente quiero recordar cómo volar para después poder hacerlo cuando quiera.

Es curioso, de pronto entre toda esa obscuridad, alcanzo a ver una luz extraña, como distorsionada, y entonces me doy cuenta de que no estoy volando en el aire, sino flotando en el agua. Conforme se va aclarando todo un poco más, veo nítidamente el paisaje submarino que se presenta ante mis ojos. El mar tiene distintas tonalidades, en algunas partes se ve más obscuro, en otras de un tono verdoso y cerca de la luz de la superficie, color azul turquesa.

No siento ninguna clase de temor a pesar de que no sé nadar, por el contrario, me deslizo fácilmente por el agua como si ésta fuera mi elemento natural. Puedo dar vueltas y maromas con una habilidad extraordinaria, no me estorban los brazos ni las piernas, de hecho no los siento... ¿tengo brazos y piernas? creo que no, pero tampoco me importa, no los necesito. Ahora soy un delfín y el océano es mi hogar.

Me siento tan bien en ese lugar que quisiera llorar de alegría, esto debe ser la felicidad, pienso un momento. Y de pronto como un ángel acuático la veo a ella, a esa mujer enigmática y misteriosa cuya imagen me perseguirá de hoy en adelante, lo sé. Ni siquiera tengo un nombre para esa sirena del cabello de fuego... la llamaré simplemente Ella.

Ella es hermosa, una sirena que vive en el fondo del mar. Su cuerpo es, más que el de una mujer, el de una adolescente; tiene piernas como si fuera humana, de hecho todos sus rasgos son enteramente humanos salvo por el color azul de su piel, un azul muy tenue y un poco brilloso. Pero sin duda lo que más llama la atención de Ella es su cabello muy largo, rizado y de un color rojo cobrizo tan intenso, que rompe de manera imprudente con la gama de azules que conforman el cuadro marino. Su abundante melena se revuelve al rededor de su cabeza dando la impresión de ser los rayos del sol de su rostro. Sus ojos son claros, no puedo distinguir bien si son verdes o azules... creo que son un poco verdes, pero no importa porque su mirada sigue siendo la misma, una mirada dulce y comprensiva, esa clase de mirada que si uno ve en alguien después de un mal día, puede cambiar el estado de ánimo y hacer que uno piense: ¡Dios! después de todo el mundo todavía tiene algunas cosas rescatables.

Ella me mira tan apacible y tranquila, como si ya nos conociéramos. Me sonríe amablemente y puedo ver sus dientes blancos como perlas, dice algo que no entiendo muy bien y me hace señales con la mano para que la siga... y yo obedezco. No tengo ni la más remota idea de a dónde iremos, pero me inspira la confianza suficiente como para nadar hacia donde me lleve.

Después vuelvo a despertar, ya es de día y ha salido el sol. Siento mi peso de nuevo, tengo brazos y piernas, y ya no puedo dar volteretas ni hacer malabarismos como delfín. Es triste, hace rato había despertado en aquel lugar lleno de magia y ahorita estoy en otro muy diferente...¡Ah, qué desilusión! pero... ¿y si yo fuera realmente ese delfín que al dormir tuvo el sueño (o la pesadilla) de ser humano? no lo sé, espero que así sea para despertar otra vez en el océano.

Desde ese día dudo acerca de mi existencia, ya no sé si soy el delfín o soy la persona. Lo único que sí es seguro es que quiero que Ella regrese, que venga por mí, que me pida que la siga otra vez porque iría con ella de aquí hasta el fin del mundo.

martes, 15 de febrero de 2011

Coronas para una reina perversa

¿Cómo se verá una mujer sola, con una cubeta de cervezas en la mesa? Liz se hizo la pregunta en silencio, al darse cuenta que la gente que pasaba frente a ese bar la observaba con extrañeza. Carajo y a mí que chingaos me importa eso, se respondió mientras se acomodaba el fleco. Además, pretextó, no tengo la culpa de que mi pinche galán lleve una hora de retraso. Destapó otra Corona y sonrió con la malicia de las chicas que suelen usar minifalda y escotes reveladores nomás por pura coquetería, aunque en el fondo sean igual de tímidas que una integrante de estudiantina. Cuando dieron las once pidió la segunda cubeta. Desde otra mesa, un tipo alto, delgado, con aquel peinado vintage, a lo James Dean, le lanzó un guiñó entre seductor y atormentado. Ella rehuyó a ese rostro, pero un murciélago aleteó debajo de su ombligo e intuyó que así comenzaba el vuelo del deseo.
El sujeto estaba sentado con dos chavas bonitas, aunque bien fresas, y un par de tipos también atractivos. Los típicos weyes de la Universidad Del Valle que buscan “emociones fuertes” en los barecitos de la Glorieta Insurgentes. El James Dean de mentiritas no dejaba de mirar a Liz, sobre todo sus piernas apenas cubiertas por esa minifalda que le pareció algo exagerada pero que iba perfecta con esa imagen retro de chica de calendario. Ella sintió necesidad de ir al baño, aunque odiaba la suciedad de esos sitios tan públicos. Frente al espejo se retocó los labios, a sabiendas de que las chelas borrarían el carmín. Al regresar a su mesa, el guapo ya la estaba esperando. Liz intentó caminar con naturalidad, aunque sus piernas temblaron un poco. En cuanto se sentó percibió un olor a perfume que le agradó bastante. Buscó en su archivo mental su mejor frase para correrlo y no la encontró. “¿Qué haces aquí?”, reclamó. Él contestó una babosada: “Decidí no hacerte esperar más”. La carcajada de ella fue estridente y quiso decirle que “lo malo no es ser un pendejo, sino presumirlo”, pero se encontró con unos ojos preciosos. “¿No te has aburrido de beber sin mí?”, preguntó el pinche narcisista. “Beber nunca me aburre, estés o no”, replicó Liz con una mirada altiva. Ante eso, aquel vocero de los lugares comunes no supo cómo reaccionar.
“Tienes unas piernotas” dijo aquel sujeto mientras rozaba la rodilla de Liz. “Lo que pasa es que el alcohol y la minifalda son una buena combinación”, argumentó la chica. Luego él preguntó lo de siempre y ella también. Jorge, se llamaba el aún desconocido e invitó el otro cubetazo. Desde su mesa, las amigas observaron a Liz como si fuera una zorra. Ella no las peló. “Tienes una mirada medio perversona”, intentó adularla pero ella ya estaba preguntando por sus amigas. “Ah, una de ellas era mi novia, pero la dejé porque era bien celosa, además de que me puso el cuerno con mi amigo, aunque ellos creen que no lo sé”. Media hora más tarde se besaron y decidieron seguirla en otro lado. Apenas dejaron el bar, buscaron un rincón semioscuro y la furia de la lujuria los envolvió por completo.
Jorge exploró el cuerpo femenino por encima de la ropa. Ella le acarició la nuca y luego lo besó como una mujer vampiro en una película de El Santo. “¿Piensas en ella?”, “¿piensas en si le gustó acostarse con tu mejor amigo?”, “Soy tu venganza, úsame, úsame para olvidarla aunque sea por un rato”, soltó ella como si fuera el uno-dos-tres de un boxeador salvaje. Jorge se excitó aún más. Sólo fueron unos momentos, porque se apartó bruscamente. “¿Por qué me dices todo eso? No ves que todavía la amo... y anda con ese pendejo”. Liz lo miró tan indefenso, tan vulnerable, que por un momento pensó claudicar, pero sus ojos se encendieron con esa malicia que sólo algunas chicas rudas tienen. Entonces pensó que sí él la hubiera abofeteado, como un rebelde hollywoodense, estaría rendida a sus pies. Pero no, lo volvió a mirar y ni siquiera se permitió el lujo de sentir lástima. Sólo dio media vuelta y escuchó un sollozo. Abordó un taxi en la esquina, cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y sonrió de la manera más sexy al conductor. Pidió que la llevaran a la Tabacalera, rumbo a casa de su novio, nomás por las ganas de estar con un hombre de verdad, aunque la haya dejado plantada.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El monstruo que alimentas en el sótano

“Tienes un camaleón en la mirada”, me comentó aquella chica. “Ah, gracias”, respondí como un tonto, bueno, como el tonto que suelo ser cuando las cosas no andan muy bien con mi vida. “Ni me des las gracias, porque no es un cumplido”, parecía un reclamo aunque el tono era amable
Dejé de revisar aquellas hojas y levanté la mirada. Ella me observaba con cierta expectativa. “Perdón, no pretendía darte el avión” o algo así pretexté. Ella me sonrió, antes de preguntarme “¿a ver, qué fue lo que te dije?”. Tampoco soy tan cretino para no poner atención. Puedo ser un distraído, pero no un inconsciente. “Que tengo un camaleón en la mirada”, dejé en claro y con ello di pie a una explicación. “Es que tu mirada se mimetiza y supongo que es un acto de defensa”, aquella chica era un tanto extraña. “¿Podrías ser más específica?”, le cuestioné. Era lo que buscaba. “Vamos a fumar un cigarro y te platico”, se encaminó al pasillo. La seguí afuera y me despedí de los chicos que quedaban en el salón. Una vez más había aceptado ir a dar una charla sobre periodismo. Siempre me pasa que algún amigo que da clases me invita, más bien me compromete, a platicar con sus alumnos con el chantaje de “es que no manches, ya hay poca gente honesta en este medio” o con el rollo de “tú eres muy divertido cuando platicas”. Yo no me dejaba engatusar por una u otra cosa. Sólo aceptaba porque me cuesta trabajo decirle “no” a los cuates. Así que allí estaba, en esa escuela de paga, rodeado de chavales a los que les importaba un carajo lo que yo dijera de esta profesión tan desprestigiada por los programas de chismes. “¿Nunca quisiste salir en la tele?”, me preguntó una guapa de ojos verdes. “Me sobra vergüenza y me falta una sonrisa falsa”, fue mi respuesta aunque luego dejé en claro que la televisión está llena de cretinos, de farsantes, “y contra eso no puedo competir”.

Mientras fumábamos, la chica acabó de darme los detalles: “En tus ojos hay algo de nostalgia, pero la ocultas con dureza. Y de pronto destellan alegría, pero te escondes en la malicia, por eso digo que hay un camaleón en tu mirada”. Di una calada al cigarrillo, exhalé el humo y la reté, “y ahora me vas a decir que también sabes leer el aura, ¿no?”. Se molestó un poco. “Ash, qué tonto”, me empujó con el hombro la muy confianzuda, “mejor no te hubiera dicho nada”. Reímos un poco, me detalló que escribía poesía y que le interesaba mi opinión. Acabamos yendo a comer, intercambiamos correo electrónico y nos despedimos como dos amigos. Para entonces yo ya sabía que se llamaba Elisa y que soñaba con irse a viajar por Europa. Esa misma noche me mandó sus poemas, incluido uno que se llamaba “Un camaleón en la mirada”, con la típica dedicatoria. No escribía nada mal, tenía algunas metáforas afortunadas, aunque aún sus letras eran un tanto ingenuas y le fallaba un poco la acentuación. Así se lo dije por messenger. Ella agradeció mi sinceridad. Un día cualquiera me invitó a salir. Fuimos a emborracharnos. Se quedó en mi casa. Era más apasionada en la cama que con la poesía. Me advirtió que estaba en una pausa con su novio, que tal vez regresaría con él. “No necesitas darme un instructivo”, asenté, “porque no pretendo enamorarme”. Ninguno quería compromisos, pero ella acabó por enamorarse. Luego comenzó a ser cursi, algo que siempre me ha contrariado. “Me gusta estar contigo, pero más me encanta que tú me inspiras”, soltó una vez que bebíamos en un barecito. Y sacó su libreta y me leyó algunos esbozos que hablaban de “nuestro amor, de esta pasión”. Miré su cerveza y dudé que Elisa ya anduviera ebria. “Están chidos”, la animé, “pero no esperes que llene la tina de baño con pétalos de rosa”. Apenas iba a darle un sorbo a la Corona y se detuvo: “A veces eres tan mamón que no sé cómo te aguantas tú solo”. Ya empezaba a chocarle mi ironía. Nada raro. “No tengo escapatoria”, indiqué, “soy rehén de mis defectos y nadie en su sano juicio pagaría el rescate”. Sus ojos brillaron. “Oooye, eso suena pocamadre, ¿me lo regalas para un poema?”, y me acarició la pierna. Como si no hubiera yo notado que algunos de sus textos, los menos cursis, estaban poblados de frases mías. Carajo, así que ya ni siquiera podría usarlos en mis historias. Y ni modo de acusarla de plagio.

“El ogro que alimentas se come mis sueños,/ devora mis desvelos cuando no te tengo./ El monstruo de tu indiferencia ha roto sus cadenas/ y saldrá del sótano para atraparme,/para hacerme rehén de tus defectos./ Si no logro escaparme, por favor, que nadie pague el rescate”. Ese fue uno de los últimos poemas que me escribió Elisa antes de convencerse de que yo nunca podría amarla. Aunque me gustaba mucho y me parecía una mujer sensible, inteligente, era harto inmadura. Lo acabé de comprobar el día que su ex novio se apropió de su messenger y me dijo una serie de barbaridades propias de un escolapio, como: “¿Qué te traes con mi novia imbécil?”. Yo le respondí que su “novia” no era ninguna imbécil, que en todo caso quiso decir, “¿qué te traes con mi novia, (coma) imbécil?”. Me reí un rato a sus costillas y le animé a no desesperarse “porque la inmadurez es una enfermedad que se cura con el tiempo. Aunque para eso de ser idiota, aún no encuentran el antivirus”. Yo no le dije nada a Elisa, más bien su ex novio se indignó y acabó por maldecirla. Supongo que aún la amaba y el corazón suele aconsejar muchas pendejadas. Ella me reclamó a mí, por ser tan duro con “el pobrecito de Cristopher”. Me sacó de mis casillas, le dije que no soportaba sus cursilerías y que me encantaría que regresara con su ex novio porque estaban hechos a la medida. Se ofendió bastante, intentó darme una cachetada, y comprendí que me había excedido. Esa noche hicimos el amor como desesperados. Yo sabía que era la última vez que su desnudez deslumbraría mi tacto. No hubo despedidas, ni cartas con posdatas. Aunque seguramente ella me recuerda cuando escucha a Babasónicos cantar eso de “tengo que aprender a fingir más y a no mostrar lo que siento./ Tengo que aprender a fingir más y a pilotear lo que pienso./ Trato de acercarme a una puerta/ y escucho un enjambre de moscas silbar,/ disimula, que están zumbando mi nombre,/ debemos irnos y no sé por dónde”.

lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Qué es amor?

Poner los pies sobre la tierra
y despreciar la guerra,
eso es amor

Tratar con más delicadeza
a los de la pobreza,
eso es amor

Y tu, que no sabes amar,
pretendes encontrar
maldad en mí,
en mí, que sólo doy amor
porque tan sólo amor
sé recibir.

Mirar a los ancianos
y acariciar sus canas,
eso es amor.
Jugar con niños muy pequeños
y realizar sus sueños,
eso es amor.

Y tu, que no sabes amar,
pretendes encontrar
maldad en mí,
en mí, que sólo doy amor
porque tan sólo amor
sé recibir.



viernes, 29 de octubre de 2010

Hay aromas que convocan tus recuerdos

Mi hermana hoy tendría unos 30 años. Para ser honestos, no recuerdo la fecha en que murió. O más bien es algo que he preferido, hemos preferido olvidar. Mónica era una niña hermosa, como suelen serlo todos los bebés
Y digo que era hermosa porque se trataba de mi hermana o quizá debido a que así he querido conservarla en mi memoria. Ahora que me acuerdo, aquella bebé se reía poco, nos observaba sentada desde la cama mientras nosotros andábamos en chinga antes de que llegará mi madre de trabajar. Nadia lavaba trastes, yo trapeaba la sala, mientras Claudio sacaba la basura y Silvia jugaba en el patio con los vecinos. La nena sólo estaba sentadita, sin quejarse demasiado. Mi padre ya se había largado, un par de años atrás, a vivir con otra mujer, pero aquello no le impedía ir a buscar a mi madre cuando andaba ebrio o caliente... o ambas cosas. Alicia, mi jefa, seguía enamorada de él, así que tampoco se hacía del rogar. Por eso no resultó extraño que Alicia se embarazara una vez más. Ya éramos cinco hijos y mi madre ni siquiera tenía en claro lo que haría para sacarnos adelante, porque el desobligado de mi jefe ni siquiera nos pasaba una pensión fija. Ahí cuando quería le dejaba unos pesos a la tonta de Alicia, que lo seguía recibiendo en casa cuando a él se le antojaba. Uno a esa edad no entendía bien a bien qué sucedía. Yo no recuerdo haber extrañado a mi padre, acaso porque estaba demasiado ocupado estudiando, haciendo deberes en casa, abrumado con las tareas y entusiasmado con las cascaritas de fucho en el vecindario. Ni siquiera recuerdo cuando nació mi hermanita. Un buen día estaba allí. Y otro día cualquiera, mi madre debió regresar a su trabajo como afanadora. Así que desde ese momento nos quedamos a cargo, todas las tardes, de una bebé a la que apenas podíamos cuidar. En lugar de andar de vagos, como todos los chavales de nuestra edad, teníamos que cambiar pañales y lavar mamilas. Mi hermana Nadia no tenía una muñeca decente, pero ya era una madre a escala de una bebé de carne y hueso. Pobre de mi carnala, en lugar de jugar a la comidita con sus amigas, tenía que preparar mamilas y arrullar en sus brazos a la menor de mis hermanas. Y aunque supongo que era una lata todo eso, nosotros queríamos mucho a Mónica. Eso lo tengo bien claro. Yo la recuerdo sentada en la cama, con su chambrita amarilla, mirándonos pasar de un lado a otro. No la puedo evocar sonriendo y debe ser porque en realidad en aquella casa había pocos motivos para sentirse feliz. Y eso, cuando eres niño, te marca para siempre.

penas llegué de la escuela y aventé mi mochila sobre el cesto de ropa sucia. No sé por qué agarré esa costumbre, pero debió ser porque mi madre se enojaba si dejábamos cualquier cosa en el sofá, como suelen hacer todos los chamacos. Lo primero que me llamó la atención es que mi hermanita no estaba en la cama, ni las almohadas que le poníamos alrededor para que no se fuera a caer. Se supone que ella debería tener una cuna, pero carajo, si apenas teníamos cama y un colchón tan viejo que los resortes habían perdido fuelle. Fui a buscar a Nadia, pero no estaba ni en el traspatio. Me senté a la mesa, esperando que pasara no sé qué, acaso intrigado, quizá sacudido porque rompían mi rutina de llegar directo a saludar a la bebé. Entonces llegó Nadia de la tienda, con medio kilo de huevos en una mano. Me explicó que la nena se había “puesto mal” y que la llevaron al hospital desde temprano. Mis hermanos menores, Claudio y Silvia, estaban en casa de mi tía Concha. Tampoco nos preocupamos gran cosa, aquello parecía normal. Al tercer día ya dejó de ser algo “normal”, pero nadie nos daba explicación. Hasta que una noche mi madre volvió del hospital y en cuanto la vi supe lo que había sucedido. Mis ojos se fijaron en su mirada llorosa, corrí a abrazarla y sólo repetía “mi hermanita, mi hermanita, mi hermanita”. Alicia me abrazó y sus lágrimas resbalaron sobre mi cabeza.Mónica no era una bebé risueña, pero en mi memoria siempre me ha parecido hermosa pese a sus ojos tristes. Tenía el cabello rizado, así que tal vez le hubiéramos dicho “china”. Era menos morena que nosotros y tenía una nariz parecida a la mía. Bueno, en realidad se parecía más a mi hermana Silvia. O tal vez guardaba más similitud con Claudio y yo sólo me lo estoy figurando. En casa hablamos poco de ello. Cuando falleció Mónica, mi madre se limitó a decirnos: “Su hermanita estaba muy enferma”. No supimos de qué o por qué, así que sacamos nuestras propias conjeturas. Yo molestaba a Nadia y le decía que “tú tienes la culpa porque le dabas la leche fría”. Y ella me echaba en cara que “nunca la tapabas cuando se quedaba dormida”. Eso se explica porque lo único que nos habían comentado es que la bebé se había puesto mal de la gripa. Éramos los menos culpables, pero nos martirizábamos uno a otro. Muchos años después, cuando ya habíamos sido demasiado crueles, nos enteramos que Mónica murió por una afección cardíaca, que era imposible que hubiera sobrevivido. El tiempo que vivió con nosotros fue suficiente para amarla, aunque después la hayamos sepultado en el olvido. A nosotros no nos llevaron al sepelio, porque era algo “muy fuerte para los niños”. Mi padre no asistió porque no quiso. Mónica tuvo un funeral sin mucha gente. Y aquella tarde cayó un diluvio. Y yo no dejaba de mirar a través de la ventana empañada, esperando que mi madre regresara para que me abrazara. Nunca supe dónde estaba la tumba de mi hermana, nunca nos llevaron a visitarla, y mi jefa se limitaba a poner dulces y leche en la ofrenda del Día de Muertos, porque ni siquiera alcanzamos a tomarle una foto a Mónica antes de que falleciera. Es curioso, pero nunca había recordado todo esto. Será que me anda rondando mi bipolaridad. Será que cada víspera de Día de los Santos Inocentes, invariablemente, viene a mi recuerdo la imagen de aquella niña que sonreía poco y tenía una mirada profunda como la mía. Y lamento que ya no exista esa tumba para llevarle flores. Mi madre seguro que volverá a poner dulces y leche en la ofrenda. Y encenderá una veladora. Y el aroma a cempazúchitl llenará la casa de recuerdos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Tu ángel de la guarda no hace horas extras

Una señora de las Lomas mira con asco a la anciana que pide limosna. Un auto de lujo se detiene la esquina y aquel viejo ejecutivo hace guiños a un menor de edad. Ah, esta ciudad obscena, tan maquillada de lujuria, que no tiene un monumento a la ternura, ni una embajada de la bondad o su universidad de la poesía
Esta urbe es ubre que destila nuestras locuras, tanta podredumbre. Esta ciudad intoxica con su tufo a mujer ebria, con su aroma a cloacas corroídas, con su perfume de furcia barata. Y mi calle está llena de baches, de alumbrado tuerto, y hasta hay una cruz en la acera de enfrente que recuerda la muerte fulminante de no sé cuántas esperanzas.

Este asfalto nos conducirá algún día a la locura de tanto esperar por lo que desesperamos. Estas calles vacías de piedad, abundantes en pesadillas, delirantes de gritos que desgarran una madrugada de balas, de miedos a medio morir.

Una oración no te salvará de las ráfagas, ni te aislará del ulular de las ambulancias que rasgan el alba y empañan los ojos frente a la sala de urgencias. Un adolescente-casi-niño se debate entre la vida y la muerte por el fuego cruzado, por la ineptitud de un presidente que suele confundir las condolencias con los discursos desgastados.

Y un pordiosero husmea en los botes de basura, mientras aquel senador se prueba unos zapatos obscenamente finos o un diputado pide el platillo más caro en la terraza de un restaurante con vista a la catedral. Y las miradas de ambos se encontrarán en el crucero y no hallarán puntos en común porque al menos el mendigo reflejará más humanidad que el méndigo de corbata italiana.

Las campanas de aquella iglesia lejana tampoco sonarán a bálsamo para la joven prostituta que fue engañada con promesas de amor, con promesas que se volvieron bestias tras los ojos de aquel hijo de puta que le recetó mil golpes para clausurar las lágrimas. Y una madre morena imaginara que su hija se fue del pueblo para sufrir menos o quizá ganar un poco más en esta pésima apuesta que era su vida. Y en el olvido quedarán los días en que esa pequeña sonreía mientras correteaba las gallinas. Y llegará el momento en que su hermanito, calzado con unos tenis que le quedan grandes, dejará de preguntar por la chica que cantaba con él mientras buscaban un poco de leña seca. Y no habrá llanto suficiente que alivie tanta injusticia, tanto dolor, ese rencor, la nostalgia por la muerte, las ganas de abrazar a mamá en busca de consuelo.

Además no hay dioses suficientes para atender tantas plegarias o el exceso de oraciones llegadas desde este páramo tan lejano. No, no hay veladoras que valgan, ni rezos que invoquen cielos, mucho menos agua bendita que colme la sed de los que más necesitan. En definitiva, escasean los dioses. Y peor aún, los ángeles de la guarda no trabajan horas extras ni en días feriados.

Esta escuela del terror que nos depara una graduación de la degradación. Esta tierra que ya no es húmeda, ni despide olor a lluvia, sino a frío que cala el alma. Esta postal grisácea tan llena de esmog y hormigón, tan sobremaquillada de graffitis, tan carente de calor o color que ilumine los pasos extraviados.
Ahhh, maldita y asfáltica ruta hacia la desolación. Tremenda avenida de los desesperados, inmensa vía que conduce a todos los sitios y a ningún lado. Caótico callejón tan lleno de oscuridad, tan poblado de gatos con ojos de fuego y uñas que rasgan tu peor superstición.
Y es amor y es odio lo que conviven en tu corazón cuando miras los ojos vidriosos de esta ciudad en llamas, de esta urbe que seduce con una pasión malsana. No por nada Efraín Huerta fue tajante en su poesía: “¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos/ como una cabeza cercenada con los ojos abiertos./ Estos días como frutas podridas./ Días enturbiados por salvajes mentiras”.
No por nada la Orquesta Mondragón hace un carnaval cuando canta que “la ciudad donde vivo/ es el mapa de la soledad,/ al que llega le da un caramelo/ con el veneno de la ansiedad./ La ciudad donde vivo/ es mi cárcel y mi libertad./ La ciudad donde vivo/ es un ogro con dientes de oro,/ una amante de lujo/ que siempre quise seducir./ La ciudad junta a dios y al diablo,/ al funcionario y al travestí./ La ciudad donde vivo/ es un niño limpiando un fusil”. No por nada, quienes vivimos aquí, hemos establecido una relación enfermiza, codependiente, con esta amante que tiene corazón de neón, alma incandescente. Deberíamos de huir y dejar de sumergirnos en el Metro que tanto aborrecemos. O arriesgarnos a que un buen día el forense dibuje con tiza nuestra silueta en el suelo

martes, 19 de octubre de 2010

Das Herz

El recinto acumulador de toda nuestra vida.
La memoria de toda nuestra existencia.
La estación de llegada de todo lo futuro.

El dique que acumula el agua del presente.
El cauce para el río fluyente de la transitoriedad.

El fondo hondo y trepidante del sufrimiento.
El monte Calvario de la crucifixión de todo amor.
El sepulcro de todo nuestro fatigado y constante fenecer

El foco ardiente de toda renovación y resurrección.
La tierra creadora de todo presentimiento y de todo lo vital.
La profundidad tejedora de la imaginación.

La cripta que esconde todos los secretos encubiertos.
La tumba de las noches irrecordables del alma.

La fuente del olvido re-creador.
El regazo del dolor de toda fecundidad.
El suelo que se pudre de toda la malicia infructuosa vertida en él.

jueves, 14 de octubre de 2010

Desempolvaré mi disfraz de adivino

Una mujer insegura es un catálogo de dudas. Sí, la tendencia de ellas es preguntar demasiado. Pero Karina abusaba de los signos de interrogación. Su muletilla favorita era “¿adivina qué?”.

Y durante un tiempo caí en sus hábitos y, mientras todo era novedoso, yo solía responder con otra pregunta más simple: “¿qué?”. Cuando pasó el entusiasmo, pensé seriamente en desempolvar mi disfraz de adivino.

—¿Adivina qué? –me preguntó aquella noche, en cuanto llegó del trabajo.

—No me digas, no me digas –hice una pausa–. Tu madre dejará de meterse en nuestra relación, ¿no?

Ella me lanzó una daga con la mirada. Yo contuve la risa y trate de parecer serio, lo cual me cuesta trabajo.

—Ah, ya sé. Tu amigo Alex al fin decidió salir del clóset y aceptó que está enamorado de su maestro de yoga –seguí mirando a Gregory House en la televisión.

Ya no aguantó más y advirtió que “me choca que te sientas un tipo listo todo el tiempo”. Karina pasó frente a mí. De reojo miré cómo se quitaba el saco y la blusa. Tenía hermosos senos y una cintura envidiable.

—Me voy a la convención en Guadalajara –sonó enojada—. Y odio que me amargues las buenas noticias.

Ahhh, eso no presagiaba nada bueno. Pero hacía unos meses que las conversaciones se reducían a cómo le había ido en su nuevo trabajo.

—¡Felicidades! Tienes todo un fin de semana para olvidarte de este tipo listo –lo que a mí no me emocionaba.

—Aunque lo digas de broma –se había puesto la bata, lo que anunciaba que otra vez se dormiría temprano y acortaba nuestras posibilidades de tener sexo.

—Me parece estupendo. Así podré irme al bicho con mis amigos sin que me estén llamando 20 veces para ver a qué hora llego a casa –aclaré.

—Por mí, puedes hacer una pijamada con las putas de tus amigas –fue hacia la cocina y se sirvió un vaso de leche.

—¿Una pijamada? Eso es para fresas que escriben tonterías en sus diarios –recordé una de sus anécdotas de cuando iba en la prepa.

—Pues entonces haz una fiesta de disfraces, pero adviérteles que no cuenta el disfraz de zorras que usan cada fin de semana –fue a sentarse a mi lado y remarcó la palabra “zorras”.

Tuve que carcajearme. La abracé e intenté besarle el cuello. Su respuesta me quitó las ganas: “estate en paz, que me vas a tirar la leche”.

Karina últimamente se sentía “tan cansada” que nuestras relaciones íntimas se reducían a compartir el shampoo y la pasta de dientes. La notaba bastante distante y yo tampoco hacía mucho por acercarme.

>>>

Un buen día, Karina me comentó que su nuevo jefe no era “nada feo” y que al parecer coqueteaba con ella, pero además pretextaba que “está casado y además es muy grande para mi gusto”. En realidad no lo era tanto, sólo le llevaba unos diez años. Y el tipo comenzó a tener detalles con ella, como darle un certificado de regalo de Liverpool en su cumpleaños “para que te compres algo que te haga ver aún más guapa”. Eso decía la tarjetita que acompañaba la envoltura. “Eaah, alguien le gusta a su jefe”, lo tomé a la ligera. “No seas tonto. Alberto sólo trata de ser amable”. Vaya, ni me había dado cuenta de cuándo “mi jefe” pasó a ser “Alberto”. Debí captar las señales, pero yo estaba demasiado ocupado en otras cosas. Cuando las relaciones entran en el túnel de la rutina, uno busca atajos que hagan menos monótono el trayecto. Te refugias en los amigos, en escribir por las madrugadas, hacer carambolas de tres bandas, irte al estadio mientras ella visita a su madre. Y así hasta que los silencios son cada vez más extensos.

—¿Adivina qué? –su pregunta de siempre.

—Espera, deja sacó mi bola de cristal. La compré ayer y me muero por estrenarla –cerré el libro que leía y la miré. Ella sólo me observó con un aire de impaciencia.

—Contigo no se puede hablar –se encerró en la recámara. No duró mucho su enojo y regresó.

—¿Me puedes poner atención un minuto? –otra maldita pregunta.

—Mi atención es toda tuya, igual que mis caricias –la tomé por la cintura y traté de sentarla en mis piernas.

—¿Ya vas a empezar? ¿Sólo piensas en eso? –dos jodidas preguntas al hilo.

—Sí, soy un obseso sexual, sobre todo, tras dos semanas de sólo verte dormir –dije.

—Pues me acaban de aumentar el sueldo y pensé que te daría gusto saberlo –No me dio tiempo de comentar algo, porque se fue a encerrar otra vez a la recámara.

Ni siquiera llevaba un año en el trabajo y ya le habían aumentado el sueldo. Yo sabía lo que significaba eso. Más viajes de trabajo, menos tiempo juntos, el afán de su jefe por seducirla, el deterioro de nuestra relación. Y a los dos meses terminamos. Y ella acabó acostándose con Alberto. Aún siguen juntos, aunque él no va a divorciarse. De repente Karina llega a llamarme y me sugiere que deberíamos vernos. Alguna vez salimos y me pidió que retomáramos “los buenos momentos”. Yo me limité a decirle que “no creo que funcione como al principio”. Y ella soltó una avalancha de preguntas: “¿por qué?, ¿ya no me quieres?, ¿andas con alguien?, ¿ya no te gusto?”.
Seguía siendo guapa, pero el orgullo es una mascota herida, desconfiada, después de que la han pateado. “La respuesta es simple, he desempolvado mi traje de adivino y creo que tú y yo no tenemos futuro”, fue lo último que dije al respecto. Cambiamos de tema, pagué la cuenta, la acompañé a su auto y le dije “hasta nunca” con una seña de adiós en la mano. Recordé a un poeta que recitó en silencio “tus ayeres a mi lado serán hermosas postales que no recibirás en tu nuevo domicilio”.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Desenterrar un cadaver exquisito

El maestro me regresó mi texto con un par de correcciones y un 9 de calificación. “¿Vas a algún taller literario o algo así?”, me preguntó. Le respondí de la manera más simple que no. “Ok, espero que nunca lo hagas, porque sólo te echarán a perder”, señaló mi tarea, “me gusta como escribes, sólo es cuestión de que lo afines y superes tus faltas de ortografía”
Aquello fue un gran aliciente para mí. Un año después Manuel Gutiérrez Oropeza pasaría de ser mi maestro en la universidad a mi jefe en mi primer trabajo como reportero. Mentiría si dijera que con él aprendí a escribir, porque eso se aprende leyendo un chingo y practicando mucho más. Pero Manuelez me enseñó a ser periodista, a amar este oficio canalla y mal pagado en el que la pasión es tu mejor recompensa. Gracias a él me aproximé a diversos autores y aprendí que la mejor manera de escribir era dejándote guiar por las emociones, escuchar la voz de tu alma y de tu corazón. Y también entendí que lo más valioso que tiene un hombre es la honestidad, empezando por la coherencia con uno mismo. Nunca le dije a Manuelez cuánto lo quise, todo lo que valoraba sus enseñanzas, no me di la oportunidad de agradecérselo. Murió muy joven y cuando me enteré no podía creerlo. Ni siquiera pude ir a su funeral porque yo andaba de viaje, pero recordé su sonrisa, su generosidad y lloré mientras el viento de una ciudad extraña me susurraba que siempre he estado en sitios lejanos mientras las peores cosas me atacan por el flanco. Han pasado los años y sigo fiel a las enseñanzas de aquel maestro, amigo, tremendo ser humano. Y sobre todo, me resisto a dar clases porque, como él dijera, no me atrevo a echar a perder a alguna mente brillante.
>>>
“Si les enseñaras a escribir con creatividad, ¿qué les dirías? Les diría que tuvieran una aventura amorosa infeliz, hemorroides, mala dentadura, que bebieran vino barato, que evitaran la ópera, el golf y el ajedrez, que no dejaran de cambiar la cabecera de su cama de una pared a otra y luego les diría que tuvieran otro amor infeliz”, retomé este poema de Bukowski en mi taller de periodismo para dejarles en claro que yo no les iba a enseñar gran cosa, sólo a hacerle caso a su voz interior, a su propia revolución. “Les diría que evitaran los días de campo familiares o ser fotografiados en un jardín de rosas… que nunca se consideraran superiores y/o justos, que nunca trataran de serlo, que tuvieran otro amor infeliz”. Preceptos elementales, al alcance de la mano, sobre todo, eso de nunca considerarse superiores, porque como dejé bien claro “aquí no hay genios, sólo bailarines. Y aquí van a aprender a bailar con la mente, al ritmo que mejor les acomode”. Y entonces escuchamos a Jorge Drexler, en silencio y con los ojos cerrados, para luego danzar libremente. Acto seguido, desenterramos un cadáver exquisito, cada quien escribió un pensamiento aislado, y este fue el resultado al unirlos: “Silencios poblados de ideas me rodean./ ¿Qué es lo que significa el amor? ¿Espejismo o realidad?/ No me queda más que ser un pájaro/ en este puente que une el principio de un día con el principio del otro./ Y me suenan lamentos de alguien que ama mucho./ Dejé de nadar hacia la botella de ron… mejor decidí nadar hacia abajo para seguir a la sirena,/ pero al llegar la noche te desvaneces como la miel en el hielo”. Nada mal para un primer ejercicio. El poder de las mentes en conexión. Y Aidé, Juan, Sandra, Nazario, Montserrat, Desireé y los demás sonrieron al ver sus ideas enlazadas. Eso es lo que me ha reconfortado un poco.
>>>
No, no pretendo enseñarles a escribir con creatividad, sólo alentarlos para que derriben sus muros, para que desechen sus miedos y se atrevan a explorar sus propios infiernos. “Les diría que miraran pasar los aviones detrás de una cortina veraniega, que nunca trataran de triunfar, que jugaran billar, que tomaran vitaminas, pero que no hicieran pesas… después de todo esto, que hicieran lo contrario, que tuvieran un amor feliz y que lo que hay que aprender es que nadie sabe nada, ni el Estado, ni los ratones, ni la manguera del jardín, ni la estrella polar”, ni los que dan talleres para escribir, desde luego. Y siguiendo con la filosofía de Bukowski, les diría que “si alguna vez me descubres enseñando a escribir con creatividad y lees esto, regrésamelo, te calificaré merecidamente con MB y te patearé el trasero”. Yo no sirvo para dar clases, no pretendo ser un ejemplo a seguir, bastante hago con mantenerme mínimamente cuerdo. Sólo escribo porque un buen día uno de mis maestros me dijo: “Plántate frente a una hoja en blanco y mientras caminas para arriba y para abajo, dale a esa cosa, dale duro. Haz como si fuera una pelea de box entre pesos completos. Si quieres ser escritor, tienes que cogerte a muchas mujeres, hermosas mujeres y escribir algunos poemas decentes de amor. Y no preocuparte por la edad o los jóvenes talentos. Sólo toma más cerveza, más y más cerveza. Y procura ganar si apuestas. Aprender a ganar es duro, cualquier idiota puede ser un buen perdedor”. Sólo he conseguido unas cuantas cosas, como eso de las mujeres y aquello de ser un idiota. Creo que me seguiré esforzando, aunque evitaré la cerveza porque lo mío, lo mío es el ron.

jueves, 7 de octubre de 2010

Sólo te queda empeñar el alma

A veces me siento como un tonto, esperando algo que me diga que la vida es mucho más que esta sucesión de soledades, este recuento de maldiciones o fracasos. Y me da por poner una y otra vez la misma canción:

“Hice un lugar en el refugio de mis sueños/ y guardé ahí mi tesoro más preciado,/ donde no llega el hombre con sus jaulas/ ni la maquinaria de la supervivencia…/ Me fue más fácil intentar la vida,/ que venderla al intelecto y la conformidad./ Y ahora sólo un camino he de caminar…/ Y morir queriendo ser libre, encontrar mi lado salvaje”. Cómo tú, como tus padres, como el vecino, igual que el microbusero, la enfermera, el policía, los maestros, el licenciado o aquel arquitecto, la mesera y cualquier estudiante, siempre he sido un número. No importa el nombre, lo que cuenta es la matrícula, la cantidad que debes, los intereses que pagas, el número de cuenta, el número en la lista, el tanto por ciento de una encuesta o un turno en el banco.

Desde que recuerdo siempre he sido una cifra. En la primaria era el número 12 o el 14 en la lista, pero en la secundaria me asignaron el 17 durante tres años.

En las cascaritas del recreo siempre me escogían al último sólo porque usaba lentes, pero ahora resulta que para Hacienda soy una prioridad. Y cómo no, si lo que quieren es cobrarme impuestos, aunque en mi calle el alumbrado público esté descompuesto, pese a que el Preciso no ha respondido a mis expectativas y este país siga en la ruina. Quién sabe si les deba algo, pero no creo poder pagarles en efectivo y mi alma tiene visa para el purgatorio desde hace un buen rato. Además mi saldo bancario es frecuentado por los ceros, así que mejor les hago un inventario por si planean un embargo.

Soy dueño de muchos defectos, de mil suspiros frente a la ventana, tengo la letra incompleta de un bolero, he comprado un traje negro, ya soñé con mi funeral y por fin terminé mi epitafio. No he dictado mi testamento porque desde niño sólo ahorro retazos de memoria para no olvidar lo feliz que era.

Desde que recuerdo nunca confíe demasiado en la vida, mucho menos en el destino, así que todos los días me encomiendo a un San Judas de yeso que me mira con ternura. En cambio, el póster de Darth Vader siempre destella malicia.

Por poco lo olvido, pero también tengo una máscara de Blue Demon, así como un Pato Lucas de peluche despeinado, todos los libros de Bukowski, acetatos de Los Fabulosos Cadillacs y Radio Futura, un reloj que se retrasa cada hora, un saxofón desafinado, una Betamax descontinuada, un Atari descompuesto, este maldito refrigerador que ronca más que mi abuelo, el faro de un Volkswagen que estrellé en la madrugada, un banderín de los Pumas, los 20 poemas de amor y una canción desesperada y un tarot que lee el pasado.

Igual poseo una torre Eiffel en miniatura, la autopista Scalextric de mi infancia, unos Converse clásicos, la playera de la Selección del 86, esa foto del Che Guevara, el póster gigante de Tin Tan, una combinación del Melate sin revancha, un espejo que sólo refleja los defectos, el boleto de una rifa fraudulenta, un trofeo al menos popular del CCH , una colección de fracasos que nadie querría en una subasta. Conservo las tiras de Mafalda, el diploma al mejor portado en segundo de secundaria, las figuras de Kiss en miniatura, una que otra revista Mad; y valoro el disco autografiado de Sabina, la foto con Calamaro, un cómic noventero de Mortadelo y Filemón, una edición viejísima de Las batallas en el desierto, tus besos para mis madrugadas en vela, y aquella bufanda que mi hermana me tejió hace dos Navidades. Tengo dudas, tengo certezas, pero lo mejor de todo es que tengo el espíritu de los que nunca se dan por vencidos, aunque vengan del banco a embargarles hasta el último suspiro. Y es entonces que entro en sincronía con esa rola de La Renga que vocifera: Y ahora sólo un camino he de caminar,/ cualquier camino que tenga corazón./ Atravesando todo su largo, sin aliento,/ dejando atrás mil razones en el tiempo./ Y morir queriendo ser libre, encontrar mi lado salvaje,/ ponerle alas a mi destino/ y romper los dientes de este engranaje

lunes, 4 de octubre de 2010

En el nombre del amor

Tengo una carta que dice “Es el final”. Colecciono rezos en la oscuridad. Una noche sin caricias es un carnaval de soledad. Y yo me siento abandonado hasta por mi sombra. El amor es un muñeco vudú en forma de cupido. Mi corazón es una bomba de tiempo, mi ansiedad me recomienda mil formas de suicidio. El amor es un Sanborns adornado con globos de corazones. El amor es un invento para vender tarjetitas cursis que dicen: “Si quieres saber cuánto te quiero cuenta las estrellas del cielo”. El amor es el precio de un disco en el Mix Up. Amor es regalar un muñeco de peluche envuelto en celofán. El amor es un antro saturado en 14 de febrero. El amor es una chica que pierde su virginidad en las manos más toscas. Y el final es el mismo: llorar por alguien que no te supo amar. En lugar de fomentar los abrazos, queremos comprar caricias y te quieros que nunca serán sinceros. Ya lo dice un poeta apocalíptico: “los suspiros no son valorados en un cielo poblado de regalos caros”. Por eso es mejor no empeñar el corazón, ni dejarse llevar por besos falsos. El amor apendeja, te vuelve más vulnerable y siempre estarás a merced de alguien que sabrá manipularte. No quiero sonar pesimista, pero el engaño es el juego de moda y nadie quiere salir perdiendo.


Siempre que se habla del amor surge la pregunta más trillada: “¿cuánto me amas?” Las mujeres son tan elementales que siempre mueren por saber qué piensas, qué porcentaje de tu corazón es de ellas. Se empeñan en contar los días, las horas, los minutos para el aniversario. Cuando se lo proponen son adorables, pero también pueden ser tu calvario: Llévame aquí, ven por mí, acompáñame a comprar ropa, ¿qué te parecen estos zapatos?, ¿no te gusta esta blusa? Acaso no se darán cuenta de que tienes otras preocupaciones más relevantes, como estudiar, salir con los amigos, hacerle la barba a tu jefe, amarrarte las agujetas, jugar al futbol, pelearte con el wey de la tortillería, levantarte temprano, ducharte todos los días, checar tus mensajes en hotmail, comer sanamente, emborracharte algún día de estos, trabajar como negro, imaginar el futuro, renegar del pasado, planear un golpe maestro y, por qué no, perder algo de tiempo.

Casi todas sueñan con “el día que nos casemos y tengamos hijos”, sin detenerse a pensar que tal vez sería más emocionante titularse como diplomáticas, viajar a un exótico país de medio oriente y tener un amante de ojos como faros. O tal vez irse a otra ciudad, casarse con un cubano y bailar rumba hasta en la cama. Pero no, prefieren seguir los esquemas de sus madres, tías, hermanas: engordar, amargarse por el marido borracho y desquitarse con los chamacos moquientos. No las culpo, son expertas en seguir patrones, en manipular a cambio de sexo, en tirarse en el suelo para que las levantes: “es que si en verdad me quisieras tanto ya me hubieras llevado a Acapulco”. En nombre del amor se cometen las peores estupideces, como echar a perder tu vida. Tan hermoso que es quererse sin condicionamientos, sin culpas y sin reclamos. Todo sería más llevadero si en vez de chantajes emocionales, se disfrutaran como parejas, como personas que sienten, que tiemblan, que se entregan sin temor a que te pasen la factura. Sólo los tontos confunden la pasión con los achaques del corazón. No, desde luego que eso no es nada romántico… pero es mejor invertir en una noche de caricias como fuego, que regalar tarjetitas que dicen “Te quiero”. El amor es un muñeco de vudú en las peores manos.

sábado, 2 de octubre de 2010

La memoria histórica y el 68


La historia oficial de México está construida por la demagogia del poder. Esta historia se nos enseña en las aulas mediante los programas educativos del momento, y se difunde a través de los medios de comunicación masiva con objeto de formarnos un pensamiento homogéneo, acorde a lo bien visto por el poder, para asegurar el control establecido por la clase gobernante. Pero contrario a lo anhelado por los poderosos, existe también una historia oculta, excluida de los almanaques históricos y los libros de texto, arrojada al olvido de la desmemoria por el discurso oficial. Esta historia real cuenta la versión de los oprimidos, de la resistencia, y se mantiene viva aunque tiene innumerables páginas arrancadas y borradas.

Una de estas páginas, una de las más trascendentes, fue escrita el año de 1968, cuando miles de estudiantes junto con trabajadores que los apoyaban, hicieron oír su voz al resto de la población del país y gran parte del mundo. Exigieron respeto a la autonomía de las instituciones educativas, reformas sustanciales en la sociedad. Esa voz que se escuchó por vez primera en la capital y se extendió por varias de las ciudades más importantes del país, se convirtió rápidamente en un grito popular por la democracia, por la libertad plena, por la igualdad entre hombres y mujeres, un grito contra el autoritarismo y el abuso del poder.

En varios países -Francia, Checoslovaquia, Argentina, etc.- se vivió lo que en México acontecía desde el mes de julio, cuando la juventud comenzó a luchar por la construcción de un mejor país, consciente de la necesidad de transformar las raíces de nuestra patria. La conciencia se fue construyendo paso a paso como una unidad indisoluble, indestructible; pues estaba basada en las necesidades populares, en las contradicciones del capitalismo, en la conciencia social de la transformación.

Ante esta dignidad extendida, tal y como demuestra la historia, el gobierno autoritario y déspota tuvo como respuesta el lenguaje de las balas, de las tanquetas, de la represión y de la muerte. La tarde del 2 de octubre de 1968, conforme a lo planeado por los integrantes del movimiento estudiantil-popular, se realizaba un mitin en Tlatelolco con el fin de informar de los avances en la lucha política y democrática. Daba la apariencia de ser un día como cualquier otro en la tan necesaria lucha. Sin embargo, el poder había decido marcar para siempre la Plaza de las Tres Culturas y las vidas de toda una generación. Había decidido que la noche de Tlatelolco no se olvidara jamás.

Alrededor de las seis y cuarto de la tarde la plaza rebosaba de gente, los vecinos observaban el mitin por las ventanas de sus departamentos y casas. Todos escuchaban con atención al orador, cuando de pronto unas luces de bengala iluminaron el cielo; eran la señal. No pasaron más de diez segundos cuando la plaza se vio surcada por miles de balas que se dirigían a los asistentes. Policías y militares rabiosos golpeaban, arrestaban y asesinaban a su propio pueblo, mientras los hombres del guante blanco, los encubiertos del batallón Olimpia, dirigían las acciones y apresaban a los dirigentes en el edificio Chihuahua. Cuando la noche cayó la plaza estaba bañada en sangre, las cárceles repletas de presos políticos, cientos, miles, incontables. Muchos cuerpos fueron arrojados en zonas inhóspitas en donde jamás serían encontrados, muchos presos no fueron registrados para no llenar los cuadernos de la evidencia, muchos otros jamás llegaron a las cárceles, los desaparecieron, los borraron, los ocultaron en medio del silencio convertido en verdad oficial. Todavía sus familias mantienen la esperanza de volver a verlos con vida.

Al día siguiente no hubo grandes encabezados en la prensa, no hubo imágenes en la televisión, no hubo noticias en la radio, son en realidad muy pocos los medios de comunicación que mencionaron algo de los trágicos sucesos. Parecía que no había pasado nada. Era el silencio de lo que se dice correcto, de lo que se dice necesario, era una inyección letal de desmemoria, de exclusión de los almanaques y libros de historia pagados por los asesinos explotadores. Lo que sí estaba en cartelera eran las próximas Olimpiadas que se celebrarían en la capital.

Pero ante esa pretendida desmemoria, frente a esa exclusión oficial, está siempre la conciencia popular, que de voz en voz, de persona a persona, transmite la verdad, recuerda a los caídos y mantiene la exigencia de justicia, esa misma que enarbolan los familiares que siguen esperando reunirse con sus desaparecidos, que conduce a las madres que perdieron a sus hijos, exigencia que guía los pasos que retumban en lo más profundo del corazón de nuestra patria año por año, cuando las calles de México reciben a los manifestantes que gritan: ¡DOS DE OCTUBRE NO SE OLVIDA!

El fin del movimiento del 68 en México no es un hecho aislado, pues el 10 de junio de 1971 fueron nuevamente masacrados estudiantes universitarios y politécnicos en la capital del país a manos del grupo de choque creado por el Estado llamado los “halcones”, quienes actuaban en clara confabulación con las “fuerzas del orden”. La naturaleza del poder es evidente, la violencia de Estado se ha repetido en Acteal, Aguas Blancas, Atenco y Oaxaca, por citar sólo algunos ejemplos acerca del accionar del Estado ante todo conflicto social. Esto es claro: la violencia del poder se grabó hasta en el último rincón de nuestro México moderno en la Plaza de las Tres Culturas.

La transcendencia del 68 apenas comienza a comprenderse en su verdadera dimensión. El movimiento estudiantil-popular que se desarrolló en México es el antecedente de las nuevas formas de resistencia que en los últimos años se realizan. Su carácter antiautoritario y autogestionario sirve de ejemplo a las generaciones recientes, que cansadas de los abusos del poder y de las mentiras de los partidos políticos, se organizan de manera horizontal e independiente para buscar la transformación del país. La impunidad, el autoritarismo, la demagogia, aún persisten, fueron aspectos cuestionados de la sociedad en el 68 pero no pudieron ser erradicados, y esto hay que tenerlo muy en cuenta. Dicho de forma simple, queda mucho trabajo por hacer.

Ninguno de los intentos para ocultar la verdad, para dejarla en el olvido, han logrado borrar la memoria histórica del pueblo mexicano que persiste y se reproduce para que las nuevas generaciones podamos conocer la verdad, para que a más de cuarenta años comprendamos la necesidad de exigir justicia y de reconocer el valor de todo aquél que levanta la voz para demandar una vida digna.

El 68 y la matanza de Tlatelolco no son una efeméride que debamos recordar con demagogia y cinismo. Ha sido y es uno de los ejemplos más grandes de la lucha que debemos desarrollar para realizar la tan urgente transformación de raíz que nuestro país necesita a fin de terminar para siempre con la injusticia y la desigualdad que sustentan la falsa democracia en la que vivimos, organizados demos el paso al México de los de abajo.

Escúchanos desde tu Cel o Tablet