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lunes, 28 de febrero de 2011

ELLA

Me despierto con la sensación de volar, de ligereza, de no tener peso, de ir a donde me lleve el viento. El lugar está obscuro y casi no puedo ver nada, pero a pesar de todo, no tengo miedo, simplemente quiero recordar cómo volar para después poder hacerlo cuando quiera.

Es curioso, de pronto entre toda esa obscuridad, alcanzo a ver una luz extraña, como distorsionada, y entonces me doy cuenta de que no estoy volando en el aire, sino flotando en el agua. Conforme se va aclarando todo un poco más, veo nítidamente el paisaje submarino que se presenta ante mis ojos. El mar tiene distintas tonalidades, en algunas partes se ve más obscuro, en otras de un tono verdoso y cerca de la luz de la superficie, color azul turquesa.

No siento ninguna clase de temor a pesar de que no sé nadar, por el contrario, me deslizo fácilmente por el agua como si ésta fuera mi elemento natural. Puedo dar vueltas y maromas con una habilidad extraordinaria, no me estorban los brazos ni las piernas, de hecho no los siento... ¿tengo brazos y piernas? creo que no, pero tampoco me importa, no los necesito. Ahora soy un delfín y el océano es mi hogar.

Me siento tan bien en ese lugar que quisiera llorar de alegría, esto debe ser la felicidad, pienso un momento. Y de pronto como un ángel acuático la veo a ella, a esa mujer enigmática y misteriosa cuya imagen me perseguirá de hoy en adelante, lo sé. Ni siquiera tengo un nombre para esa sirena del cabello de fuego... la llamaré simplemente Ella.

Ella es hermosa, una sirena que vive en el fondo del mar. Su cuerpo es, más que el de una mujer, el de una adolescente; tiene piernas como si fuera humana, de hecho todos sus rasgos son enteramente humanos salvo por el color azul de su piel, un azul muy tenue y un poco brilloso. Pero sin duda lo que más llama la atención de Ella es su cabello muy largo, rizado y de un color rojo cobrizo tan intenso, que rompe de manera imprudente con la gama de azules que conforman el cuadro marino. Su abundante melena se revuelve al rededor de su cabeza dando la impresión de ser los rayos del sol de su rostro. Sus ojos son claros, no puedo distinguir bien si son verdes o azules... creo que son un poco verdes, pero no importa porque su mirada sigue siendo la misma, una mirada dulce y comprensiva, esa clase de mirada que si uno ve en alguien después de un mal día, puede cambiar el estado de ánimo y hacer que uno piense: ¡Dios! después de todo el mundo todavía tiene algunas cosas rescatables.

Ella me mira tan apacible y tranquila, como si ya nos conociéramos. Me sonríe amablemente y puedo ver sus dientes blancos como perlas, dice algo que no entiendo muy bien y me hace señales con la mano para que la siga... y yo obedezco. No tengo ni la más remota idea de a dónde iremos, pero me inspira la confianza suficiente como para nadar hacia donde me lleve.

Después vuelvo a despertar, ya es de día y ha salido el sol. Siento mi peso de nuevo, tengo brazos y piernas, y ya no puedo dar volteretas ni hacer malabarismos como delfín. Es triste, hace rato había despertado en aquel lugar lleno de magia y ahorita estoy en otro muy diferente...¡Ah, qué desilusión! pero... ¿y si yo fuera realmente ese delfín que al dormir tuvo el sueño (o la pesadilla) de ser humano? no lo sé, espero que así sea para despertar otra vez en el océano.

Desde ese día dudo acerca de mi existencia, ya no sé si soy el delfín o soy la persona. Lo único que sí es seguro es que quiero que Ella regrese, que venga por mí, que me pida que la siga otra vez porque iría con ella de aquí hasta el fin del mundo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El monstruo que alimentas en el sótano

“Tienes un camaleón en la mirada”, me comentó aquella chica. “Ah, gracias”, respondí como un tonto, bueno, como el tonto que suelo ser cuando las cosas no andan muy bien con mi vida. “Ni me des las gracias, porque no es un cumplido”, parecía un reclamo aunque el tono era amable
Dejé de revisar aquellas hojas y levanté la mirada. Ella me observaba con cierta expectativa. “Perdón, no pretendía darte el avión” o algo así pretexté. Ella me sonrió, antes de preguntarme “¿a ver, qué fue lo que te dije?”. Tampoco soy tan cretino para no poner atención. Puedo ser un distraído, pero no un inconsciente. “Que tengo un camaleón en la mirada”, dejé en claro y con ello di pie a una explicación. “Es que tu mirada se mimetiza y supongo que es un acto de defensa”, aquella chica era un tanto extraña. “¿Podrías ser más específica?”, le cuestioné. Era lo que buscaba. “Vamos a fumar un cigarro y te platico”, se encaminó al pasillo. La seguí afuera y me despedí de los chicos que quedaban en el salón. Una vez más había aceptado ir a dar una charla sobre periodismo. Siempre me pasa que algún amigo que da clases me invita, más bien me compromete, a platicar con sus alumnos con el chantaje de “es que no manches, ya hay poca gente honesta en este medio” o con el rollo de “tú eres muy divertido cuando platicas”. Yo no me dejaba engatusar por una u otra cosa. Sólo aceptaba porque me cuesta trabajo decirle “no” a los cuates. Así que allí estaba, en esa escuela de paga, rodeado de chavales a los que les importaba un carajo lo que yo dijera de esta profesión tan desprestigiada por los programas de chismes. “¿Nunca quisiste salir en la tele?”, me preguntó una guapa de ojos verdes. “Me sobra vergüenza y me falta una sonrisa falsa”, fue mi respuesta aunque luego dejé en claro que la televisión está llena de cretinos, de farsantes, “y contra eso no puedo competir”.

Mientras fumábamos, la chica acabó de darme los detalles: “En tus ojos hay algo de nostalgia, pero la ocultas con dureza. Y de pronto destellan alegría, pero te escondes en la malicia, por eso digo que hay un camaleón en tu mirada”. Di una calada al cigarrillo, exhalé el humo y la reté, “y ahora me vas a decir que también sabes leer el aura, ¿no?”. Se molestó un poco. “Ash, qué tonto”, me empujó con el hombro la muy confianzuda, “mejor no te hubiera dicho nada”. Reímos un poco, me detalló que escribía poesía y que le interesaba mi opinión. Acabamos yendo a comer, intercambiamos correo electrónico y nos despedimos como dos amigos. Para entonces yo ya sabía que se llamaba Elisa y que soñaba con irse a viajar por Europa. Esa misma noche me mandó sus poemas, incluido uno que se llamaba “Un camaleón en la mirada”, con la típica dedicatoria. No escribía nada mal, tenía algunas metáforas afortunadas, aunque aún sus letras eran un tanto ingenuas y le fallaba un poco la acentuación. Así se lo dije por messenger. Ella agradeció mi sinceridad. Un día cualquiera me invitó a salir. Fuimos a emborracharnos. Se quedó en mi casa. Era más apasionada en la cama que con la poesía. Me advirtió que estaba en una pausa con su novio, que tal vez regresaría con él. “No necesitas darme un instructivo”, asenté, “porque no pretendo enamorarme”. Ninguno quería compromisos, pero ella acabó por enamorarse. Luego comenzó a ser cursi, algo que siempre me ha contrariado. “Me gusta estar contigo, pero más me encanta que tú me inspiras”, soltó una vez que bebíamos en un barecito. Y sacó su libreta y me leyó algunos esbozos que hablaban de “nuestro amor, de esta pasión”. Miré su cerveza y dudé que Elisa ya anduviera ebria. “Están chidos”, la animé, “pero no esperes que llene la tina de baño con pétalos de rosa”. Apenas iba a darle un sorbo a la Corona y se detuvo: “A veces eres tan mamón que no sé cómo te aguantas tú solo”. Ya empezaba a chocarle mi ironía. Nada raro. “No tengo escapatoria”, indiqué, “soy rehén de mis defectos y nadie en su sano juicio pagaría el rescate”. Sus ojos brillaron. “Oooye, eso suena pocamadre, ¿me lo regalas para un poema?”, y me acarició la pierna. Como si no hubiera yo notado que algunos de sus textos, los menos cursis, estaban poblados de frases mías. Carajo, así que ya ni siquiera podría usarlos en mis historias. Y ni modo de acusarla de plagio.

“El ogro que alimentas se come mis sueños,/ devora mis desvelos cuando no te tengo./ El monstruo de tu indiferencia ha roto sus cadenas/ y saldrá del sótano para atraparme,/para hacerme rehén de tus defectos./ Si no logro escaparme, por favor, que nadie pague el rescate”. Ese fue uno de los últimos poemas que me escribió Elisa antes de convencerse de que yo nunca podría amarla. Aunque me gustaba mucho y me parecía una mujer sensible, inteligente, era harto inmadura. Lo acabé de comprobar el día que su ex novio se apropió de su messenger y me dijo una serie de barbaridades propias de un escolapio, como: “¿Qué te traes con mi novia imbécil?”. Yo le respondí que su “novia” no era ninguna imbécil, que en todo caso quiso decir, “¿qué te traes con mi novia, (coma) imbécil?”. Me reí un rato a sus costillas y le animé a no desesperarse “porque la inmadurez es una enfermedad que se cura con el tiempo. Aunque para eso de ser idiota, aún no encuentran el antivirus”. Yo no le dije nada a Elisa, más bien su ex novio se indignó y acabó por maldecirla. Supongo que aún la amaba y el corazón suele aconsejar muchas pendejadas. Ella me reclamó a mí, por ser tan duro con “el pobrecito de Cristopher”. Me sacó de mis casillas, le dije que no soportaba sus cursilerías y que me encantaría que regresara con su ex novio porque estaban hechos a la medida. Se ofendió bastante, intentó darme una cachetada, y comprendí que me había excedido. Esa noche hicimos el amor como desesperados. Yo sabía que era la última vez que su desnudez deslumbraría mi tacto. No hubo despedidas, ni cartas con posdatas. Aunque seguramente ella me recuerda cuando escucha a Babasónicos cantar eso de “tengo que aprender a fingir más y a no mostrar lo que siento./ Tengo que aprender a fingir más y a pilotear lo que pienso./ Trato de acercarme a una puerta/ y escucho un enjambre de moscas silbar,/ disimula, que están zumbando mi nombre,/ debemos irnos y no sé por dónde”.

lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Qué es amor?

Poner los pies sobre la tierra
y despreciar la guerra,
eso es amor

Tratar con más delicadeza
a los de la pobreza,
eso es amor

Y tu, que no sabes amar,
pretendes encontrar
maldad en mí,
en mí, que sólo doy amor
porque tan sólo amor
sé recibir.

Mirar a los ancianos
y acariciar sus canas,
eso es amor.
Jugar con niños muy pequeños
y realizar sus sueños,
eso es amor.

Y tu, que no sabes amar,
pretendes encontrar
maldad en mí,
en mí, que sólo doy amor
porque tan sólo amor
sé recibir.



martes, 19 de octubre de 2010

Das Herz

El recinto acumulador de toda nuestra vida.
La memoria de toda nuestra existencia.
La estación de llegada de todo lo futuro.

El dique que acumula el agua del presente.
El cauce para el río fluyente de la transitoriedad.

El fondo hondo y trepidante del sufrimiento.
El monte Calvario de la crucifixión de todo amor.
El sepulcro de todo nuestro fatigado y constante fenecer

El foco ardiente de toda renovación y resurrección.
La tierra creadora de todo presentimiento y de todo lo vital.
La profundidad tejedora de la imaginación.

La cripta que esconde todos los secretos encubiertos.
La tumba de las noches irrecordables del alma.

La fuente del olvido re-creador.
El regazo del dolor de toda fecundidad.
El suelo que se pudre de toda la malicia infructuosa vertida en él.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Desenterrar un cadaver exquisito

El maestro me regresó mi texto con un par de correcciones y un 9 de calificación. “¿Vas a algún taller literario o algo así?”, me preguntó. Le respondí de la manera más simple que no. “Ok, espero que nunca lo hagas, porque sólo te echarán a perder”, señaló mi tarea, “me gusta como escribes, sólo es cuestión de que lo afines y superes tus faltas de ortografía”
Aquello fue un gran aliciente para mí. Un año después Manuel Gutiérrez Oropeza pasaría de ser mi maestro en la universidad a mi jefe en mi primer trabajo como reportero. Mentiría si dijera que con él aprendí a escribir, porque eso se aprende leyendo un chingo y practicando mucho más. Pero Manuelez me enseñó a ser periodista, a amar este oficio canalla y mal pagado en el que la pasión es tu mejor recompensa. Gracias a él me aproximé a diversos autores y aprendí que la mejor manera de escribir era dejándote guiar por las emociones, escuchar la voz de tu alma y de tu corazón. Y también entendí que lo más valioso que tiene un hombre es la honestidad, empezando por la coherencia con uno mismo. Nunca le dije a Manuelez cuánto lo quise, todo lo que valoraba sus enseñanzas, no me di la oportunidad de agradecérselo. Murió muy joven y cuando me enteré no podía creerlo. Ni siquiera pude ir a su funeral porque yo andaba de viaje, pero recordé su sonrisa, su generosidad y lloré mientras el viento de una ciudad extraña me susurraba que siempre he estado en sitios lejanos mientras las peores cosas me atacan por el flanco. Han pasado los años y sigo fiel a las enseñanzas de aquel maestro, amigo, tremendo ser humano. Y sobre todo, me resisto a dar clases porque, como él dijera, no me atrevo a echar a perder a alguna mente brillante.
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“Si les enseñaras a escribir con creatividad, ¿qué les dirías? Les diría que tuvieran una aventura amorosa infeliz, hemorroides, mala dentadura, que bebieran vino barato, que evitaran la ópera, el golf y el ajedrez, que no dejaran de cambiar la cabecera de su cama de una pared a otra y luego les diría que tuvieran otro amor infeliz”, retomé este poema de Bukowski en mi taller de periodismo para dejarles en claro que yo no les iba a enseñar gran cosa, sólo a hacerle caso a su voz interior, a su propia revolución. “Les diría que evitaran los días de campo familiares o ser fotografiados en un jardín de rosas… que nunca se consideraran superiores y/o justos, que nunca trataran de serlo, que tuvieran otro amor infeliz”. Preceptos elementales, al alcance de la mano, sobre todo, eso de nunca considerarse superiores, porque como dejé bien claro “aquí no hay genios, sólo bailarines. Y aquí van a aprender a bailar con la mente, al ritmo que mejor les acomode”. Y entonces escuchamos a Jorge Drexler, en silencio y con los ojos cerrados, para luego danzar libremente. Acto seguido, desenterramos un cadáver exquisito, cada quien escribió un pensamiento aislado, y este fue el resultado al unirlos: “Silencios poblados de ideas me rodean./ ¿Qué es lo que significa el amor? ¿Espejismo o realidad?/ No me queda más que ser un pájaro/ en este puente que une el principio de un día con el principio del otro./ Y me suenan lamentos de alguien que ama mucho./ Dejé de nadar hacia la botella de ron… mejor decidí nadar hacia abajo para seguir a la sirena,/ pero al llegar la noche te desvaneces como la miel en el hielo”. Nada mal para un primer ejercicio. El poder de las mentes en conexión. Y Aidé, Juan, Sandra, Nazario, Montserrat, Desireé y los demás sonrieron al ver sus ideas enlazadas. Eso es lo que me ha reconfortado un poco.
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No, no pretendo enseñarles a escribir con creatividad, sólo alentarlos para que derriben sus muros, para que desechen sus miedos y se atrevan a explorar sus propios infiernos. “Les diría que miraran pasar los aviones detrás de una cortina veraniega, que nunca trataran de triunfar, que jugaran billar, que tomaran vitaminas, pero que no hicieran pesas… después de todo esto, que hicieran lo contrario, que tuvieran un amor feliz y que lo que hay que aprender es que nadie sabe nada, ni el Estado, ni los ratones, ni la manguera del jardín, ni la estrella polar”, ni los que dan talleres para escribir, desde luego. Y siguiendo con la filosofía de Bukowski, les diría que “si alguna vez me descubres enseñando a escribir con creatividad y lees esto, regrésamelo, te calificaré merecidamente con MB y te patearé el trasero”. Yo no sirvo para dar clases, no pretendo ser un ejemplo a seguir, bastante hago con mantenerme mínimamente cuerdo. Sólo escribo porque un buen día uno de mis maestros me dijo: “Plántate frente a una hoja en blanco y mientras caminas para arriba y para abajo, dale a esa cosa, dale duro. Haz como si fuera una pelea de box entre pesos completos. Si quieres ser escritor, tienes que cogerte a muchas mujeres, hermosas mujeres y escribir algunos poemas decentes de amor. Y no preocuparte por la edad o los jóvenes talentos. Sólo toma más cerveza, más y más cerveza. Y procura ganar si apuestas. Aprender a ganar es duro, cualquier idiota puede ser un buen perdedor”. Sólo he conseguido unas cuantas cosas, como eso de las mujeres y aquello de ser un idiota. Creo que me seguiré esforzando, aunque evitaré la cerveza porque lo mío, lo mío es el ron.

lunes, 11 de octubre de 2010

No creo ya lo que pintado en la pared...

Sientes que todo se mueve, que una sacudida oscilatoria te hace dudar. Lo primero que dices es “está temblando” y miras hacia la puerta pero todo pasa tan rápido que tu ángel de la guarda ni siquiera tiene tiempo de alarmarse

Además cuál es el problema, si tu vida ha sido un constante derrumbe, un bombardeo que te ha dejado medio sordo, un tanto loco, totalmente destrozado. Ni para dónde hacerse, porque encima de todo ya eres un refugio antiaéreo ambulante y sueles habitar en el subsuelo, no por nada te conoces al dedillo todas las líneas del Metro. Así que pones en sincronía el iPod y suena “el temblor, uohhhh ohhhh ooohh ooo, el temblor, despiértame cuando pase el temblor”. Soda Stereo siempre ha sido un aliciente, un punto de fuga en los peores momentos. Es curioso, pero las canciones te han enseñado más sobre la vida que muchos maestros. La escuela sólo es un pasaporte hacia la realidad, una estancia temporal mientras encuentras tu mejor sitio o quizá el peor de ellos. Todas las canciones nos dicen algo, el chiste radica en buscar relámpagos que te iluminen, ciertas frases que te hagan mejor. Es curioso, pero acabo de retomar un disco que me marcó en momentos de confusión. Y la letra de “Romper la voz” fue un himno durante mucho tiempo: “Esta noche no tengo ganas de callar. Esta noche puede pasar todo en este bar. Esta noche estoy a punto de estallar. Esta noche yo me quiero romper la voz. No creo ya lo que hay pintado en la pared. No creo ya el mismo rollo otra vez. No estoy para sonrisas de salón. Déjame gritar mi rabia, déjame”. Y sí, cuando eres joven, soñador y estúpido, buscas señales que te salven aunque sea temporalmente. El sonido de una alarma que te indique el camino hacia la salida de emergencia. Quizá no podrás escapar por siempre, pero te habrás salvado de los peores momentos. Cuando has crecido en la miseria, te rodean jaurías de miedos, manadas (dije manadas) de incertidumbres, así que buscas las armas que te ayuden a sobrevivir a los malos tiempos, a tus enemigos más recurrentes, al abandono en que te han dejado, a la indiferencia de tus padres, al desamor al que te han condenado. Y sí, crecerás incompleto, carente de afectos, pero intentarás no volverte un idiota, un permanente fracaso o un triste derrotado. Esta noche no tienes ganas de callar, como dice Patrick Bruel.




“Los amigos se van, los otros se quedan. Me he dejado juzgar por los comemierda. Encuentros fallidos, tiempo que se quema. Jóvenes cansados, viejos que esperan. Flashes que nos ciegan desde el televisor, bufones que imponen el color del amor. Vagar por la ciudad sin sentirse mejor y ese miedo sin fin y ese puto dolor”. La confusión puede vivir contigo mucho tiempo y nadie tiene un instructivo que te ayude a construir una mejor versión de ti mismo. Tienes que arreglártelas para sentirte vivo, para no crecer como un zombi sin voluntad propia, sin ideas que valgan la pena. Los amigos te pueden influenciar de la mejor o la peor manera, ya tú sabrás elegir lo que más te convenga. Y te equivocarás mil veces, tropezarás más de lo que deseas, pero es la única forma de comprender que el mundo no está en tu contra, que tu destino no está trazado por un dios mezquino o arrogante. Sí, es verdad que en ocasiones te sentirás abandonado en el traspatio, igual que la bicicleta de tu infancia, pero tú eres mucho más que fierros retorcidos u oxidados. Tienes un corazón en el que habita el fuego interno, el coraje que no te dejará darte por vencido. Y tomarás la guitarra, postergarás las lágrimas, te aferrarás a ese sentimiento que lucha por ser valorado, aunque haya gente que se empeñe en manipularte. Lo relevante es desgarrarse la voz, levantar la mano, no quedarse callado, defender tus ideas, atesorar tus principios, ser honesto contigo mismo y el crítico más duro de tus defectos: “Chicas de la noche, las que huyen del sol, y un revolcón con ellas lo llamamos amor. La vergüenza maldita que el espejo devuelve, reflejando el vacío y un perdón urgente. Ver a un niño sufrir, a un hombre llorar y tener que admitir tanta mediocridad. Canciones que nacen como un grito feroz desgarran mi garganta hasta romper la voz”.



Dejarás amigos en el camino, algún amor imposible, muchos recuerdos que un día se extinguirán, un álbum de fotos que no querrás volver a mirar, pero guardarás las canciones, los libros que han sido como faros que te han resguardado del naufragio. Quizá no habrá muchas victorias por celebrar, pero un día llegarás a tierra firme con la convicción de haber sobrevivido. Y los poemas te hablarán al oído y las musas se rebelarán ante tus desvaríos. Y no, seguramente no serás el mejor tipo del mundo, pero de menos serás coherente contigo mismo. Y tendrás derecho a mirar a los ojos y odiar a los corruptos y maldecir a los cretinos. Y serás solidario con los desprotegidos y crítico con los poderosos. Y no volverán a engañarte más porque has crecido a la sombra de falsas esperanzas y discursos podridos de los presidentes más grises o los políticos sin escrúpulos. Y cada mañana te levantarás con ganas de que este país encuentre un revulsivo, pero convencido de que la mejor revolución empieza por uno mismo. Y sí, como dictan los himnos verdaderos, hay que desgarrarse la voz y gritar que tú no estás podrido. O como bien dice Joaquín Sabina: “Me considero un rojo sin diminutivos. No soy un rojillo, soy un rojo. Y eso no quiere decir comunista, ni socialista, ni anarquista, quiere representar esa hermosísima ideología de hace unos años, que hacía creer que esta infamia de mundo podía cambiar de alguna manera”. ¿Y por qué escribo todo esto? Sólo es una declaración de principios. Además hay días en que mi humor no está para carnavales. Y encima de todo, mis ideas nunca son una parvada de palomas mensajeras, sino que revolotean en mi cabeza cual bandada de murciélagos que necesitan la noche para sentirse vivos, aunque sea por unas horas.

jueves, 7 de octubre de 2010

Sólo te queda empeñar el alma

A veces me siento como un tonto, esperando algo que me diga que la vida es mucho más que esta sucesión de soledades, este recuento de maldiciones o fracasos. Y me da por poner una y otra vez la misma canción:

“Hice un lugar en el refugio de mis sueños/ y guardé ahí mi tesoro más preciado,/ donde no llega el hombre con sus jaulas/ ni la maquinaria de la supervivencia…/ Me fue más fácil intentar la vida,/ que venderla al intelecto y la conformidad./ Y ahora sólo un camino he de caminar…/ Y morir queriendo ser libre, encontrar mi lado salvaje”. Cómo tú, como tus padres, como el vecino, igual que el microbusero, la enfermera, el policía, los maestros, el licenciado o aquel arquitecto, la mesera y cualquier estudiante, siempre he sido un número. No importa el nombre, lo que cuenta es la matrícula, la cantidad que debes, los intereses que pagas, el número de cuenta, el número en la lista, el tanto por ciento de una encuesta o un turno en el banco.

Desde que recuerdo siempre he sido una cifra. En la primaria era el número 12 o el 14 en la lista, pero en la secundaria me asignaron el 17 durante tres años.

En las cascaritas del recreo siempre me escogían al último sólo porque usaba lentes, pero ahora resulta que para Hacienda soy una prioridad. Y cómo no, si lo que quieren es cobrarme impuestos, aunque en mi calle el alumbrado público esté descompuesto, pese a que el Preciso no ha respondido a mis expectativas y este país siga en la ruina. Quién sabe si les deba algo, pero no creo poder pagarles en efectivo y mi alma tiene visa para el purgatorio desde hace un buen rato. Además mi saldo bancario es frecuentado por los ceros, así que mejor les hago un inventario por si planean un embargo.

Soy dueño de muchos defectos, de mil suspiros frente a la ventana, tengo la letra incompleta de un bolero, he comprado un traje negro, ya soñé con mi funeral y por fin terminé mi epitafio. No he dictado mi testamento porque desde niño sólo ahorro retazos de memoria para no olvidar lo feliz que era.

Desde que recuerdo nunca confíe demasiado en la vida, mucho menos en el destino, así que todos los días me encomiendo a un San Judas de yeso que me mira con ternura. En cambio, el póster de Darth Vader siempre destella malicia.

Por poco lo olvido, pero también tengo una máscara de Blue Demon, así como un Pato Lucas de peluche despeinado, todos los libros de Bukowski, acetatos de Los Fabulosos Cadillacs y Radio Futura, un reloj que se retrasa cada hora, un saxofón desafinado, una Betamax descontinuada, un Atari descompuesto, este maldito refrigerador que ronca más que mi abuelo, el faro de un Volkswagen que estrellé en la madrugada, un banderín de los Pumas, los 20 poemas de amor y una canción desesperada y un tarot que lee el pasado.

Igual poseo una torre Eiffel en miniatura, la autopista Scalextric de mi infancia, unos Converse clásicos, la playera de la Selección del 86, esa foto del Che Guevara, el póster gigante de Tin Tan, una combinación del Melate sin revancha, un espejo que sólo refleja los defectos, el boleto de una rifa fraudulenta, un trofeo al menos popular del CCH , una colección de fracasos que nadie querría en una subasta. Conservo las tiras de Mafalda, el diploma al mejor portado en segundo de secundaria, las figuras de Kiss en miniatura, una que otra revista Mad; y valoro el disco autografiado de Sabina, la foto con Calamaro, un cómic noventero de Mortadelo y Filemón, una edición viejísima de Las batallas en el desierto, tus besos para mis madrugadas en vela, y aquella bufanda que mi hermana me tejió hace dos Navidades. Tengo dudas, tengo certezas, pero lo mejor de todo es que tengo el espíritu de los que nunca se dan por vencidos, aunque vengan del banco a embargarles hasta el último suspiro. Y es entonces que entro en sincronía con esa rola de La Renga que vocifera: Y ahora sólo un camino he de caminar,/ cualquier camino que tenga corazón./ Atravesando todo su largo, sin aliento,/ dejando atrás mil razones en el tiempo./ Y morir queriendo ser libre, encontrar mi lado salvaje,/ ponerle alas a mi destino/ y romper los dientes de este engranaje

lunes, 4 de octubre de 2010

En el nombre del amor

Tengo una carta que dice “Es el final”. Colecciono rezos en la oscuridad. Una noche sin caricias es un carnaval de soledad. Y yo me siento abandonado hasta por mi sombra. El amor es un muñeco vudú en forma de cupido. Mi corazón es una bomba de tiempo, mi ansiedad me recomienda mil formas de suicidio. El amor es un Sanborns adornado con globos de corazones. El amor es un invento para vender tarjetitas cursis que dicen: “Si quieres saber cuánto te quiero cuenta las estrellas del cielo”. El amor es el precio de un disco en el Mix Up. Amor es regalar un muñeco de peluche envuelto en celofán. El amor es un antro saturado en 14 de febrero. El amor es una chica que pierde su virginidad en las manos más toscas. Y el final es el mismo: llorar por alguien que no te supo amar. En lugar de fomentar los abrazos, queremos comprar caricias y te quieros que nunca serán sinceros. Ya lo dice un poeta apocalíptico: “los suspiros no son valorados en un cielo poblado de regalos caros”. Por eso es mejor no empeñar el corazón, ni dejarse llevar por besos falsos. El amor apendeja, te vuelve más vulnerable y siempre estarás a merced de alguien que sabrá manipularte. No quiero sonar pesimista, pero el engaño es el juego de moda y nadie quiere salir perdiendo.


Siempre que se habla del amor surge la pregunta más trillada: “¿cuánto me amas?” Las mujeres son tan elementales que siempre mueren por saber qué piensas, qué porcentaje de tu corazón es de ellas. Se empeñan en contar los días, las horas, los minutos para el aniversario. Cuando se lo proponen son adorables, pero también pueden ser tu calvario: Llévame aquí, ven por mí, acompáñame a comprar ropa, ¿qué te parecen estos zapatos?, ¿no te gusta esta blusa? Acaso no se darán cuenta de que tienes otras preocupaciones más relevantes, como estudiar, salir con los amigos, hacerle la barba a tu jefe, amarrarte las agujetas, jugar al futbol, pelearte con el wey de la tortillería, levantarte temprano, ducharte todos los días, checar tus mensajes en hotmail, comer sanamente, emborracharte algún día de estos, trabajar como negro, imaginar el futuro, renegar del pasado, planear un golpe maestro y, por qué no, perder algo de tiempo.

Casi todas sueñan con “el día que nos casemos y tengamos hijos”, sin detenerse a pensar que tal vez sería más emocionante titularse como diplomáticas, viajar a un exótico país de medio oriente y tener un amante de ojos como faros. O tal vez irse a otra ciudad, casarse con un cubano y bailar rumba hasta en la cama. Pero no, prefieren seguir los esquemas de sus madres, tías, hermanas: engordar, amargarse por el marido borracho y desquitarse con los chamacos moquientos. No las culpo, son expertas en seguir patrones, en manipular a cambio de sexo, en tirarse en el suelo para que las levantes: “es que si en verdad me quisieras tanto ya me hubieras llevado a Acapulco”. En nombre del amor se cometen las peores estupideces, como echar a perder tu vida. Tan hermoso que es quererse sin condicionamientos, sin culpas y sin reclamos. Todo sería más llevadero si en vez de chantajes emocionales, se disfrutaran como parejas, como personas que sienten, que tiemblan, que se entregan sin temor a que te pasen la factura. Sólo los tontos confunden la pasión con los achaques del corazón. No, desde luego que eso no es nada romántico… pero es mejor invertir en una noche de caricias como fuego, que regalar tarjetitas que dicen “Te quiero”. El amor es un muñeco de vudú en las peores manos.

martes, 28 de septiembre de 2010

Incómodos silencios

En el pesero ninguno de los pasajeros mira a los demás. En la radio suena una estúpida balada. Estoy concentrado en un libro grueso que dicta verdades y por alguna extraña razón empiezo a leer en voz alta:
“Esta ciudad parece enferma/ y es habitada por locos./ Todo parece triste y nos aniquila poco a poco:/ amantes que acaban odiándose,/ ese pordiosero que sentado/ mira fijamente nuestros rostros,/ adentrándose en nuestras mentes,/ flores secas y basura amontonada,/ banqueros y funcionarios tramando quedarse con nuestro dinero,/ políticos de cara amable y espíritu podrido,/ ladrones de cuello blanco con maravillosas esposas y champaña en las comidas,/ la misma historia de las devaluaciones,/ cárceles atestadas de violadores,/ gente desencantada en los andenes del metro,/ hombres suficientemente viejos/ como para amar la tumba desde ahora…
Es un poema certero, aunque los demás parecen no entenderlo y me miran contrariados, pero no me detengo: “Estas y otras, muchas, cosas/ demuestran que la vida gira sobre un eje oxidado./ Pero nos han dejado un poco de música/ y un póster de Dylan en la pared,/ una botella de ron, unos pantalones de mezclilla,/ un delgado volumen de poemas,/ un perro que corre como si el diablo le estuviera retorciendo la cola.../ Y llega el odio, luego el amor y después, de nuevo, el odio/ como un asesino que dobla la equina./ Puntual, la ciudad espera a que caiga la noche/ para volvernos locos de tan solos, solitarios,/ que somos, caminando sin mirarnos unos a otros... Luego un silencio incómodo. Un señor de rostro cansado bosteza y me observa unos segundos como si estuviera frente a un carnicero. Una señora gorda sonríe y me dice “¡qué bonito!”, como si no comprendiera que es un poema triste y oscuro. Una muchacha guapa prefiere ignorarme y se asoma por la ventanilla. “Esta ciudad parece enferma y está habitada por locos y solitarios”, musitó una vez más mientras los demás

“Salirte de ti mismo y contemplarte mientras duermes puede ser peligroso. Te asombrarías de no reconocerte... además de que no encontrarías el camino de regreso”, me dijo el viejo barbón que viajaba frente a mí en el Metro. Traté de no hacerle caso, pero él insistía en su soliloquio. “Sí, estoy loco, tal y como estás pensando, pero no le hago daño a nadie. ¿Y sabes por qué?” No contesté y él no estaba esperando tampoco que yo abriera la boca. Lo miré como lo haría un joyero en una convención de ladrones. “Porque tengo alma de gato. En cambio tú, tienes alma de perro, lo noto en tu mirada. Si por ti fuera, aullarías ahora mismo”, entonces se paró y caminó hacia la puerta. Antes de bajar en Portales gritó: ¡“La rabia es contagiosa!, cuidado con él, cuidado con él” y me señaló con su dedo mugriento. Un destello anaranjado inundó mi cabeza. Sentí ganas de correr, pero intuí que no llegaría a ningún lado. No sé a cuánta gente he dañado, no sé cuántas manos he mordido, pero sé lo que es sentirse como un perro y en verdad que es muy jodido. La soledad es un pescado con los ojos abiertos, un toro aterrado, un escalofrío en las noches de insomnio.


Anoche llamó MaryTere para decirme que no sólo me odia sino que vendrá por el televisor y el estéreo. Ya se llevó el refrigerador, la sala, el microondas y hasta el espejo. Ya ni siquiera puedo observarme en las mañanas para ver si me reconozco. Bueno, al menos me dejó los compactos de Babasónicos y Andrés Calamaro. ¡Qué bueno que tengo el sacacorchos, las botellas de vino y el excusado! Hace ocho días que ella se largó a vivir con su mejor amiga que por cierto es lesbiana y siempre se la quiso llevar a la cama. “Eres patético”, me dijo MaryTere la última vez que llegué a las ocho de la mañana después de recorrer cuatro teibols buscando algo que me salvara de sentirme incompleto o al menos una mujer que estuviera en el negocio por mero placer y no por dinero. Una vez más encontré que soy como un celular sin crédito, un vocho descontinuado, una película sin final, aquel vago que espulga a los perros, la esperanza en los ojos de los ciegos; soy todo eso que tanto odio y a lo que más me acerco. Marytere se fue sin decir nada, pero con la mudanza se llevó mis restos. Ya nada me salva. La soledad es la distancia que hay entre mi pellejo y los huesos.

martes, 21 de septiembre de 2010

Las pesadillas sobrevuelan mi cama

Siempre que te preguntan cómo eres, tiendes al engaño. Uno es casi perfecto: sensible, romántico, caballeroso, educado, responsable y culto. Los bárbaros son otros. Sea para solicitar un trabajo, para conquistar a una chica, para caerle bien a la suegra, uno se dibuja como la persona ideal. En la escuela uno es el simpático. Entre los amigos te haces el rudo. Con las chavas te asumes el mejor prospecto. Pero cuando estás solo te acobardas ante tus defectos, en lugar de encararlos y pelear con ellos hasta domesticarlos. Y es que en la medida que te asumas imperfecto, iniciarás el proceso de remodelamiento. Y si no, siempre serás un patán, un miserable o simplemente un perdedor. Para ganar, hay que perder por nocaut, besar el suelo, tallarse la sangre con el pulgar y levantarse con ganas de seguir hasta el último round. Así que puestos a ser sinceros, hay que hacerse una radiografía de cuerpo completo: reconocer que a veces eres patético, sobre todo cuando manda el corazón; aceptar que tienes más tendencia al odio que al amor; asumir que eres egoísta y convenenciero; que envidias la mujer ajena; que eres malhablado; que tienes doctorado en engaños; que te gusta el dinero fácil y odias tu trabajo; que sueñas con el Melate, mientras repruebas lógica y geografía; que no soportas a tus padres, pero los adoras en las quincenas; que te sientes rudo con los vagos de tus amigos, pero a solas eres inseguro; que presumes de tus conquistas, pero la chavita que te gusta no te pela; que te emborrachas más de la cuenta y fanfarroneas sobre tus virtudes; que escuchas baladas a escondidas, aunque tengas una playera de los Rasmus; que roncas cuando duermes y que masticas con la boca abierta; que tu futuro luce como un terreno minado, pero no haces nada por remediarlo; que si por ti fuera mandabas todo al diablo y te volvías vagabundo. y sí, por más duro que sea, es cierto que no serás el empleado del año, ni el próximo premio Nobel, ni la celebridad de moda, pero sí te esfuerzas aunque sea un poquito, te convertirás en un buen

He conocido mundo, me he sumergido en tempestades, viajé con boleto de ida y vuelta a ciertos infiernos, me he consumido en el fuego de muchos deseos y también he zarpado en navíos que derrochan delirios, pero en honor a la verdad soy un explorador algo puritano. Bebo más de la cuenta, me fascinan las mujeres de ojos grandes, me emociono con los detalles y me mareo en los toboganes. Soy demasiado sensible para tener esta pinta de canalla y encima lloro en los cumpleaños de mi madre. Soy poseedor de incontables ausencias y carezco de pertenencias. En persona parezco frío, pero mis letras generan abrigo. Nunca me he considerado un poeta y detesto la palabra escritor, sólo soy un triste narrador, un cronista de mis propias miserias. ¿Alguna vez has sentido que Dios te habla? ¿O que algún demonio te aconseja al oído? ¿Quizá que tus bestias internas se rebelan contra ti? Desde luego que no es sencillo afrontar tus destellos de locura. Hay días que dan ganas de no salir de la cama o quedarte encerrado en tu recámara. Otras veces, en cambio, te miras al espejo y te encuentras normalito, hasta un tanto simpático. Mis días turbios son como el drenaje profundo. Mis mañanas luminosas son contadas. Aun así he encontrado la fórmula para no quedarme parado a la mitad del camino, aunque a decir verdad desconozco mi destino. Basta con ser honesto con uno mismo: no engañarte en lo más mínimo, asumirte imperfecto y lleno de dudas o defectos. No serás mejor que nadie, pero tampoco peor que la mayoría. En algunas ocasiones la fortuna me ha sonreído, aunque también ha pasado de largo sin llamar a mi puerta. He ganado un poco de respeto, que viene en paquete con varios enemigos. He perdido algo de dinero, pero he ganado en amigos. Mis sueños se durmieron bajo la cama y las pesadillas sobrevuelan mi almohada. Tengo varias canciones arrinconadas, porque mi guitarra aún suena desafinada. Un gato merodea la azotea de mis insomnios, mientras las ratas perforan con paciencia la tubería. Hace días que no observo la luna, porque estoy ocupado viendo cómo se transforma mi sombra. Ya rebasé la frontera de los 30 años y el panorama luce un tanto desértico, pero me gustan los retos y te apuesto doble o nada que salvaré mis huesos. Aún tengo tiempo para pensar mi epitafio, para publicar un libro, para tener otro hijo, para enloquecer por completo o simplemente para sentirme un poco vivo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Tú no eres un comercial en la tele


Eres un poema maldito, la cara del desaliento, un cuadro sin puestas de sol, aquella playa contaminada, ese desierto en el alma, el cinismo en una sonrisa, la mirada turbia en la madrugada, el drenaje profundo de esta ciudad que se ahoga en la mierda
Eres el político cínico, aquel senador corrupto, el presidente de los que no tienen empleo, la lideresa gorda de un partido tricolor, el abogado de aquella empresa que contamina, el licenciado sin escrúpulos, ese policía que inventa culpables y también el senador que se lleva de a cuartos con el gober precioso. Eres el estudiante fósil, la maestra amargada, el profe que le mira las piernas a sus alumnas, ese freaky de lentes que colecciona pornografía, la más furcia de tu generación, el más inútil de los graduados, el recién egresado que no encontrará trabajo, aquel profesionista resignado a seguir como taxista. Eres eso y muchas más cosas porque tú sabes que eres mexicano. ¿Felicidades? Eres mexicano y quieren hacerte creer que cumples 200 años y hay que celebrarlo. Eres un voto a cambio de una pinche torta o una despensa miserable, eres manipulable y te falta criterio para elegir a los gobernantes. Eres una credencial del IFE, un simple número para los candidatos, eres la promesa no cumplida de los que han llegado al poder. Eres más miserable que ayer, una cifra en todos los conteos, la bicicleta descompuesta en el traspatio, un bache más en la calle de tu colonia, el enésimo diablito que roba la luz en el tianguis, los tacos de 3 por 5 varos en Hidalgo o Indios Verdes, aquel vendedor ambulante con pulsera de San Judas y la señora gorda con manchas de grasa en el mandil. Eres carne de cañón a la hora de pagar impuestos, la boleta de empeño en el Monte de Piedad, ese obrero que trae roto el dedo gordo del calcetín derecho, aquella secretaria que es acosada por su jefe, la pobre señora de intendencia con un hijo alcohólico y una hija abandonada con tres chamacos, el niño moquiento que no terminará la primaria. Eres mexicano y tu presidente hace planes para derrochar dinero en grandes festejos por el Bicentenario. Eres mexicano y tu vida es tan gris como la política económica de un país que se hunde sin que nadie haga nada. Eres mexicano, quesque cumples 200 años y hay que estar orgulloso. Al menos eso dictan los comerciales que intentan "ser poéticos" en esta era catastrófica.

Eres el miedo a salir a la calle, el arma humeante de un narcotraficante, también la nota roja en los diarios o aquella narcomanta en el puente peatonal. Eres un ciudadano vulnerable que ya no sabe distinguir quiénes son los buenos y quiénes los malos. Eres fragilidad, eres tan vulnerable como puede serlo la gente de a pie que ya no está segura ni al cruzar ante el semáforo. Eres un cafre al volante de un microbús sin frenos, la ambulancia que traslada un herido grave, la cada vez más dinamitada expectativa de vida. Eres aquel jovencito al que robaron el celular, la chica que llora porque la han manoseado, el ruido insoportable de los que venden compactos en el Metro, la anciana a la que nadie cede el asiento en el pesero, esa madre que no decide si deja de pagar el agua o quedarse sin comprar el gas; eres el padre de familia cuyos insomnios son carcomidos por la angustia, el estudiante modelo que deberá dejar la escuela, y también la cajera del súper que será despedida al final de quincena. Eres el bolero que se "broncea" bajo el esmog, el pizzero que teme llegar tarde, el joven de McDonalds que nunca será empleado del mes, aquella señora que tiene empeñada hasta el alma, la cocinera de las casas ricas, la señora que lava ajeno, unas garnachas en la esquina del trabajo, el agua turbia que venden las pipas, las calles sin pavimentar, la inundación en tu colonia, ese discurso que siempre repite las mismas palabras que no convencen a nadie y también el conductor de noticias que está en la nómina del gobierno o ese delegado que "amañará" el presupuesto.

Eres el marido infiel, una noche sin caricias, esa novia que se acuesta con el mejor amigo del chico que la ama, aquella golfa que pisotea un corazón entregado, el cretino que olvida a una madre soltera, la televisión prendida hasta las dos de la madrugada, una sucesión de plegarias sin respuesta, esa canción tristísima de Joaquín Sabina, la adolescente que chatea con extraños, el solitario que hace amigos por messenger, la pobre ilusa que se enamora por internet, también la divorciada que aún espera que su ex marido sea infeliz con la otra. Eres la amante que nunca tendrá luna de miel ni boda por la iglesia. Eres parte de ese ejército de pobres que se multiplica mientras PAN Y PRD amarran sus alianzas. Eres yo, yo soy tú. Intentarán robarnos la esperanza, pero no podrán quitarnos la dignidad que nos permitirá seguir luchando en lugar de empezar los estúpidos festejos.

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