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viernes, 15 de julio de 2011

El poeta de los sueños




Nunca dejes de soñar...
No tengas miedo de que tus sueños se vuelvan realidad


Había una vez un señor que soñaba poesías...
Despierto no destacaba en nada; pero dormido se le aparecían poemas. Hablaba y su mujer copiaba; por la mañana ni él mismo podía creer que eso había sido creación suya (esto les sucede a muchos creadores, casi nadie puede explicar de dónde nacen las ideas; pero en este caso la sensación era más fuerte ya que dictaba dormido).
Todo terminaría aquí, si no fuera porque no estaba conforme con eso, pues se hizo famoso en todo el mundo, no tanto por los poemas sino por cómo le nacían. Lo invitaban a programas de televisión, pero esos de concursos y fenómenos extraños. Lo entrevistaban de periodicos y revistas para preguntarle si, además, veía espíritus. Aparecía en libros, pero en aquellos de récords y hechos inexplicables. Él quería ser poeta, y no un fenómeno de circo...
Sufría tanto que, desesperado, le dio un martillo a su mujer para que le pegara cuando hablara dormido, lo que ocurrió esa misma noche. Fue una poesía sobre una tortuga. Él no despertó, pero la tortuga del poema apareció de verdad en la habitación.
De ahí en más no soló dictaba sus poemas, sino que algunos de ellos se convertían en realidad. Un baúl, una calle, un barco, humo.
Uno de sus poemas habló del mar, y comenzó a inundarse la ciudad. Lo echaron de ésa y de otras, porque no elegía lo que soñaba, y no siempre eran cosas buenas. Soño la guerra, pero no fue culpa suya, la guerra ya estaba en los hombres. Él sólo contaba de un soldado que llevaba días en una trinchera, bajo la lluvia, y escribía cartas a su novia, por amor, pero también para no enloquecer.
Soño que estaba solo, y una nave espacial los llevó a la Luna. Soño que era un náufrago, y pasó a rescatarlos un barco antiguo...

No quiso soñar nunca más. Le pidió a su mujer que preparara café bien cargado, como se toma en Cuba, en Colombia o en México, y que le diera conversación para no dormirse.
Todavía navegan por el cielo, con los ojos cansados de no dormir. Pero, cuando se distrae, la mujer le canta una canción de cuna y descansan. Así es su amor...

miércoles, 29 de junio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor 4



"Tu ya no me quieres como antes..."



Pero supongamos el caso de que no es que ustedes tengan que controlar sus ataques de ansiedad y abandono, mezclados con demandas de afecto de hace tres reencarnaciones a esta parte. Imaginemos que es a su amada a la que deben decirle: ¡Detente animal feroz!

Ante la afirmación:"Tu ya no me quieres como antes..."

Nunca respondan así: "Te quiero igual"

Porque lo que sigue es que el otro diga que no es cierto y uno insistirá en que sí es cierto y otro que no y uno que sí; (pero ya sintiendo que un poco menos) y el otro que no y uno que sí; (y uno ya empezando a sentir que tiene razón, que ni un poquito) y el otro insiste que no y uno ya lo siente como el mejor amigo...

Esto es tan así; que a mediados del siglo XV una fundación holandesa instauró un premio para cualquiera que logre que una de esas conversaciones dure menos de cuatro horas y es el día y la hora en que nadie lo gana....

Sugerencia de respuesta para evitar el rollo:

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"Adivinaste"

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"Menos de lo que siempre te quise: imposible"

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"¡No es cierto! ¡Siempre te quise poco de manera constante!"

"Tu ya no me quieres como antes..."
-"¿Como antes de quién?"


Los invito a participar con sus sugerencias, son todas bien recibidas.

miércoles, 15 de junio de 2011

Pequeña guí­a de autocontrol en el amor



La necesidad de afecto nos hace sentir como si estuviéramos en un desierto, por eso es que al encontrarla sentimos que llegamos a un verdadero oasis…La pregunta es: ¿Qué hacemos con los camellos?






Si uno es muy ansioso hay que saber controlarse. Si la persona siente que nos abalanzamos sobre ella con una enorme demanda amorosa se va a asustar y se va a mostrar retraí­da porque va a sentir que nos la tragamos, que ella nos ofreció un ratito de su tiempo y nosotros le estamos agarrando el calendario. Eso si uno es muy ansioso, ahora bien, si uno es como yo… es inútil intentar nada, de todas maneras se va a asustar.
Cuando uno es muy absorbente es capaz de perseguirse con cualquier cosa que haga el otro, interpretándola, inmediatamente, como que ya nos está queriendo menos. Bastará con que el otro se quede un ratito callado para que el demandante pregunte:



-¿En qué piensas?
-En nada.
-Anda Dime.
-No, en nada, de verdad.
-¿Por qué no me quieres decir?
-No es que no te quiera decir, no estaba pensando en nada.
-En algo estarí­as pensando ¿o me vas a decir que estabas con la cabeza en blanco?
-No, no estaba pensando nada importante.
-¿Y cómo sabés que no era importante? A lo mejor no era importante para ti pero para mí­ sí­, anda cuèntame…
-Era una taradez, ni me acuerdo.
-¿No te acuerdas de qué era, pero te acuerdas que era una taradez? Eso está medio raro…



Y así­ un millón de veces etcétera, porque, en la pareja el único caso en el que es lindo estar encima del otro es en la cama (e incluso ahí­ no siempre, ¿no?).



Si a los absorbentes no nos dan toda la atenciòn que queremos… nos sentimos abandonados.

A lo mejor la otra, pobre, está con un rollo en la cabeza o cansada o distraí­da y entonces, como no sentimos que está fulgurante por nosotros, nos sentimos abandonados.



¿Y qué hacemos cuando nos sentimos abandonados?

Nos alejamos para castigarla. La otra (el otro, seamos ecuánimes y de paso disipemos un poco) que ni nos abandonó ni se dio cuenta de todas esas extrañas elucubraciones que estuvimos haciendo no sabe, no entiende, por qué nos mostramos más frí­os o ponemos esa cara de ahorcado de ópera.
Si, en el peor de los casos, el otro es parecido a nosotros (muy en el peor de los casos) se sentirá abandonado y nos castigará alejándose y poniendo cara de ahorcado de ópera.

lunes, 11 de abril de 2011

Un pirómano en busca de hielo


“Tu problema es que eres demasiado franco”, me dijo Karina mientras me tomaba de la mano, “porque la gente no quiere oír verdades, es feliz escuchando mentiras piadosas”. No lo puedo evitar, es mi naturaleza, soy un pésimo promotor de mí mismo, y cosas por el estilo le respondí a la chica. A los 10 minutos de conocerla yo sabía que era más inteligente que el promedio de las mujeres, y mucho más que la mayoría de los hombres. Su observación se debió a que le dije que me había dado gusto conocerla pero que en ese momento no me interesaba ninguna relación afectiva. Estábamos afuera de su casa e incluso me invitó a pasar con el pretexto de “que no te caería mal un cafecito, o un poco de vino tinto”. Rechazar la invitación no fue fácil. Pero yo no estaba allí por mis propias razones. Lo que sucede es que mi hermana es como todas las hermanas: preocupona, protectora y un poco metiche. Así que el sábado me invitó a una reunión en su departamento y me presentó a una compañera del trabajo. “Mira, hermano, ella es Karina y es mi mejor amiga. Además de guapa es excelente persona”. Y tenía razón. A sus 27 años lucía radiante, con una figura que ya quisieran muchas chavitas, y una sonrisa que te provocaba ganas de besarla. “Ahí los dejo para que se conozcan mejor”, mi hermana Nadia le guiñó un ojo a su amiga. “¿Así que eres escritor?”. Casi escupo el trago de ron que acababa de beber. “¡Cómo crees!”, protesté. Ella se puso roja. “Bueno, es que he leído lo que escribes y me encanta”, justificó apresuradamente. “Pero no soy escritor, sólo me gusta escribir lo que pienso y siento”, aclaré, y ella sólo hizo un gesto de ojos extragrandes. “Me agrada que te guste lo que escribo, pero a mi no me va eso de escritor, se me hace demasiado solemne y yo soy un mero aprendiz de charlatán”. Posteriormente charlamos de música, un poco de nuestros respectivos trabajos y también de lo complicado que es encontrar pasión o algo de bondad en los ojos de la gente.

También me enteré de que el día que se iba a casar con el hombre de su vida se presentó la ex esposa en la iglesia y convenció al cura de que aquello era pecado. Pudo haberse comprometido sólo por el civil, pero se sintió humillada con aquel vestido de novia. Así que le pidió a su padre que la llevara a su casa y se encerró por tres días. El novio le lloró, le suplicó el perdón por haberle ocultado que era divorciado y por haberse confiado en que la ex ya lo había olvidado. La mujer había venido desde Querétaro para impedir la boda. Y nadie se explicaba cómo se había enterado. “Nunca intentes entender la maldad”, le comenté. Así que desde entonces prometió no volver a casarse. La historia de Karina estaba salpicada de fracasos amorosos, como suele ser habitual. Otro punto en común conmigo. “Pero no me cierro al amor, aún creo que encontraré a la persona ideal”, me aclaró. En eso no estaremos nunca de acuerdo. A la una de la mañana decidí que ya era hora de irme. Mi hermana me pidió que me quedara un rato, que era muy temprano y que eso apenas se estaba poniendo bueno. Allí había unas 20 personas y algunas bailaban y otras reían y una pareja llevaba como 15 minutos encerrada en el baño. No me convenció. Su amiga sugirió que le diera un aventón, “porque pensaba quedarme, pero ya tengo sueño y no creo este ruidero me dejen dormir”. Acepté de manera educada, aunque yo sabía que me desviarme al menos media hora de camino a mi casa. En el trayecto no dejó de hablar de mí. “Eres tan lindo” o “estoy segura de que cualquier mujer sería feliz a tu lado”. Traté de rebatir su buena impresión sobre mí. Convivir conmigo es tan constructivo como inventar una alarma contra bobos. Soy experto en demoler buenas intenciones. Toda mujer que me ama termina por convencerse de que es más sencillo lograr que un hurón coma con cubiertos. Esas y otras frases utilicé para desanimarla.

Cuando llegamos a su casa, me dio un beso apresurado sobre los labios, tan fugaz como la escena cursi de una película de Jennifer López. Se supone que debí tomarla del brazo, atraerla hacia mí y besarla como lo haría George Clooney en una comedia romántica, pero odio las obviedades. La miré fijamente y le dije que lamentaba haberle hecho perder el tiempo. “¿Por qué dices eso?”, cuestionó. “No soy el hombre que esperas, ni el que te hará volver a confiar en el amor”, solté con frialdad aunque sabía que era un pésimo diálogo. Quizá debí aclarar que soy cínico, arrogante, harto independiente, no creo en el amor a mediano plazo, ya tengo demasiados vicios, y de noche en noche me dejo acorralar por mis propios temores, pero por si no bastara, me encanta vivir solo. “Tú no puedes saber si eres el hombre que espero”, manifestó, “eso lo tengo que averiguar yo, déjame intentarlo”. Negué con la cabeza.

Si alguien lo sabe soy yo. “Llevo años tratando de conocerme, haciendo una biografía de mis defectos”, le advertí. Fue entonces que me invitó a pasar a su casa para seguir averiguando si yo le convenía o no. “No hagas que te ruegue, por favor”, y ese por favor sonó a ruego. “En verdad, muchas gracias, pero no puedo aceptar, no sería justo para ti”, me conozco y sé que terminaría llevándomela a la cama, aunque después me sintiera igual de vacío que un gerente de banco. “Okey, ya no voy a insistir, pero prométeme que me llamarás aunque sea para ir al cine”, ya me había dado su número de celular y evité darle el mío. “Lo único que te puedo prometer es que intentaré llegar a mi casa sin chocar, y ya luego veremos”, sonreí para aligerar el momento. “Tonto, no seas payaso”, me volvió a besar, “bueno, ya me voy. Conste, te lo pierdes porque quieres”, bajó del auto y al alejarse me gustó su manera de caminar, la forma en que los jeans acentuaban sus caderas.

Si no fuera amiga de mi hermana hubiera intentado seducirla. Ya son suficientes los reclamos de una sola mujer para desquiciarte. Y yo no soporto que mis parientes se quieran meter en mi vida. Sin embargo, al otro día me llamó Nadia para preguntarme cómo me había caído su amiga. “Es buena chica, pero no es mi tipo”, dejé en claro. “Ay, hermano, no seas payaso. Deberías salir con ella, es muy linda y muy decente”. No lo dudo. Le agradecí la invitación a su casa, pero le pedí que ya no me presentara amigas. Sé que se preocupa por mí, pero hace mucho que dejamos de ser niños y nos convertimos en desconocidos. A mí me da gusto verla feliz, como a mis otros hermanos, pero no sé si me moldearon con otro barro o si me falta cerebro, pero prefiero provocar mis propios incendios. Un pirómano sólo necesita fuego. Y generalmente actúa sin cómplices. Además, sé que estoy condenado a las mujeres insanas, a las que maldicen todo el tiempo, a las que ven telenovelas, a las que les gusta recitar tu nombre en cada orgasmo, a las que se ponen perfume entre los senos, a esas que gritan su placer casi obsceno, a aquellas que se tatúan el trasero, a las que no les importa si tu corazón late a destiempo. En fin, estoy predestinado a invertir en relaciones tan sólidas como un bloque de hielo.

viernes, 1 de abril de 2011

DESEO

Ante la mayor adversidad, ante tu mayor prueba, delante del máximo dolor inimaginable en el vacío más absoluto, siempre nos queda el deseo absoluto. Cuando la pena inunda tu alma, cuando tu fe, se ve quebrada en el abismo más negro. todo puede cambiar por el fuego animal, el deseo intenso. Allí donde el ánimo decae, dónde el consuelo no es posible dónde la oscuridad, llena el sentido de la vida misma, una vez secas las lágrimas, rota toda esperanza un simple gesto tuyo, una incitación al placer puede hacer cambiar toda mi mente. Cuando creemos que nada tiene sentido.... aquí te tiendo mi alma, te alargo mi brazo para en el más mínimo gramo, poder mitigar una milésima de tu dolor, e insuflarte placer para poder combartir tu miedo. Me uno en tu aflicción, a tu angustia. Sin saber como ayudarte sólo darte un abrazo, amarte, desearte tender un puente, para poder cruzar a tu lado a caminos más placenteros, llenos de vida, recuperando el deseo.......

lunes, 28 de febrero de 2011

ELLA

Me despierto con la sensación de volar, de ligereza, de no tener peso, de ir a donde me lleve el viento. El lugar está obscuro y casi no puedo ver nada, pero a pesar de todo, no tengo miedo, simplemente quiero recordar cómo volar para después poder hacerlo cuando quiera.

Es curioso, de pronto entre toda esa obscuridad, alcanzo a ver una luz extraña, como distorsionada, y entonces me doy cuenta de que no estoy volando en el aire, sino flotando en el agua. Conforme se va aclarando todo un poco más, veo nítidamente el paisaje submarino que se presenta ante mis ojos. El mar tiene distintas tonalidades, en algunas partes se ve más obscuro, en otras de un tono verdoso y cerca de la luz de la superficie, color azul turquesa.

No siento ninguna clase de temor a pesar de que no sé nadar, por el contrario, me deslizo fácilmente por el agua como si ésta fuera mi elemento natural. Puedo dar vueltas y maromas con una habilidad extraordinaria, no me estorban los brazos ni las piernas, de hecho no los siento... ¿tengo brazos y piernas? creo que no, pero tampoco me importa, no los necesito. Ahora soy un delfín y el océano es mi hogar.

Me siento tan bien en ese lugar que quisiera llorar de alegría, esto debe ser la felicidad, pienso un momento. Y de pronto como un ángel acuático la veo a ella, a esa mujer enigmática y misteriosa cuya imagen me perseguirá de hoy en adelante, lo sé. Ni siquiera tengo un nombre para esa sirena del cabello de fuego... la llamaré simplemente Ella.

Ella es hermosa, una sirena que vive en el fondo del mar. Su cuerpo es, más que el de una mujer, el de una adolescente; tiene piernas como si fuera humana, de hecho todos sus rasgos son enteramente humanos salvo por el color azul de su piel, un azul muy tenue y un poco brilloso. Pero sin duda lo que más llama la atención de Ella es su cabello muy largo, rizado y de un color rojo cobrizo tan intenso, que rompe de manera imprudente con la gama de azules que conforman el cuadro marino. Su abundante melena se revuelve al rededor de su cabeza dando la impresión de ser los rayos del sol de su rostro. Sus ojos son claros, no puedo distinguir bien si son verdes o azules... creo que son un poco verdes, pero no importa porque su mirada sigue siendo la misma, una mirada dulce y comprensiva, esa clase de mirada que si uno ve en alguien después de un mal día, puede cambiar el estado de ánimo y hacer que uno piense: ¡Dios! después de todo el mundo todavía tiene algunas cosas rescatables.

Ella me mira tan apacible y tranquila, como si ya nos conociéramos. Me sonríe amablemente y puedo ver sus dientes blancos como perlas, dice algo que no entiendo muy bien y me hace señales con la mano para que la siga... y yo obedezco. No tengo ni la más remota idea de a dónde iremos, pero me inspira la confianza suficiente como para nadar hacia donde me lleve.

Después vuelvo a despertar, ya es de día y ha salido el sol. Siento mi peso de nuevo, tengo brazos y piernas, y ya no puedo dar volteretas ni hacer malabarismos como delfín. Es triste, hace rato había despertado en aquel lugar lleno de magia y ahorita estoy en otro muy diferente...¡Ah, qué desilusión! pero... ¿y si yo fuera realmente ese delfín que al dormir tuvo el sueño (o la pesadilla) de ser humano? no lo sé, espero que así sea para despertar otra vez en el océano.

Desde ese día dudo acerca de mi existencia, ya no sé si soy el delfín o soy la persona. Lo único que sí es seguro es que quiero que Ella regrese, que venga por mí, que me pida que la siga otra vez porque iría con ella de aquí hasta el fin del mundo.

martes, 15 de febrero de 2011

Coronas para una reina perversa

¿Cómo se verá una mujer sola, con una cubeta de cervezas en la mesa? Liz se hizo la pregunta en silencio, al darse cuenta que la gente que pasaba frente a ese bar la observaba con extrañeza. Carajo y a mí que chingaos me importa eso, se respondió mientras se acomodaba el fleco. Además, pretextó, no tengo la culpa de que mi pinche galán lleve una hora de retraso. Destapó otra Corona y sonrió con la malicia de las chicas que suelen usar minifalda y escotes reveladores nomás por pura coquetería, aunque en el fondo sean igual de tímidas que una integrante de estudiantina. Cuando dieron las once pidió la segunda cubeta. Desde otra mesa, un tipo alto, delgado, con aquel peinado vintage, a lo James Dean, le lanzó un guiñó entre seductor y atormentado. Ella rehuyó a ese rostro, pero un murciélago aleteó debajo de su ombligo e intuyó que así comenzaba el vuelo del deseo.
El sujeto estaba sentado con dos chavas bonitas, aunque bien fresas, y un par de tipos también atractivos. Los típicos weyes de la Universidad Del Valle que buscan “emociones fuertes” en los barecitos de la Glorieta Insurgentes. El James Dean de mentiritas no dejaba de mirar a Liz, sobre todo sus piernas apenas cubiertas por esa minifalda que le pareció algo exagerada pero que iba perfecta con esa imagen retro de chica de calendario. Ella sintió necesidad de ir al baño, aunque odiaba la suciedad de esos sitios tan públicos. Frente al espejo se retocó los labios, a sabiendas de que las chelas borrarían el carmín. Al regresar a su mesa, el guapo ya la estaba esperando. Liz intentó caminar con naturalidad, aunque sus piernas temblaron un poco. En cuanto se sentó percibió un olor a perfume que le agradó bastante. Buscó en su archivo mental su mejor frase para correrlo y no la encontró. “¿Qué haces aquí?”, reclamó. Él contestó una babosada: “Decidí no hacerte esperar más”. La carcajada de ella fue estridente y quiso decirle que “lo malo no es ser un pendejo, sino presumirlo”, pero se encontró con unos ojos preciosos. “¿No te has aburrido de beber sin mí?”, preguntó el pinche narcisista. “Beber nunca me aburre, estés o no”, replicó Liz con una mirada altiva. Ante eso, aquel vocero de los lugares comunes no supo cómo reaccionar.
“Tienes unas piernotas” dijo aquel sujeto mientras rozaba la rodilla de Liz. “Lo que pasa es que el alcohol y la minifalda son una buena combinación”, argumentó la chica. Luego él preguntó lo de siempre y ella también. Jorge, se llamaba el aún desconocido e invitó el otro cubetazo. Desde su mesa, las amigas observaron a Liz como si fuera una zorra. Ella no las peló. “Tienes una mirada medio perversona”, intentó adularla pero ella ya estaba preguntando por sus amigas. “Ah, una de ellas era mi novia, pero la dejé porque era bien celosa, además de que me puso el cuerno con mi amigo, aunque ellos creen que no lo sé”. Media hora más tarde se besaron y decidieron seguirla en otro lado. Apenas dejaron el bar, buscaron un rincón semioscuro y la furia de la lujuria los envolvió por completo.
Jorge exploró el cuerpo femenino por encima de la ropa. Ella le acarició la nuca y luego lo besó como una mujer vampiro en una película de El Santo. “¿Piensas en ella?”, “¿piensas en si le gustó acostarse con tu mejor amigo?”, “Soy tu venganza, úsame, úsame para olvidarla aunque sea por un rato”, soltó ella como si fuera el uno-dos-tres de un boxeador salvaje. Jorge se excitó aún más. Sólo fueron unos momentos, porque se apartó bruscamente. “¿Por qué me dices todo eso? No ves que todavía la amo... y anda con ese pendejo”. Liz lo miró tan indefenso, tan vulnerable, que por un momento pensó claudicar, pero sus ojos se encendieron con esa malicia que sólo algunas chicas rudas tienen. Entonces pensó que sí él la hubiera abofeteado, como un rebelde hollywoodense, estaría rendida a sus pies. Pero no, lo volvió a mirar y ni siquiera se permitió el lujo de sentir lástima. Sólo dio media vuelta y escuchó un sollozo. Abordó un taxi en la esquina, cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y sonrió de la manera más sexy al conductor. Pidió que la llevaran a la Tabacalera, rumbo a casa de su novio, nomás por las ganas de estar con un hombre de verdad, aunque la haya dejado plantada.

jueves, 21 de octubre de 2010

Tu ángel de la guarda no hace horas extras

Una señora de las Lomas mira con asco a la anciana que pide limosna. Un auto de lujo se detiene la esquina y aquel viejo ejecutivo hace guiños a un menor de edad. Ah, esta ciudad obscena, tan maquillada de lujuria, que no tiene un monumento a la ternura, ni una embajada de la bondad o su universidad de la poesía
Esta urbe es ubre que destila nuestras locuras, tanta podredumbre. Esta ciudad intoxica con su tufo a mujer ebria, con su aroma a cloacas corroídas, con su perfume de furcia barata. Y mi calle está llena de baches, de alumbrado tuerto, y hasta hay una cruz en la acera de enfrente que recuerda la muerte fulminante de no sé cuántas esperanzas.

Este asfalto nos conducirá algún día a la locura de tanto esperar por lo que desesperamos. Estas calles vacías de piedad, abundantes en pesadillas, delirantes de gritos que desgarran una madrugada de balas, de miedos a medio morir.

Una oración no te salvará de las ráfagas, ni te aislará del ulular de las ambulancias que rasgan el alba y empañan los ojos frente a la sala de urgencias. Un adolescente-casi-niño se debate entre la vida y la muerte por el fuego cruzado, por la ineptitud de un presidente que suele confundir las condolencias con los discursos desgastados.

Y un pordiosero husmea en los botes de basura, mientras aquel senador se prueba unos zapatos obscenamente finos o un diputado pide el platillo más caro en la terraza de un restaurante con vista a la catedral. Y las miradas de ambos se encontrarán en el crucero y no hallarán puntos en común porque al menos el mendigo reflejará más humanidad que el méndigo de corbata italiana.

Las campanas de aquella iglesia lejana tampoco sonarán a bálsamo para la joven prostituta que fue engañada con promesas de amor, con promesas que se volvieron bestias tras los ojos de aquel hijo de puta que le recetó mil golpes para clausurar las lágrimas. Y una madre morena imaginara que su hija se fue del pueblo para sufrir menos o quizá ganar un poco más en esta pésima apuesta que era su vida. Y en el olvido quedarán los días en que esa pequeña sonreía mientras correteaba las gallinas. Y llegará el momento en que su hermanito, calzado con unos tenis que le quedan grandes, dejará de preguntar por la chica que cantaba con él mientras buscaban un poco de leña seca. Y no habrá llanto suficiente que alivie tanta injusticia, tanto dolor, ese rencor, la nostalgia por la muerte, las ganas de abrazar a mamá en busca de consuelo.

Además no hay dioses suficientes para atender tantas plegarias o el exceso de oraciones llegadas desde este páramo tan lejano. No, no hay veladoras que valgan, ni rezos que invoquen cielos, mucho menos agua bendita que colme la sed de los que más necesitan. En definitiva, escasean los dioses. Y peor aún, los ángeles de la guarda no trabajan horas extras ni en días feriados.

Esta escuela del terror que nos depara una graduación de la degradación. Esta tierra que ya no es húmeda, ni despide olor a lluvia, sino a frío que cala el alma. Esta postal grisácea tan llena de esmog y hormigón, tan sobremaquillada de graffitis, tan carente de calor o color que ilumine los pasos extraviados.
Ahhh, maldita y asfáltica ruta hacia la desolación. Tremenda avenida de los desesperados, inmensa vía que conduce a todos los sitios y a ningún lado. Caótico callejón tan lleno de oscuridad, tan poblado de gatos con ojos de fuego y uñas que rasgan tu peor superstición.
Y es amor y es odio lo que conviven en tu corazón cuando miras los ojos vidriosos de esta ciudad en llamas, de esta urbe que seduce con una pasión malsana. No por nada Efraín Huerta fue tajante en su poesía: “¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos/ como una cabeza cercenada con los ojos abiertos./ Estos días como frutas podridas./ Días enturbiados por salvajes mentiras”.
No por nada la Orquesta Mondragón hace un carnaval cuando canta que “la ciudad donde vivo/ es el mapa de la soledad,/ al que llega le da un caramelo/ con el veneno de la ansiedad./ La ciudad donde vivo/ es mi cárcel y mi libertad./ La ciudad donde vivo/ es un ogro con dientes de oro,/ una amante de lujo/ que siempre quise seducir./ La ciudad junta a dios y al diablo,/ al funcionario y al travestí./ La ciudad donde vivo/ es un niño limpiando un fusil”. No por nada, quienes vivimos aquí, hemos establecido una relación enfermiza, codependiente, con esta amante que tiene corazón de neón, alma incandescente. Deberíamos de huir y dejar de sumergirnos en el Metro que tanto aborrecemos. O arriesgarnos a que un buen día el forense dibuje con tiza nuestra silueta en el suelo

martes, 19 de octubre de 2010

Das Herz

El recinto acumulador de toda nuestra vida.
La memoria de toda nuestra existencia.
La estación de llegada de todo lo futuro.

El dique que acumula el agua del presente.
El cauce para el río fluyente de la transitoriedad.

El fondo hondo y trepidante del sufrimiento.
El monte Calvario de la crucifixión de todo amor.
El sepulcro de todo nuestro fatigado y constante fenecer

El foco ardiente de toda renovación y resurrección.
La tierra creadora de todo presentimiento y de todo lo vital.
La profundidad tejedora de la imaginación.

La cripta que esconde todos los secretos encubiertos.
La tumba de las noches irrecordables del alma.

La fuente del olvido re-creador.
El regazo del dolor de toda fecundidad.
El suelo que se pudre de toda la malicia infructuosa vertida en él.

jueves, 14 de octubre de 2010

Desempolvaré mi disfraz de adivino

Una mujer insegura es un catálogo de dudas. Sí, la tendencia de ellas es preguntar demasiado. Pero Karina abusaba de los signos de interrogación. Su muletilla favorita era “¿adivina qué?”.

Y durante un tiempo caí en sus hábitos y, mientras todo era novedoso, yo solía responder con otra pregunta más simple: “¿qué?”. Cuando pasó el entusiasmo, pensé seriamente en desempolvar mi disfraz de adivino.

—¿Adivina qué? –me preguntó aquella noche, en cuanto llegó del trabajo.

—No me digas, no me digas –hice una pausa–. Tu madre dejará de meterse en nuestra relación, ¿no?

Ella me lanzó una daga con la mirada. Yo contuve la risa y trate de parecer serio, lo cual me cuesta trabajo.

—Ah, ya sé. Tu amigo Alex al fin decidió salir del clóset y aceptó que está enamorado de su maestro de yoga –seguí mirando a Gregory House en la televisión.

Ya no aguantó más y advirtió que “me choca que te sientas un tipo listo todo el tiempo”. Karina pasó frente a mí. De reojo miré cómo se quitaba el saco y la blusa. Tenía hermosos senos y una cintura envidiable.

—Me voy a la convención en Guadalajara –sonó enojada—. Y odio que me amargues las buenas noticias.

Ahhh, eso no presagiaba nada bueno. Pero hacía unos meses que las conversaciones se reducían a cómo le había ido en su nuevo trabajo.

—¡Felicidades! Tienes todo un fin de semana para olvidarte de este tipo listo –lo que a mí no me emocionaba.

—Aunque lo digas de broma –se había puesto la bata, lo que anunciaba que otra vez se dormiría temprano y acortaba nuestras posibilidades de tener sexo.

—Me parece estupendo. Así podré irme al bicho con mis amigos sin que me estén llamando 20 veces para ver a qué hora llego a casa –aclaré.

—Por mí, puedes hacer una pijamada con las putas de tus amigas –fue hacia la cocina y se sirvió un vaso de leche.

—¿Una pijamada? Eso es para fresas que escriben tonterías en sus diarios –recordé una de sus anécdotas de cuando iba en la prepa.

—Pues entonces haz una fiesta de disfraces, pero adviérteles que no cuenta el disfraz de zorras que usan cada fin de semana –fue a sentarse a mi lado y remarcó la palabra “zorras”.

Tuve que carcajearme. La abracé e intenté besarle el cuello. Su respuesta me quitó las ganas: “estate en paz, que me vas a tirar la leche”.

Karina últimamente se sentía “tan cansada” que nuestras relaciones íntimas se reducían a compartir el shampoo y la pasta de dientes. La notaba bastante distante y yo tampoco hacía mucho por acercarme.

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Un buen día, Karina me comentó que su nuevo jefe no era “nada feo” y que al parecer coqueteaba con ella, pero además pretextaba que “está casado y además es muy grande para mi gusto”. En realidad no lo era tanto, sólo le llevaba unos diez años. Y el tipo comenzó a tener detalles con ella, como darle un certificado de regalo de Liverpool en su cumpleaños “para que te compres algo que te haga ver aún más guapa”. Eso decía la tarjetita que acompañaba la envoltura. “Eaah, alguien le gusta a su jefe”, lo tomé a la ligera. “No seas tonto. Alberto sólo trata de ser amable”. Vaya, ni me había dado cuenta de cuándo “mi jefe” pasó a ser “Alberto”. Debí captar las señales, pero yo estaba demasiado ocupado en otras cosas. Cuando las relaciones entran en el túnel de la rutina, uno busca atajos que hagan menos monótono el trayecto. Te refugias en los amigos, en escribir por las madrugadas, hacer carambolas de tres bandas, irte al estadio mientras ella visita a su madre. Y así hasta que los silencios son cada vez más extensos.

—¿Adivina qué? –su pregunta de siempre.

—Espera, deja sacó mi bola de cristal. La compré ayer y me muero por estrenarla –cerré el libro que leía y la miré. Ella sólo me observó con un aire de impaciencia.

—Contigo no se puede hablar –se encerró en la recámara. No duró mucho su enojo y regresó.

—¿Me puedes poner atención un minuto? –otra maldita pregunta.

—Mi atención es toda tuya, igual que mis caricias –la tomé por la cintura y traté de sentarla en mis piernas.

—¿Ya vas a empezar? ¿Sólo piensas en eso? –dos jodidas preguntas al hilo.

—Sí, soy un obseso sexual, sobre todo, tras dos semanas de sólo verte dormir –dije.

—Pues me acaban de aumentar el sueldo y pensé que te daría gusto saberlo –No me dio tiempo de comentar algo, porque se fue a encerrar otra vez a la recámara.

Ni siquiera llevaba un año en el trabajo y ya le habían aumentado el sueldo. Yo sabía lo que significaba eso. Más viajes de trabajo, menos tiempo juntos, el afán de su jefe por seducirla, el deterioro de nuestra relación. Y a los dos meses terminamos. Y ella acabó acostándose con Alberto. Aún siguen juntos, aunque él no va a divorciarse. De repente Karina llega a llamarme y me sugiere que deberíamos vernos. Alguna vez salimos y me pidió que retomáramos “los buenos momentos”. Yo me limité a decirle que “no creo que funcione como al principio”. Y ella soltó una avalancha de preguntas: “¿por qué?, ¿ya no me quieres?, ¿andas con alguien?, ¿ya no te gusto?”.
Seguía siendo guapa, pero el orgullo es una mascota herida, desconfiada, después de que la han pateado. “La respuesta es simple, he desempolvado mi traje de adivino y creo que tú y yo no tenemos futuro”, fue lo último que dije al respecto. Cambiamos de tema, pagué la cuenta, la acompañé a su auto y le dije “hasta nunca” con una seña de adiós en la mano. Recordé a un poeta que recitó en silencio “tus ayeres a mi lado serán hermosas postales que no recibirás en tu nuevo domicilio”.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Desenterrar un cadaver exquisito

El maestro me regresó mi texto con un par de correcciones y un 9 de calificación. “¿Vas a algún taller literario o algo así?”, me preguntó. Le respondí de la manera más simple que no. “Ok, espero que nunca lo hagas, porque sólo te echarán a perder”, señaló mi tarea, “me gusta como escribes, sólo es cuestión de que lo afines y superes tus faltas de ortografía”
Aquello fue un gran aliciente para mí. Un año después Manuel Gutiérrez Oropeza pasaría de ser mi maestro en la universidad a mi jefe en mi primer trabajo como reportero. Mentiría si dijera que con él aprendí a escribir, porque eso se aprende leyendo un chingo y practicando mucho más. Pero Manuelez me enseñó a ser periodista, a amar este oficio canalla y mal pagado en el que la pasión es tu mejor recompensa. Gracias a él me aproximé a diversos autores y aprendí que la mejor manera de escribir era dejándote guiar por las emociones, escuchar la voz de tu alma y de tu corazón. Y también entendí que lo más valioso que tiene un hombre es la honestidad, empezando por la coherencia con uno mismo. Nunca le dije a Manuelez cuánto lo quise, todo lo que valoraba sus enseñanzas, no me di la oportunidad de agradecérselo. Murió muy joven y cuando me enteré no podía creerlo. Ni siquiera pude ir a su funeral porque yo andaba de viaje, pero recordé su sonrisa, su generosidad y lloré mientras el viento de una ciudad extraña me susurraba que siempre he estado en sitios lejanos mientras las peores cosas me atacan por el flanco. Han pasado los años y sigo fiel a las enseñanzas de aquel maestro, amigo, tremendo ser humano. Y sobre todo, me resisto a dar clases porque, como él dijera, no me atrevo a echar a perder a alguna mente brillante.
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“Si les enseñaras a escribir con creatividad, ¿qué les dirías? Les diría que tuvieran una aventura amorosa infeliz, hemorroides, mala dentadura, que bebieran vino barato, que evitaran la ópera, el golf y el ajedrez, que no dejaran de cambiar la cabecera de su cama de una pared a otra y luego les diría que tuvieran otro amor infeliz”, retomé este poema de Bukowski en mi taller de periodismo para dejarles en claro que yo no les iba a enseñar gran cosa, sólo a hacerle caso a su voz interior, a su propia revolución. “Les diría que evitaran los días de campo familiares o ser fotografiados en un jardín de rosas… que nunca se consideraran superiores y/o justos, que nunca trataran de serlo, que tuvieran otro amor infeliz”. Preceptos elementales, al alcance de la mano, sobre todo, eso de nunca considerarse superiores, porque como dejé bien claro “aquí no hay genios, sólo bailarines. Y aquí van a aprender a bailar con la mente, al ritmo que mejor les acomode”. Y entonces escuchamos a Jorge Drexler, en silencio y con los ojos cerrados, para luego danzar libremente. Acto seguido, desenterramos un cadáver exquisito, cada quien escribió un pensamiento aislado, y este fue el resultado al unirlos: “Silencios poblados de ideas me rodean./ ¿Qué es lo que significa el amor? ¿Espejismo o realidad?/ No me queda más que ser un pájaro/ en este puente que une el principio de un día con el principio del otro./ Y me suenan lamentos de alguien que ama mucho./ Dejé de nadar hacia la botella de ron… mejor decidí nadar hacia abajo para seguir a la sirena,/ pero al llegar la noche te desvaneces como la miel en el hielo”. Nada mal para un primer ejercicio. El poder de las mentes en conexión. Y Aidé, Juan, Sandra, Nazario, Montserrat, Desireé y los demás sonrieron al ver sus ideas enlazadas. Eso es lo que me ha reconfortado un poco.
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No, no pretendo enseñarles a escribir con creatividad, sólo alentarlos para que derriben sus muros, para que desechen sus miedos y se atrevan a explorar sus propios infiernos. “Les diría que miraran pasar los aviones detrás de una cortina veraniega, que nunca trataran de triunfar, que jugaran billar, que tomaran vitaminas, pero que no hicieran pesas… después de todo esto, que hicieran lo contrario, que tuvieran un amor feliz y que lo que hay que aprender es que nadie sabe nada, ni el Estado, ni los ratones, ni la manguera del jardín, ni la estrella polar”, ni los que dan talleres para escribir, desde luego. Y siguiendo con la filosofía de Bukowski, les diría que “si alguna vez me descubres enseñando a escribir con creatividad y lees esto, regrésamelo, te calificaré merecidamente con MB y te patearé el trasero”. Yo no sirvo para dar clases, no pretendo ser un ejemplo a seguir, bastante hago con mantenerme mínimamente cuerdo. Sólo escribo porque un buen día uno de mis maestros me dijo: “Plántate frente a una hoja en blanco y mientras caminas para arriba y para abajo, dale a esa cosa, dale duro. Haz como si fuera una pelea de box entre pesos completos. Si quieres ser escritor, tienes que cogerte a muchas mujeres, hermosas mujeres y escribir algunos poemas decentes de amor. Y no preocuparte por la edad o los jóvenes talentos. Sólo toma más cerveza, más y más cerveza. Y procura ganar si apuestas. Aprender a ganar es duro, cualquier idiota puede ser un buen perdedor”. Sólo he conseguido unas cuantas cosas, como eso de las mujeres y aquello de ser un idiota. Creo que me seguiré esforzando, aunque evitaré la cerveza porque lo mío, lo mío es el ron.

martes, 5 de octubre de 2010

Darle alas a tu locura

En determinados momentos uno sólo se sienta a la mesa de algún bar a esperar que los minutos se deshagan como la cera de las veladoras en un altar. Sucede que hay noches en las que abandonas tu habitación, aburrido de escuchar a los Rolling Stones y de mirar la lluvia a través de la ventana. Bajas las escaleras, cruzas el portón, sales a la calle. Caminas hasta el bar más próximo, que es el que frecuentas. Te sientas de frente al mismo mesero de siempre, que en cuanto te reconoce empieza a servir un ron con coca. Inclina la cabeza a manera de saludo. Respondes igual y luego observas las filas de botellas. Sucede que a veces no pasa nada. Y así es la vida en esos lugares: cuando pasa algo bueno bebes para celebrar, cuando ocurre algo malo bebes para olvidar, y si no pasa nada entonces bebes para que pase algo. Las reglas del bebedor. Allí estás, esperando que acontezca algo o que un incendio consuma el local o que ángeles eléctricos pidan permiso de entrar al baño o que algún suicida beba hasta morir o que un sacerdote nos venga a excomulgar o que un poeta se emborrache con sus musas o que un limosnero te venda su alma o que un profeta anuncie el fin del mundo o que una canción nos diga una verdad o que un músico haga sonar el sax o que una mujer de falda corta selle tus labios con sabor a sal o que unos ojos eclipsen tu mirada o que lleguen a clausurar el bar o que, simplemente, te dejen en paz. * * * Aquel borracho no dejaba de dictar con estridencia: "¡Puedo volar, puedo volar, puedo volar!". Al principio a todos nos pareció gracioso, pero luego de algunos minutos empezó a sonar patético. Uno de los meseros trató de controlarlo, pero aquel escandaloso se puso a manotear: "Déjame en paz, déjame imbécil. Nadie sabe lo que yo sé". Cansado de soportar estupideces llamé al mesero. "Mejor sírvale un trago, yo lo pago", le dije. Me hizo caso. En cuanto le sirvieron, el gritón volteó hacia mí, me miró agradecido y se levantó tambaleante para luego acercarse a mi mesa. Lo que me faltaba, pensé. "Gracias joven, usted sí se ve gente decente, no como esta bola de mediocres, ignorantes". Asentí con la cabeza, como quien quiere decir "de nada". Él sujeto flacucho y bajito se sentó sin pedir permiso. "¿Sabe qué?", preguntó para luego contestarse solo: "Tengo miedo, porque sé muchas cosas que nadie sabe". Uta, otro pinche loco. "Fíjese que yo sé volar, en verdad que puedo volar", insistió pero yo no tenía ganas de hablar, ni de estar con nadie; lo único que necesitaba era tomarme un par de tragos, tranquilamente, mientras observaba la profundidad de mi vaso, pero aquel miserable se empeñaba en su discurso. "Yo sé quién mató a Colosio o también sé quién será el próximo presidente y hasta cómo hacer contacto con los extraterrestres", ennumeró con ese entusiasmo habitual en los ebrios. Por fin un hombre que ha descubierto el hilo negro. Con el brazo izquierdo le pedí al mesero que se acercara. Fue hasta la mesa. "El señor ya se va" y le hice señas para que lo "invitara" a largarse. "No joven, espérese tantito. Le juro que yo sé volar, deveras que sé volar. Y le puedo enseñar cómo". El mesero lo tomó del brazo, intentando levantarlo. "No me toques estúpido, no me toques", gruñó aquel tipo. "Ándele, amigo, es hora de que se vaya a descansar un rato o a molestar a otro lado", le advertí en tono alto, aunque conciliador. "No me creen, ¿verdad? No estoy loco. Ustedes creen que estoy loco, pero no es así", se puso de pie. Abrió los brazos, levantó la cabeza, abrió las palmas de las manos, cerró los ojos, se concentró demasiado... y juro por todos los dioses que se elevó como medio metro y se quedó flotando durante muchos segundos que parecieron largos minutos. Los cuatro o cinco clientes, así como los meseros, nos quedamos en silencio. Sorprendidos. Nadie dijo nada, aunque alguien se quedó con la boca abierta. Luego el borracho volvió a tocar el suelo y me miró con coraje. "Son unos necios, incrédulos, por eso este mundo se está cayendo a pedazos, por la falta de fe", señaló y luego se encaminó a la puerta. Entonces comenzaron los murmullos. Seguí bebiendo. Otro día difícil, como para volverse loco. Esta pinche ciudad está llena de gente muy rara.

lunes, 4 de octubre de 2010

En el nombre del amor

Tengo una carta que dice “Es el final”. Colecciono rezos en la oscuridad. Una noche sin caricias es un carnaval de soledad. Y yo me siento abandonado hasta por mi sombra. El amor es un muñeco vudú en forma de cupido. Mi corazón es una bomba de tiempo, mi ansiedad me recomienda mil formas de suicidio. El amor es un Sanborns adornado con globos de corazones. El amor es un invento para vender tarjetitas cursis que dicen: “Si quieres saber cuánto te quiero cuenta las estrellas del cielo”. El amor es el precio de un disco en el Mix Up. Amor es regalar un muñeco de peluche envuelto en celofán. El amor es un antro saturado en 14 de febrero. El amor es una chica que pierde su virginidad en las manos más toscas. Y el final es el mismo: llorar por alguien que no te supo amar. En lugar de fomentar los abrazos, queremos comprar caricias y te quieros que nunca serán sinceros. Ya lo dice un poeta apocalíptico: “los suspiros no son valorados en un cielo poblado de regalos caros”. Por eso es mejor no empeñar el corazón, ni dejarse llevar por besos falsos. El amor apendeja, te vuelve más vulnerable y siempre estarás a merced de alguien que sabrá manipularte. No quiero sonar pesimista, pero el engaño es el juego de moda y nadie quiere salir perdiendo.


Siempre que se habla del amor surge la pregunta más trillada: “¿cuánto me amas?” Las mujeres son tan elementales que siempre mueren por saber qué piensas, qué porcentaje de tu corazón es de ellas. Se empeñan en contar los días, las horas, los minutos para el aniversario. Cuando se lo proponen son adorables, pero también pueden ser tu calvario: Llévame aquí, ven por mí, acompáñame a comprar ropa, ¿qué te parecen estos zapatos?, ¿no te gusta esta blusa? Acaso no se darán cuenta de que tienes otras preocupaciones más relevantes, como estudiar, salir con los amigos, hacerle la barba a tu jefe, amarrarte las agujetas, jugar al futbol, pelearte con el wey de la tortillería, levantarte temprano, ducharte todos los días, checar tus mensajes en hotmail, comer sanamente, emborracharte algún día de estos, trabajar como negro, imaginar el futuro, renegar del pasado, planear un golpe maestro y, por qué no, perder algo de tiempo.

Casi todas sueñan con “el día que nos casemos y tengamos hijos”, sin detenerse a pensar que tal vez sería más emocionante titularse como diplomáticas, viajar a un exótico país de medio oriente y tener un amante de ojos como faros. O tal vez irse a otra ciudad, casarse con un cubano y bailar rumba hasta en la cama. Pero no, prefieren seguir los esquemas de sus madres, tías, hermanas: engordar, amargarse por el marido borracho y desquitarse con los chamacos moquientos. No las culpo, son expertas en seguir patrones, en manipular a cambio de sexo, en tirarse en el suelo para que las levantes: “es que si en verdad me quisieras tanto ya me hubieras llevado a Acapulco”. En nombre del amor se cometen las peores estupideces, como echar a perder tu vida. Tan hermoso que es quererse sin condicionamientos, sin culpas y sin reclamos. Todo sería más llevadero si en vez de chantajes emocionales, se disfrutaran como parejas, como personas que sienten, que tiemblan, que se entregan sin temor a que te pasen la factura. Sólo los tontos confunden la pasión con los achaques del corazón. No, desde luego que eso no es nada romántico… pero es mejor invertir en una noche de caricias como fuego, que regalar tarjetitas que dicen “Te quiero”. El amor es un muñeco de vudú en las peores manos.

martes, 28 de septiembre de 2010

Incómodos silencios

En el pesero ninguno de los pasajeros mira a los demás. En la radio suena una estúpida balada. Estoy concentrado en un libro grueso que dicta verdades y por alguna extraña razón empiezo a leer en voz alta:
“Esta ciudad parece enferma/ y es habitada por locos./ Todo parece triste y nos aniquila poco a poco:/ amantes que acaban odiándose,/ ese pordiosero que sentado/ mira fijamente nuestros rostros,/ adentrándose en nuestras mentes,/ flores secas y basura amontonada,/ banqueros y funcionarios tramando quedarse con nuestro dinero,/ políticos de cara amable y espíritu podrido,/ ladrones de cuello blanco con maravillosas esposas y champaña en las comidas,/ la misma historia de las devaluaciones,/ cárceles atestadas de violadores,/ gente desencantada en los andenes del metro,/ hombres suficientemente viejos/ como para amar la tumba desde ahora…
Es un poema certero, aunque los demás parecen no entenderlo y me miran contrariados, pero no me detengo: “Estas y otras, muchas, cosas/ demuestran que la vida gira sobre un eje oxidado./ Pero nos han dejado un poco de música/ y un póster de Dylan en la pared,/ una botella de ron, unos pantalones de mezclilla,/ un delgado volumen de poemas,/ un perro que corre como si el diablo le estuviera retorciendo la cola.../ Y llega el odio, luego el amor y después, de nuevo, el odio/ como un asesino que dobla la equina./ Puntual, la ciudad espera a que caiga la noche/ para volvernos locos de tan solos, solitarios,/ que somos, caminando sin mirarnos unos a otros... Luego un silencio incómodo. Un señor de rostro cansado bosteza y me observa unos segundos como si estuviera frente a un carnicero. Una señora gorda sonríe y me dice “¡qué bonito!”, como si no comprendiera que es un poema triste y oscuro. Una muchacha guapa prefiere ignorarme y se asoma por la ventanilla. “Esta ciudad parece enferma y está habitada por locos y solitarios”, musitó una vez más mientras los demás

“Salirte de ti mismo y contemplarte mientras duermes puede ser peligroso. Te asombrarías de no reconocerte... además de que no encontrarías el camino de regreso”, me dijo el viejo barbón que viajaba frente a mí en el Metro. Traté de no hacerle caso, pero él insistía en su soliloquio. “Sí, estoy loco, tal y como estás pensando, pero no le hago daño a nadie. ¿Y sabes por qué?” No contesté y él no estaba esperando tampoco que yo abriera la boca. Lo miré como lo haría un joyero en una convención de ladrones. “Porque tengo alma de gato. En cambio tú, tienes alma de perro, lo noto en tu mirada. Si por ti fuera, aullarías ahora mismo”, entonces se paró y caminó hacia la puerta. Antes de bajar en Portales gritó: ¡“La rabia es contagiosa!, cuidado con él, cuidado con él” y me señaló con su dedo mugriento. Un destello anaranjado inundó mi cabeza. Sentí ganas de correr, pero intuí que no llegaría a ningún lado. No sé a cuánta gente he dañado, no sé cuántas manos he mordido, pero sé lo que es sentirse como un perro y en verdad que es muy jodido. La soledad es un pescado con los ojos abiertos, un toro aterrado, un escalofrío en las noches de insomnio.


Anoche llamó MaryTere para decirme que no sólo me odia sino que vendrá por el televisor y el estéreo. Ya se llevó el refrigerador, la sala, el microondas y hasta el espejo. Ya ni siquiera puedo observarme en las mañanas para ver si me reconozco. Bueno, al menos me dejó los compactos de Babasónicos y Andrés Calamaro. ¡Qué bueno que tengo el sacacorchos, las botellas de vino y el excusado! Hace ocho días que ella se largó a vivir con su mejor amiga que por cierto es lesbiana y siempre se la quiso llevar a la cama. “Eres patético”, me dijo MaryTere la última vez que llegué a las ocho de la mañana después de recorrer cuatro teibols buscando algo que me salvara de sentirme incompleto o al menos una mujer que estuviera en el negocio por mero placer y no por dinero. Una vez más encontré que soy como un celular sin crédito, un vocho descontinuado, una película sin final, aquel vago que espulga a los perros, la esperanza en los ojos de los ciegos; soy todo eso que tanto odio y a lo que más me acerco. Marytere se fue sin decir nada, pero con la mudanza se llevó mis restos. Ya nada me salva. La soledad es la distancia que hay entre mi pellejo y los huesos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Si se amotinan las resacas

Si se amotinan las resacas quemarás todos tus libros, incendiarás los pésimos poemas que has escrito durante tus noches en vela. Y encontrarás metáforas en la mirada de un ciego y descifrarás la podredumbre en los discursos patrioteros

Si se amotinan las resacas, te rodeará una multitud de recuerdos, te atacaran por el flanco más débil las nostalgias nunca aplacadas. Y no habrá mejor revolución que convocar en la plaza a todos tus fuegos internos, esos que te hacen gritar, mientras te quemas, consignas contra tus propios silencios.



Si se amotinan los recuerdos ahogaras tus sollozos en la penumbra de tus sótanos, perecerás de melancolía buscando un refugio antiaéreo. Y las pesadillas sobrevolarán tu almohada. Y seguirás sintiéndote incompleto. Y esa inconformidad te motivará a dejar la apatía para transformarte en una explosión en movimiento.



Si se amotinan las resacas temblarás ante el desasosiego, mirarás con simpatía al niño que vende chicles en el semáforo y serás solidario con la señora que lava ajeno. Y serás más humano, acaso menos pendejo, pero también parte de este ejército que celebra poco y cuestiona todo.

Y no creerás lo que dictan los noticieros, ni te engatusarán los que engañan al pueblo, como tampoco votarás por los cretinos que vacacionan en las Bahamas o mandan a sus hijos a estudiar al extranjero.



Si se amotinan las resacas seguirás tus instintos, ordenarás tus ideas, gobernarás tus miedos y saldrás como cada día con la cara en alto para gritar a los cuatro vientos que tu honestidad es tu bandera.



Si un buen día amaneces con un ejército de ansias, con una multitud de nervios, querrás que se agoten los peores días y las noches más ingratas. Y te mirarás en el espejo, hablarás a solas, enloquecerás otro poco, pero llegarás a la conclusión de que no hay nada mejor que seguirte cuestionando si el atajo que tomarás será el indicado.

Si se acabaron los festejos oficiales, el despilfarro millonario, entonces que empiece la verdadera celebración, el despertar de los que carecen de todo, menos de esperanza y dignidad. Y en las avenidas quedarán restos de confeti, el eco de la marcha triunfalista, mientras en tu memoria habrá un desfile de interrogantes e inconformidades.




Y se cumplirá otro aniversario del 2 de octubre y no destinarán recursos para honrar el recuerdo de tantos inocentes. Y los 100 años de la UNAM serán más dignos sin discursos presidenciales, ni oportunistas que sonrían para la foto. Y te sentirás tan honrado de haber pasado por sus aulas, en la prepa, en el CCH, en la facultad, que no necesitarás que haya fuegos artificiales, ni esculturas monumentales y mucho menos tanto despilfarro. Te bastará con saberte orgullosamente autónomo y universitario. Y cada “Goya” que hayas gritado será una bandera plantada en nuevos territorios conquistados.



Si amaneces con resaca y la juntas con la mía, con la de tus amigos, las de miles de mexicanos, quizá no podrás pensar con claridad, acaso te sentirás vulnerable, pero estarás más sensible y te preguntarás si ha valido la pena aplaudir la fiesta de los que tienen el poder, de los que nos llevan al abismo, de los que sonríen porque creen que han hecho las cosas bien mientras el país se cae a pedazos.



Si amaneces con resaca sabrás reconocer que lo que vale verdaderamente la pena es la gente que no cree todo lo que dictan los noticieros. Si amaneces con resaca cuestionarás lo que hay que cuestionar, maldecirás lo que hay que maldecir y sabrás reconocer que sobran los farsantes que sólo buscan el poder para jodernos y engordar sus cuentas bancarias.


Si se amotinan las resacas entenderás con claridad que pese a la pésima educación y el escaso presupuesto para las becas, tú tienes el poder de revolucionar tu entorno. Y habrá que empezar por ser un mejor estudiante, un gran lector, un buen hijo, un tremendo solidario con el pueblo veracruzano y con el hermano en desgracia, un poeta que no se calle lo que nadie quiere hablar, aquel muchachito que no votará por los que no han sabido gobernarnos, la chica que no se conformará con cuentos de hadas, la señora que hará de sus hijos mejores seres humanos, el señor que trabajará horas extras para que sus chavos lleguen a donde él hubiera querido estar antes. Si se amotinan las resacas, esas tan llenas de cuestionamientos, seremos un pueblo digno, un ejército de voces que han aprendido a no guardar silencio. Si se amotinan las resacas, valoraremos aún más la poesía de Roberto Fernández Retamar y recitaremos convencidos “felices los normales, esos seres extraños,/ los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho…/ Los delicados, los sensatos, los finos…/ Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,/ las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan y nos construyen,/ los más locos que sus madres, los más borrachos que sus padres/ y más devorados por amores calcinantes./ Que les dejen su sitio en el infierno, y basta” .

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Nuestra UNAM

Un día 22 de Septiembre de 1910 Justo Sierra encabezó la inauguración de la Universidad Nacional, heredera de la Real y Pontificia Universidad de México que en ese entonces contaba con mas de tres siglos de acumulada sabiduría.

Es significativo que para el Estado mexicano, esta celebración esté pasando casi inadvertida, sin embargo nosotros como sociedad tenemos sobrados motivos para celebrar el primer siglo de una institución de educación media y superior que es por añadidura "el más importante centro de investigación, reflexión y de encuentro entre el país y el mundo, así como uno de los principales faros de difusión cultural y científica y una de las salvaguardas fundamentales del patrimonio histórico común"

Nuestra Universidad ha sido es y será espacio para debates analisis y gestas de los principales movimientos sociales del país. Ha fungido como como elemento inapreciable de superación personal en lo individual y lo colectivo.
Nuestra Universidad ha permitido que gente como la mayoría de nosotros, de escasos recursos, de origen humilde, tengamos la oportunidad de acceder a un mejor nivel de vida, eso sin duda ha contribuido a la estabilidad política y a la gobernabilidad, por donde se quiera ver.

Sin embargo el las ultimas decadas, nuestra UNAM se encuentra sometida a una incultable animadversión de las esferas de la oligarquía que gobiernan nuestro país, lo cual se ha hecho patente cuando el presupuesto asignado a ella es cada vez más bajo.
No sólo eso, desde el poder económico, los universitarios somos completamente despreciados por el simpre hecho de estudiar o haber estudiado en la UNAM.
Empresas solicitan "egresados de escuelas privadas", no por el hecho de que estén preparados, sino por el hecho de que los que hemos estudiado en la UNAM, somos mas librepensadores y aguerridos al momento de la lucha de clases, al momento de investigar lo hecho y demostrarlo.
Nuestra Universidad, semillero de Premios Nobel, de cerebros fugados...Nuestra Universidad...

Estamos todos los universitarios (lo digo por los que estuvimos y estamos porque al pertenecer a ella jamás dejaremos de serlo) de continuar con una lucha de rescate nuestra máxima casa de estudios.

Desde aqui un abrazo muy fuerte a todos mis excompañeros, compañeros,profesores, amigos, conocidos y demás universitarios, desde aqui el grito de alegría que me llena el corazón de orgullo: ¡¡¡¡¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOYAAAAAAAA, GOOOOOOOOOYA, CACHUN CACHUN RARA, GOOOOOOOOYA... UNIVERSIDAD!!!!!!

martes, 21 de septiembre de 2010

Las pesadillas sobrevuelan mi cama

Siempre que te preguntan cómo eres, tiendes al engaño. Uno es casi perfecto: sensible, romántico, caballeroso, educado, responsable y culto. Los bárbaros son otros. Sea para solicitar un trabajo, para conquistar a una chica, para caerle bien a la suegra, uno se dibuja como la persona ideal. En la escuela uno es el simpático. Entre los amigos te haces el rudo. Con las chavas te asumes el mejor prospecto. Pero cuando estás solo te acobardas ante tus defectos, en lugar de encararlos y pelear con ellos hasta domesticarlos. Y es que en la medida que te asumas imperfecto, iniciarás el proceso de remodelamiento. Y si no, siempre serás un patán, un miserable o simplemente un perdedor. Para ganar, hay que perder por nocaut, besar el suelo, tallarse la sangre con el pulgar y levantarse con ganas de seguir hasta el último round. Así que puestos a ser sinceros, hay que hacerse una radiografía de cuerpo completo: reconocer que a veces eres patético, sobre todo cuando manda el corazón; aceptar que tienes más tendencia al odio que al amor; asumir que eres egoísta y convenenciero; que envidias la mujer ajena; que eres malhablado; que tienes doctorado en engaños; que te gusta el dinero fácil y odias tu trabajo; que sueñas con el Melate, mientras repruebas lógica y geografía; que no soportas a tus padres, pero los adoras en las quincenas; que te sientes rudo con los vagos de tus amigos, pero a solas eres inseguro; que presumes de tus conquistas, pero la chavita que te gusta no te pela; que te emborrachas más de la cuenta y fanfarroneas sobre tus virtudes; que escuchas baladas a escondidas, aunque tengas una playera de los Rasmus; que roncas cuando duermes y que masticas con la boca abierta; que tu futuro luce como un terreno minado, pero no haces nada por remediarlo; que si por ti fuera mandabas todo al diablo y te volvías vagabundo. y sí, por más duro que sea, es cierto que no serás el empleado del año, ni el próximo premio Nobel, ni la celebridad de moda, pero sí te esfuerzas aunque sea un poquito, te convertirás en un buen

He conocido mundo, me he sumergido en tempestades, viajé con boleto de ida y vuelta a ciertos infiernos, me he consumido en el fuego de muchos deseos y también he zarpado en navíos que derrochan delirios, pero en honor a la verdad soy un explorador algo puritano. Bebo más de la cuenta, me fascinan las mujeres de ojos grandes, me emociono con los detalles y me mareo en los toboganes. Soy demasiado sensible para tener esta pinta de canalla y encima lloro en los cumpleaños de mi madre. Soy poseedor de incontables ausencias y carezco de pertenencias. En persona parezco frío, pero mis letras generan abrigo. Nunca me he considerado un poeta y detesto la palabra escritor, sólo soy un triste narrador, un cronista de mis propias miserias. ¿Alguna vez has sentido que Dios te habla? ¿O que algún demonio te aconseja al oído? ¿Quizá que tus bestias internas se rebelan contra ti? Desde luego que no es sencillo afrontar tus destellos de locura. Hay días que dan ganas de no salir de la cama o quedarte encerrado en tu recámara. Otras veces, en cambio, te miras al espejo y te encuentras normalito, hasta un tanto simpático. Mis días turbios son como el drenaje profundo. Mis mañanas luminosas son contadas. Aun así he encontrado la fórmula para no quedarme parado a la mitad del camino, aunque a decir verdad desconozco mi destino. Basta con ser honesto con uno mismo: no engañarte en lo más mínimo, asumirte imperfecto y lleno de dudas o defectos. No serás mejor que nadie, pero tampoco peor que la mayoría. En algunas ocasiones la fortuna me ha sonreído, aunque también ha pasado de largo sin llamar a mi puerta. He ganado un poco de respeto, que viene en paquete con varios enemigos. He perdido algo de dinero, pero he ganado en amigos. Mis sueños se durmieron bajo la cama y las pesadillas sobrevuelan mi almohada. Tengo varias canciones arrinconadas, porque mi guitarra aún suena desafinada. Un gato merodea la azotea de mis insomnios, mientras las ratas perforan con paciencia la tubería. Hace días que no observo la luna, porque estoy ocupado viendo cómo se transforma mi sombra. Ya rebasé la frontera de los 30 años y el panorama luce un tanto desértico, pero me gustan los retos y te apuesto doble o nada que salvaré mis huesos. Aún tengo tiempo para pensar mi epitafio, para publicar un libro, para tener otro hijo, para enloquecer por completo o simplemente para sentirme un poco vivo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Tú no eres un comercial en la tele


Eres un poema maldito, la cara del desaliento, un cuadro sin puestas de sol, aquella playa contaminada, ese desierto en el alma, el cinismo en una sonrisa, la mirada turbia en la madrugada, el drenaje profundo de esta ciudad que se ahoga en la mierda
Eres el político cínico, aquel senador corrupto, el presidente de los que no tienen empleo, la lideresa gorda de un partido tricolor, el abogado de aquella empresa que contamina, el licenciado sin escrúpulos, ese policía que inventa culpables y también el senador que se lleva de a cuartos con el gober precioso. Eres el estudiante fósil, la maestra amargada, el profe que le mira las piernas a sus alumnas, ese freaky de lentes que colecciona pornografía, la más furcia de tu generación, el más inútil de los graduados, el recién egresado que no encontrará trabajo, aquel profesionista resignado a seguir como taxista. Eres eso y muchas más cosas porque tú sabes que eres mexicano. ¿Felicidades? Eres mexicano y quieren hacerte creer que cumples 200 años y hay que celebrarlo. Eres un voto a cambio de una pinche torta o una despensa miserable, eres manipulable y te falta criterio para elegir a los gobernantes. Eres una credencial del IFE, un simple número para los candidatos, eres la promesa no cumplida de los que han llegado al poder. Eres más miserable que ayer, una cifra en todos los conteos, la bicicleta descompuesta en el traspatio, un bache más en la calle de tu colonia, el enésimo diablito que roba la luz en el tianguis, los tacos de 3 por 5 varos en Hidalgo o Indios Verdes, aquel vendedor ambulante con pulsera de San Judas y la señora gorda con manchas de grasa en el mandil. Eres carne de cañón a la hora de pagar impuestos, la boleta de empeño en el Monte de Piedad, ese obrero que trae roto el dedo gordo del calcetín derecho, aquella secretaria que es acosada por su jefe, la pobre señora de intendencia con un hijo alcohólico y una hija abandonada con tres chamacos, el niño moquiento que no terminará la primaria. Eres mexicano y tu presidente hace planes para derrochar dinero en grandes festejos por el Bicentenario. Eres mexicano y tu vida es tan gris como la política económica de un país que se hunde sin que nadie haga nada. Eres mexicano, quesque cumples 200 años y hay que estar orgulloso. Al menos eso dictan los comerciales que intentan "ser poéticos" en esta era catastrófica.

Eres el miedo a salir a la calle, el arma humeante de un narcotraficante, también la nota roja en los diarios o aquella narcomanta en el puente peatonal. Eres un ciudadano vulnerable que ya no sabe distinguir quiénes son los buenos y quiénes los malos. Eres fragilidad, eres tan vulnerable como puede serlo la gente de a pie que ya no está segura ni al cruzar ante el semáforo. Eres un cafre al volante de un microbús sin frenos, la ambulancia que traslada un herido grave, la cada vez más dinamitada expectativa de vida. Eres aquel jovencito al que robaron el celular, la chica que llora porque la han manoseado, el ruido insoportable de los que venden compactos en el Metro, la anciana a la que nadie cede el asiento en el pesero, esa madre que no decide si deja de pagar el agua o quedarse sin comprar el gas; eres el padre de familia cuyos insomnios son carcomidos por la angustia, el estudiante modelo que deberá dejar la escuela, y también la cajera del súper que será despedida al final de quincena. Eres el bolero que se "broncea" bajo el esmog, el pizzero que teme llegar tarde, el joven de McDonalds que nunca será empleado del mes, aquella señora que tiene empeñada hasta el alma, la cocinera de las casas ricas, la señora que lava ajeno, unas garnachas en la esquina del trabajo, el agua turbia que venden las pipas, las calles sin pavimentar, la inundación en tu colonia, ese discurso que siempre repite las mismas palabras que no convencen a nadie y también el conductor de noticias que está en la nómina del gobierno o ese delegado que "amañará" el presupuesto.

Eres el marido infiel, una noche sin caricias, esa novia que se acuesta con el mejor amigo del chico que la ama, aquella golfa que pisotea un corazón entregado, el cretino que olvida a una madre soltera, la televisión prendida hasta las dos de la madrugada, una sucesión de plegarias sin respuesta, esa canción tristísima de Joaquín Sabina, la adolescente que chatea con extraños, el solitario que hace amigos por messenger, la pobre ilusa que se enamora por internet, también la divorciada que aún espera que su ex marido sea infeliz con la otra. Eres la amante que nunca tendrá luna de miel ni boda por la iglesia. Eres parte de ese ejército de pobres que se multiplica mientras PAN Y PRD amarran sus alianzas. Eres yo, yo soy tú. Intentarán robarnos la esperanza, pero no podrán quitarnos la dignidad que nos permitirá seguir luchando en lugar de empezar los estúpidos festejos.

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