martes, 28 de septiembre de 2010

Incómodos silencios

En el pesero ninguno de los pasajeros mira a los demás. En la radio suena una estúpida balada. Estoy concentrado en un libro grueso que dicta verdades y por alguna extraña razón empiezo a leer en voz alta:
“Esta ciudad parece enferma/ y es habitada por locos./ Todo parece triste y nos aniquila poco a poco:/ amantes que acaban odiándose,/ ese pordiosero que sentado/ mira fijamente nuestros rostros,/ adentrándose en nuestras mentes,/ flores secas y basura amontonada,/ banqueros y funcionarios tramando quedarse con nuestro dinero,/ políticos de cara amable y espíritu podrido,/ ladrones de cuello blanco con maravillosas esposas y champaña en las comidas,/ la misma historia de las devaluaciones,/ cárceles atestadas de violadores,/ gente desencantada en los andenes del metro,/ hombres suficientemente viejos/ como para amar la tumba desde ahora…
Es un poema certero, aunque los demás parecen no entenderlo y me miran contrariados, pero no me detengo: “Estas y otras, muchas, cosas/ demuestran que la vida gira sobre un eje oxidado./ Pero nos han dejado un poco de música/ y un póster de Dylan en la pared,/ una botella de ron, unos pantalones de mezclilla,/ un delgado volumen de poemas,/ un perro que corre como si el diablo le estuviera retorciendo la cola.../ Y llega el odio, luego el amor y después, de nuevo, el odio/ como un asesino que dobla la equina./ Puntual, la ciudad espera a que caiga la noche/ para volvernos locos de tan solos, solitarios,/ que somos, caminando sin mirarnos unos a otros... Luego un silencio incómodo. Un señor de rostro cansado bosteza y me observa unos segundos como si estuviera frente a un carnicero. Una señora gorda sonríe y me dice “¡qué bonito!”, como si no comprendiera que es un poema triste y oscuro. Una muchacha guapa prefiere ignorarme y se asoma por la ventanilla. “Esta ciudad parece enferma y está habitada por locos y solitarios”, musitó una vez más mientras los demás

“Salirte de ti mismo y contemplarte mientras duermes puede ser peligroso. Te asombrarías de no reconocerte... además de que no encontrarías el camino de regreso”, me dijo el viejo barbón que viajaba frente a mí en el Metro. Traté de no hacerle caso, pero él insistía en su soliloquio. “Sí, estoy loco, tal y como estás pensando, pero no le hago daño a nadie. ¿Y sabes por qué?” No contesté y él no estaba esperando tampoco que yo abriera la boca. Lo miré como lo haría un joyero en una convención de ladrones. “Porque tengo alma de gato. En cambio tú, tienes alma de perro, lo noto en tu mirada. Si por ti fuera, aullarías ahora mismo”, entonces se paró y caminó hacia la puerta. Antes de bajar en Portales gritó: ¡“La rabia es contagiosa!, cuidado con él, cuidado con él” y me señaló con su dedo mugriento. Un destello anaranjado inundó mi cabeza. Sentí ganas de correr, pero intuí que no llegaría a ningún lado. No sé a cuánta gente he dañado, no sé cuántas manos he mordido, pero sé lo que es sentirse como un perro y en verdad que es muy jodido. La soledad es un pescado con los ojos abiertos, un toro aterrado, un escalofrío en las noches de insomnio.


Anoche llamó MaryTere para decirme que no sólo me odia sino que vendrá por el televisor y el estéreo. Ya se llevó el refrigerador, la sala, el microondas y hasta el espejo. Ya ni siquiera puedo observarme en las mañanas para ver si me reconozco. Bueno, al menos me dejó los compactos de Babasónicos y Andrés Calamaro. ¡Qué bueno que tengo el sacacorchos, las botellas de vino y el excusado! Hace ocho días que ella se largó a vivir con su mejor amiga que por cierto es lesbiana y siempre se la quiso llevar a la cama. “Eres patético”, me dijo MaryTere la última vez que llegué a las ocho de la mañana después de recorrer cuatro teibols buscando algo que me salvara de sentirme incompleto o al menos una mujer que estuviera en el negocio por mero placer y no por dinero. Una vez más encontré que soy como un celular sin crédito, un vocho descontinuado, una película sin final, aquel vago que espulga a los perros, la esperanza en los ojos de los ciegos; soy todo eso que tanto odio y a lo que más me acerco. Marytere se fue sin decir nada, pero con la mudanza se llevó mis restos. Ya nada me salva. La soledad es la distancia que hay entre mi pellejo y los huesos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tu contibuciòn ayuda hacer mejor este blog:

Escúchanos desde tu Cel o Tablet