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viernes, 15 de julio de 2011

El poeta de los sueños




Nunca dejes de soñar...
No tengas miedo de que tus sueños se vuelvan realidad


Había una vez un señor que soñaba poesías...
Despierto no destacaba en nada; pero dormido se le aparecían poemas. Hablaba y su mujer copiaba; por la mañana ni él mismo podía creer que eso había sido creación suya (esto les sucede a muchos creadores, casi nadie puede explicar de dónde nacen las ideas; pero en este caso la sensación era más fuerte ya que dictaba dormido).
Todo terminaría aquí, si no fuera porque no estaba conforme con eso, pues se hizo famoso en todo el mundo, no tanto por los poemas sino por cómo le nacían. Lo invitaban a programas de televisión, pero esos de concursos y fenómenos extraños. Lo entrevistaban de periodicos y revistas para preguntarle si, además, veía espíritus. Aparecía en libros, pero en aquellos de récords y hechos inexplicables. Él quería ser poeta, y no un fenómeno de circo...
Sufría tanto que, desesperado, le dio un martillo a su mujer para que le pegara cuando hablara dormido, lo que ocurrió esa misma noche. Fue una poesía sobre una tortuga. Él no despertó, pero la tortuga del poema apareció de verdad en la habitación.
De ahí en más no soló dictaba sus poemas, sino que algunos de ellos se convertían en realidad. Un baúl, una calle, un barco, humo.
Uno de sus poemas habló del mar, y comenzó a inundarse la ciudad. Lo echaron de ésa y de otras, porque no elegía lo que soñaba, y no siempre eran cosas buenas. Soño la guerra, pero no fue culpa suya, la guerra ya estaba en los hombres. Él sólo contaba de un soldado que llevaba días en una trinchera, bajo la lluvia, y escribía cartas a su novia, por amor, pero también para no enloquecer.
Soño que estaba solo, y una nave espacial los llevó a la Luna. Soño que era un náufrago, y pasó a rescatarlos un barco antiguo...

No quiso soñar nunca más. Le pidió a su mujer que preparara café bien cargado, como se toma en Cuba, en Colombia o en México, y que le diera conversación para no dormirse.
Todavía navegan por el cielo, con los ojos cansados de no dormir. Pero, cuando se distrae, la mujer le canta una canción de cuna y descansan. Así es su amor...

miércoles, 6 de julio de 2011

Historias de Pareja



Sin lugar a dudas la convivencia de pareja siempre pasará por situaciones siempre diferentes y siempre llenas de vivencias, raras, extrañas y otras tantas muy pero muuy necias.



Pongamos aqui algunos ejemplos lo que muchos en diversas ocasiones hemos vivido o escuchado...






—¿Por qué no me llamaste?
—Porque en casa no hay teléfono
—¿Ahora me vas a reclamar eso también?






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-¿A qué hora paso por ti?
-Dime a qué hora te conviene
-A la que tú quieras.
-A la cuatro entonces…
-No, a esa hora no puedo.
-¿A las doce?
-No, tampoco.
-¿En la mañana?
-Imposible
-Entonces dime cuándo puedes
-Ya te dije que no hay problema.






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-Eres un amargado.
-No, soy una persona normal.
-No es cierto, eres un amargado.
-Deja de decirme eso.
-Yo puedo decirte lo que se me antoja.
-No, porque me cansarí­as.
-Te cansas porque eres un amargado.
-¡Ya basta, por favor!
-¿Ves?






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Alguno de ustedes ha vivido esto?


Alguno de ustedes tiene una historia parecida que quiera compartirnos???




Todas sus colaboraciones son bienvenidas.






martes, 5 de julio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor 5



Excelencia en el autocontrol

Pero como de lo que se trata es que uno logre el autocontrol de uno mismo y no el autocontrol del otro, queremos comentar que en una prestigiosa revista internacional, cuyo nombre ignoro porque la encontré en el baño, en casa de un amigo y le faltaba la portada, hallamos un artí­culo que nos llamó la atención por su original tí­tulo: ¡TÚ PUEDES! El autor recomendaba leerlo al amanecer mientras se oí­a el Himno a la Alegrí­a de la Novena Sinfoní­a del genial hipoacúsico. Era un artí­culo muy breve, pues las fotos en maravillosos colores ocupaban casi toda la página, pero muy bien documentado y que iba directamente al grano. En este momento acuden a nuestra mente algunas de sus frases directas y especí­ficas:

•Encara tus dudas con contradicciones.
•Para vencer tu inseguridad debes ser más fuerte que ella.




Y aquella otra:

•Enfrenta tus problemas con una sonrisa y si son muy graves: con dos sonrisas.

Me encantarí­a reproducir el artí­culo en su totalidad (prácticamente asi lo hago) pero tomaremos solamente lo relacionado con nuestro tema. El autor, una eminencia cientí­fica, nos explica que si leemos algo repetidas veces, poco a poco va penetrando hasta llegar a las profundas capas de nuestro inconsciente y que, entonces, ya no necesitamos seguir repitiéndolo (y además me imagino que una sobredosis de repeticiones puede llegar a depositarnos el mensaje en las rodillas). La cosa es que cuando el mensaje se asimila en nuestro inconsciente se convierte en una parte nuestra. Tan así­ que serí­amos incapaces de diferenciarlo de otras partes nuestras e incluso de partes nuestras que no son nuestras, y entonces el mensaje empieza a trabajar solito, ya uno puede estar pensando en lo que quiera que el mensaje estará pensando en el mensaje, por decirlo así­, como cuando mantenemos el equilibrio al caminar o al beber.

Según el autor, debemos copiar estas reglas en un papel, que incluso podemos plastificar para que no se nos ponga pringoso, y cada mañana al levantarnos leerlo en voz alta una vez y en voz muy bajita otra vez más. Antes de pasar a las diez promesas del autocontrol, mi propia experiencia personal en el trabajo con este método, me permite hacerles una sugerencia: al copiar las promesas conviene hacerlo en un papel rayado porque sino uno escribe y se le tuerce la lí­nea.

Helas aquí­:

Las diez promesas del autocontrol

1.Cuando conozca a alguien primero le preguntaré el nombre y luego el teléfono, en ese orden.
2.Si la llamo y no la encuentro dejaré pasar quince minutos antes de volver a llamarla.
3.Si no la encuentro no seré agresivo con la persona que me atienda.
4.No bloquearé su lí­nea con mis llamadas.
5.Cuando la encuentre hablaré sin gritar.
6.Haré una cita para otro dí­a, nada de: ¿quéstáshaciendohí­voy!!!
7.No haré más de cuatro llamadas diarias para confirmar si irá a la cita.
8.El dí­a de la cita me acercaré caminando y no corriendo.
9.Le sonreiré sin hilitos de baba.
10.Tendré mis ojos con las dos pupilas dilatadas del mismo tamaño.

lunes, 27 de junio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor 3



Gracias por ser como Eres...

¿Hay que ser dulce en el amor?¿A las mujeres les gustan los tipos dulces? O bien la pregunta es: a las mujeres que a mí­ me gustan, ¿les gustan los tipos dulces? ¿Cuál es el punto intermedio, por Dios? ¿Conviene ser recio? ¿Es cierto que las mujeres estén hartas de los tipos recios?

Las mujeres que a mí­ me gustan no gustan de tipos recios. Por lo tanto, ¿Clint Eastwood saldrí­a con las mujeres que a mí­ me gustan? En caso de que fuera así­, ¿qué deberí­a hacer yo? ¿Le deberí­a decir: ¡Hey Clint te estás metiendo con mi chica!? O tal vez deberí­a sentarme en la mesa de enfrente, dejarlo actuar y fijarme cómo lo hace.
Imaginemos el caso de un tipo de mujer como a mí­ me gusta que no gusta de los hombres recios y no se da cuenta de que Clint no es de los tipos dulces y se mete con él. No sé qué conviene hacer en ese caso. Quizás esperar a que se dé cuenta que está con la persona equivocada o tal vez buscarme otra mujer, ahora del tipo de las que le gustan a Clint y llevarla a comer a los restaurantes donde va Clint con el tipo de chica de las que a mí­ me gustan, para que le den celos, se acerque a hablarle y entonces yo aproveche y me vaya a la mesa en la que están ellos y le diga al tipo de mujer de las que a mí­ me gustan: Oye ¿No te das cuanta que estás con un patán? Tú eres muy dulce y muy linda y él filma pelí­culas horribles y taquilleras y es millonario… no, quiero decir, mí­ralo cómo está besando al tipo de mujer que a él le gustan que es la que vino conmigo. Y bueno, a lo mejor la convenzo y me voy con ella.
Otro punto: eso de ser como uno es, es un consejo muy recurrido pero muy inespecí­fico, especialmente en el caso de los inseguros. ¿A qué se refieren cuando dicen: ser como uno es? O mejor dicho: ¿a quién se refieren? Hay gente que nos demorarí­amos años en encontrar algo así­ como nuestra personalidad, es como pretender sacarle una foto a un espejo cuando no está reflejando nada. ¿Cómo serí­a un espejo si no reflejara nada?¿Cómo se supone que encontremos nuestra propia personalidad?¿Va a gritar nuestro nombre cuando oiga que nos acercamos?¿Y si hay una personalidad que no es la nuestra y grita nuestro nombre? Supongamos que después de mucho despejar llegamos a tres personalidades finalistas, una de esas es. ¿Cómo la reconoceremos?¿Por el color de los ojos?¿La ropa que use?¿La que sienta vergí¼enza de que la identifiquemos? Y además, una vez que eso ocurra, que encontremos nuestra propia personalidad, ¿se supone que la imitemos o que seamos espontáneos y no le hagamos caso?¿Vendrá con alguna especie de manual del usuario (especificaciones técnicas, consejos: no someta su personalidad a…)? Lo que sí­ me temo es que no tengo nada parecido a una garantí­a. Nada de: La compañí­a se compromete durante el transcurso de un año…

Metáfora del correo: Si uno es como es llegarán pocas cartas. Si uno es como no es llegarán muchas cartas pero a direcciones equivocadas.
Ley de Martinelli: Ser como uno es no implica encontrar lo que uno busca.

Corolarios









  • Las cosas que deseamos se sienten poderosamente atraí­das por otras personas que buscan otras cosas.




  • Buscando lo que buscamos encontraremos lo que otros buscan.





Principios de competencia: Hay otros que también buscan lo que nosotros buscamos.






Corolario





Nosotros llegaremos cinco minutos tarde.
De todas maneras debemos admitir que el autocontrol es muy importante, pero no menos lo es relajarse y ser como es (como quiera que esto se entienda). Si estás continuamente tenso tratando de dar una imagen, ella va a sentir que salió a cenar con una agencia de publicidad. Le va a parecer que está enfrente de los comerciales de su programa favorito (ese momento que uno aprovecha para buscar un refresco, ir al baño, o ver qué están pasando en otro canal). Yo tampoco puedo con eso. Constantemente estoy tratando de adivinar qué es lo que a ella le guste, para ser eso y así­ gustarle a ella. Es más, creo que lo que soy hoy en dí­a es la suma de las cosas que le han ido gustando a distintas mujeres que conocí­.

lunes, 28 de febrero de 2011

ELLA

Me despierto con la sensación de volar, de ligereza, de no tener peso, de ir a donde me lleve el viento. El lugar está obscuro y casi no puedo ver nada, pero a pesar de todo, no tengo miedo, simplemente quiero recordar cómo volar para después poder hacerlo cuando quiera.

Es curioso, de pronto entre toda esa obscuridad, alcanzo a ver una luz extraña, como distorsionada, y entonces me doy cuenta de que no estoy volando en el aire, sino flotando en el agua. Conforme se va aclarando todo un poco más, veo nítidamente el paisaje submarino que se presenta ante mis ojos. El mar tiene distintas tonalidades, en algunas partes se ve más obscuro, en otras de un tono verdoso y cerca de la luz de la superficie, color azul turquesa.

No siento ninguna clase de temor a pesar de que no sé nadar, por el contrario, me deslizo fácilmente por el agua como si ésta fuera mi elemento natural. Puedo dar vueltas y maromas con una habilidad extraordinaria, no me estorban los brazos ni las piernas, de hecho no los siento... ¿tengo brazos y piernas? creo que no, pero tampoco me importa, no los necesito. Ahora soy un delfín y el océano es mi hogar.

Me siento tan bien en ese lugar que quisiera llorar de alegría, esto debe ser la felicidad, pienso un momento. Y de pronto como un ángel acuático la veo a ella, a esa mujer enigmática y misteriosa cuya imagen me perseguirá de hoy en adelante, lo sé. Ni siquiera tengo un nombre para esa sirena del cabello de fuego... la llamaré simplemente Ella.

Ella es hermosa, una sirena que vive en el fondo del mar. Su cuerpo es, más que el de una mujer, el de una adolescente; tiene piernas como si fuera humana, de hecho todos sus rasgos son enteramente humanos salvo por el color azul de su piel, un azul muy tenue y un poco brilloso. Pero sin duda lo que más llama la atención de Ella es su cabello muy largo, rizado y de un color rojo cobrizo tan intenso, que rompe de manera imprudente con la gama de azules que conforman el cuadro marino. Su abundante melena se revuelve al rededor de su cabeza dando la impresión de ser los rayos del sol de su rostro. Sus ojos son claros, no puedo distinguir bien si son verdes o azules... creo que son un poco verdes, pero no importa porque su mirada sigue siendo la misma, una mirada dulce y comprensiva, esa clase de mirada que si uno ve en alguien después de un mal día, puede cambiar el estado de ánimo y hacer que uno piense: ¡Dios! después de todo el mundo todavía tiene algunas cosas rescatables.

Ella me mira tan apacible y tranquila, como si ya nos conociéramos. Me sonríe amablemente y puedo ver sus dientes blancos como perlas, dice algo que no entiendo muy bien y me hace señales con la mano para que la siga... y yo obedezco. No tengo ni la más remota idea de a dónde iremos, pero me inspira la confianza suficiente como para nadar hacia donde me lleve.

Después vuelvo a despertar, ya es de día y ha salido el sol. Siento mi peso de nuevo, tengo brazos y piernas, y ya no puedo dar volteretas ni hacer malabarismos como delfín. Es triste, hace rato había despertado en aquel lugar lleno de magia y ahorita estoy en otro muy diferente...¡Ah, qué desilusión! pero... ¿y si yo fuera realmente ese delfín que al dormir tuvo el sueño (o la pesadilla) de ser humano? no lo sé, espero que así sea para despertar otra vez en el océano.

Desde ese día dudo acerca de mi existencia, ya no sé si soy el delfín o soy la persona. Lo único que sí es seguro es que quiero que Ella regrese, que venga por mí, que me pida que la siga otra vez porque iría con ella de aquí hasta el fin del mundo.

martes, 15 de febrero de 2011

Coronas para una reina perversa

¿Cómo se verá una mujer sola, con una cubeta de cervezas en la mesa? Liz se hizo la pregunta en silencio, al darse cuenta que la gente que pasaba frente a ese bar la observaba con extrañeza. Carajo y a mí que chingaos me importa eso, se respondió mientras se acomodaba el fleco. Además, pretextó, no tengo la culpa de que mi pinche galán lleve una hora de retraso. Destapó otra Corona y sonrió con la malicia de las chicas que suelen usar minifalda y escotes reveladores nomás por pura coquetería, aunque en el fondo sean igual de tímidas que una integrante de estudiantina. Cuando dieron las once pidió la segunda cubeta. Desde otra mesa, un tipo alto, delgado, con aquel peinado vintage, a lo James Dean, le lanzó un guiñó entre seductor y atormentado. Ella rehuyó a ese rostro, pero un murciélago aleteó debajo de su ombligo e intuyó que así comenzaba el vuelo del deseo.
El sujeto estaba sentado con dos chavas bonitas, aunque bien fresas, y un par de tipos también atractivos. Los típicos weyes de la Universidad Del Valle que buscan “emociones fuertes” en los barecitos de la Glorieta Insurgentes. El James Dean de mentiritas no dejaba de mirar a Liz, sobre todo sus piernas apenas cubiertas por esa minifalda que le pareció algo exagerada pero que iba perfecta con esa imagen retro de chica de calendario. Ella sintió necesidad de ir al baño, aunque odiaba la suciedad de esos sitios tan públicos. Frente al espejo se retocó los labios, a sabiendas de que las chelas borrarían el carmín. Al regresar a su mesa, el guapo ya la estaba esperando. Liz intentó caminar con naturalidad, aunque sus piernas temblaron un poco. En cuanto se sentó percibió un olor a perfume que le agradó bastante. Buscó en su archivo mental su mejor frase para correrlo y no la encontró. “¿Qué haces aquí?”, reclamó. Él contestó una babosada: “Decidí no hacerte esperar más”. La carcajada de ella fue estridente y quiso decirle que “lo malo no es ser un pendejo, sino presumirlo”, pero se encontró con unos ojos preciosos. “¿No te has aburrido de beber sin mí?”, preguntó el pinche narcisista. “Beber nunca me aburre, estés o no”, replicó Liz con una mirada altiva. Ante eso, aquel vocero de los lugares comunes no supo cómo reaccionar.
“Tienes unas piernotas” dijo aquel sujeto mientras rozaba la rodilla de Liz. “Lo que pasa es que el alcohol y la minifalda son una buena combinación”, argumentó la chica. Luego él preguntó lo de siempre y ella también. Jorge, se llamaba el aún desconocido e invitó el otro cubetazo. Desde su mesa, las amigas observaron a Liz como si fuera una zorra. Ella no las peló. “Tienes una mirada medio perversona”, intentó adularla pero ella ya estaba preguntando por sus amigas. “Ah, una de ellas era mi novia, pero la dejé porque era bien celosa, además de que me puso el cuerno con mi amigo, aunque ellos creen que no lo sé”. Media hora más tarde se besaron y decidieron seguirla en otro lado. Apenas dejaron el bar, buscaron un rincón semioscuro y la furia de la lujuria los envolvió por completo.
Jorge exploró el cuerpo femenino por encima de la ropa. Ella le acarició la nuca y luego lo besó como una mujer vampiro en una película de El Santo. “¿Piensas en ella?”, “¿piensas en si le gustó acostarse con tu mejor amigo?”, “Soy tu venganza, úsame, úsame para olvidarla aunque sea por un rato”, soltó ella como si fuera el uno-dos-tres de un boxeador salvaje. Jorge se excitó aún más. Sólo fueron unos momentos, porque se apartó bruscamente. “¿Por qué me dices todo eso? No ves que todavía la amo... y anda con ese pendejo”. Liz lo miró tan indefenso, tan vulnerable, que por un momento pensó claudicar, pero sus ojos se encendieron con esa malicia que sólo algunas chicas rudas tienen. Entonces pensó que sí él la hubiera abofeteado, como un rebelde hollywoodense, estaría rendida a sus pies. Pero no, lo volvió a mirar y ni siquiera se permitió el lujo de sentir lástima. Sólo dio media vuelta y escuchó un sollozo. Abordó un taxi en la esquina, cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y sonrió de la manera más sexy al conductor. Pidió que la llevaran a la Tabacalera, rumbo a casa de su novio, nomás por las ganas de estar con un hombre de verdad, aunque la haya dejado plantada.

martes, 5 de octubre de 2010

Darle alas a tu locura

En determinados momentos uno sólo se sienta a la mesa de algún bar a esperar que los minutos se deshagan como la cera de las veladoras en un altar. Sucede que hay noches en las que abandonas tu habitación, aburrido de escuchar a los Rolling Stones y de mirar la lluvia a través de la ventana. Bajas las escaleras, cruzas el portón, sales a la calle. Caminas hasta el bar más próximo, que es el que frecuentas. Te sientas de frente al mismo mesero de siempre, que en cuanto te reconoce empieza a servir un ron con coca. Inclina la cabeza a manera de saludo. Respondes igual y luego observas las filas de botellas. Sucede que a veces no pasa nada. Y así es la vida en esos lugares: cuando pasa algo bueno bebes para celebrar, cuando ocurre algo malo bebes para olvidar, y si no pasa nada entonces bebes para que pase algo. Las reglas del bebedor. Allí estás, esperando que acontezca algo o que un incendio consuma el local o que ángeles eléctricos pidan permiso de entrar al baño o que algún suicida beba hasta morir o que un sacerdote nos venga a excomulgar o que un poeta se emborrache con sus musas o que un limosnero te venda su alma o que un profeta anuncie el fin del mundo o que una canción nos diga una verdad o que un músico haga sonar el sax o que una mujer de falda corta selle tus labios con sabor a sal o que unos ojos eclipsen tu mirada o que lleguen a clausurar el bar o que, simplemente, te dejen en paz. * * * Aquel borracho no dejaba de dictar con estridencia: "¡Puedo volar, puedo volar, puedo volar!". Al principio a todos nos pareció gracioso, pero luego de algunos minutos empezó a sonar patético. Uno de los meseros trató de controlarlo, pero aquel escandaloso se puso a manotear: "Déjame en paz, déjame imbécil. Nadie sabe lo que yo sé". Cansado de soportar estupideces llamé al mesero. "Mejor sírvale un trago, yo lo pago", le dije. Me hizo caso. En cuanto le sirvieron, el gritón volteó hacia mí, me miró agradecido y se levantó tambaleante para luego acercarse a mi mesa. Lo que me faltaba, pensé. "Gracias joven, usted sí se ve gente decente, no como esta bola de mediocres, ignorantes". Asentí con la cabeza, como quien quiere decir "de nada". Él sujeto flacucho y bajito se sentó sin pedir permiso. "¿Sabe qué?", preguntó para luego contestarse solo: "Tengo miedo, porque sé muchas cosas que nadie sabe". Uta, otro pinche loco. "Fíjese que yo sé volar, en verdad que puedo volar", insistió pero yo no tenía ganas de hablar, ni de estar con nadie; lo único que necesitaba era tomarme un par de tragos, tranquilamente, mientras observaba la profundidad de mi vaso, pero aquel miserable se empeñaba en su discurso. "Yo sé quién mató a Colosio o también sé quién será el próximo presidente y hasta cómo hacer contacto con los extraterrestres", ennumeró con ese entusiasmo habitual en los ebrios. Por fin un hombre que ha descubierto el hilo negro. Con el brazo izquierdo le pedí al mesero que se acercara. Fue hasta la mesa. "El señor ya se va" y le hice señas para que lo "invitara" a largarse. "No joven, espérese tantito. Le juro que yo sé volar, deveras que sé volar. Y le puedo enseñar cómo". El mesero lo tomó del brazo, intentando levantarlo. "No me toques estúpido, no me toques", gruñó aquel tipo. "Ándele, amigo, es hora de que se vaya a descansar un rato o a molestar a otro lado", le advertí en tono alto, aunque conciliador. "No me creen, ¿verdad? No estoy loco. Ustedes creen que estoy loco, pero no es así", se puso de pie. Abrió los brazos, levantó la cabeza, abrió las palmas de las manos, cerró los ojos, se concentró demasiado... y juro por todos los dioses que se elevó como medio metro y se quedó flotando durante muchos segundos que parecieron largos minutos. Los cuatro o cinco clientes, así como los meseros, nos quedamos en silencio. Sorprendidos. Nadie dijo nada, aunque alguien se quedó con la boca abierta. Luego el borracho volvió a tocar el suelo y me miró con coraje. "Son unos necios, incrédulos, por eso este mundo se está cayendo a pedazos, por la falta de fe", señaló y luego se encaminó a la puerta. Entonces comenzaron los murmullos. Seguí bebiendo. Otro día difícil, como para volverse loco. Esta pinche ciudad está llena de gente muy rara.

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