martes, 4 de enero de 2011

Santaclós viaja en microbús

“¿Te imaginas cómo han de soñar los ciegos?”, me preguntó Daniela como si de la respuesta dependiera su existencia. “Supongo que en blanco y negro”, dije a la ligera así que de inmediato caí en cuenta de que era una babosada “A lo mejor sus sueños son en technicolor”, añadió ella, “y sus pesadillas como relámpagos en la oscuridad”. Bebí un gran trago de ron-coca, encendí un cigarrillo y recordé que a últimas fechas mis pesadillas están pobladas de paisajes desérticos. Será porque mi vida es rutinaria, porque mi saldo bancario está en blanco o porque hace como un mes que no tengo relaciones sexuales y de hacer el amor mejor ni hablamos. Daniela es la anfitriona en esta reunión de ex compañeros de la universidad y debo aceptar que me gusta mucho, pero ella está enamorada de Fabiola, que es editora en una revista de modas. Aunque nos vemos con frecuencia, nos hemos convertido en unos extraños. “Has cambiando mucho, te noto demasiado serio”, me saca de mis cavilaciones Daniela. Me gustaría decirle que estoy allí porque mi departamento ya apesta a todas las ausencias, pero sólo sonrío y le digo que “me siento un poco cansado, porque he tenido una semana espantosa”. Ella sugiere que me relaje, pero desde que llegué no deja de hacerme preguntas medio raras, que lo único que hacen es despertar mi paranoia o mi esquizofrenia o simplemente mis pensamientos oscuros. Carajo y yo que sólo venía a echarme unos cuantos tragos, escuchando quizá a Keane o algo de Moby. “¿Cuándo fue la última vez que miraste hacia el cielo y sentiste vértigo”, cuestiona otra vez ella. “Uy, no recuerdo”, respondo con desgano y considero que las mujeres a veces son más hermosas cuando callan. Extraño esa rola llamada Enjoy The Silence, con Depeche Mode, que dicta “Palabras como violencia rompen mi silencio,/ Irrumpen en mi pequeño mundo,/ causándome dolor, atravesándome./ No puedes entender.../ Las promesas son hechas para ser rotas./ Las palabras son triviales./ Los placeres permanecen y el dolor también./ Las palabras no significan nada y son olvidables”. En este momento quisiera ser sordo o un exiliado en la zona del silencio.
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Soñé que era calvo. Y me paseaba con normalidad frente a los aparadores y saludaba como si nada a los maniquíes. Uno de ellos me miraba con familiaridad y yo encontraba más bondad en su mirada que en la mía. Soñé que me persignaba frente a la catedral y mi reloj se detenía en la nada. Antes de cruzar la avenida miraba el semáforo en verde y una mujer con paraguas me esperaba en la otra acera. Vestida de rojo me advertía que mi nariz sangraba. La angustia se apoderaba mientras mi mano se teñía de púrpura. “Te falta cabello y te sobran culpas”, se reía de mi calvicie lustrosa. Entonces busqué en mi bolsillo y saqué una fotografía en la que mi cabello era abundante. “Nunca seré lo que fui antes”, yo decía y me carcajeaba. “Un payaso siempre será menos divertido en una fiesta de disfraces”. No sé que diablos significaba eso, pero yo seguía riendo. Busqué entonces un espejo y la imagen que observé no me gustó nada. Me puse una peluca divertida y me maquillé esa sonrisa graciosa, pero una lágrima negra estaba tatuada en mi pómulo, Quizá ya he enloquecido por completo. Soñé un funeral callejero y las carrozas fúnebres estaban pintadas con anuncios de sopa instantánea. La vida es un comercial de tarjetas de crédito. La muerte es una obra de teatro macabra. El paraíso es letrero de neón en la madrugada. Un hotel de paso es la frontera en la que tus deseos no pasarán la inspección de rutina. El amor es un exiliado de tu cama. Y no hay caricias que valgan. Y tus manos moldearán el fuego que te habrá de consumir en soledad, mientras extrañas las caricias sabias. Anoche soñé que te extrañaba. Y también soñé que era calvo. Y que mis dedos hurgaban en tu sexo por la madrugada. Anoche soñé tantas cosas que ya no sé sí alguna vez he cerrado los ojos para imaginarte desnuda o sólo es que estoy tan solo que lo que hago no es más que una medida desesperada para no pensarte mientras vuelo o para no volar mientras te pienso.

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Afuera todo es fiesta y adornos navideños. Luces de colores contrastan con los edificios grises. Un Santaclós deprimente se baja de un microbús y entra a una tienda departamental, no precisamente para gastarse su raquítico aguinaldo. La gente lleva las manos en los bolsillos, debido al frío. Quiso la suerte, el destino, los desatinos, acaso los dioses, que mi existencia sea igual de tranquila que un manicomio. Desde niño me especialicé en silencios, en alejarme de las multitudes, en llorar a oscuras, en refugiarme en mi mundo y sentirme siempre incomprendido. ¿Cómo llegué a este punto? No lo sé, ni pretendo averiguarlo. No escucho a Mariano Osorio, reniego de los curas que se hacen ricos con las limosnas, detesto al Chespirito, odio a los políticos, nunca creeré en adivinos, aborrezco a Maná y me enferman las canciones de Arjona. Tampoco quiero ser el jefe de diez asalariados, ni casarme de smoking, ni fingir que el amor es para siempre, mucho menos quiero un auto del año y tampoco una casa con jardín y perro incluido. No me imagino vistiendo de traje todos los días, ni pagando intereses de dos tarjetas de crédito, ni poniendo adornos navideños, como tampoco me veo hipotecando mi futuro con una mujer que un día será idéntica a su madre. No, mis noches no son consuelo, pero eso es preferible a que se conviertan en un infierno habitado por dos o una cena navideña en silencio y un brindis con sidra rancia. Y Mario Benedetti ya no te parecerá un tipo sensible, sino un cursi que no sabe lo que realmente es el amor.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

La Soledad me descompone

-"La soledad me descompone"-, escribe Alfredo, nada empequeñece tanto a un hombre como la conciencia de no ser amado: Sigue tecleando, desesperado. Comparte ahora la prisa aquella en que quería a presar la imagen de MaryTere, recuperarla, reternla. Luego, poco a poco fue despidiéndose de estas cosas y dándose cuenta de que nada la podía hacerse quedarse quieta, de que no pertenecía a nadie. "Tal vez no era nadie", pone Alfredo en su PC y la página en blanco va llenándose de figuras negras que la habitan y ocupan: sitiándola, como los cuerpos al deseo.La ventana de ese cuarto está abierta y el aire se cuela molestamente. Alfredo apenas lo nota, sigue escribiendo como un loco, furioso.
"Me sentía cómodo o incómodo con esa presencia de nuevo frente a mi?", pone en el papel.. Le dije que esperara, pero mi corazón latía como loco y algo me detenía. Creo que la hice esperar demasiado, pero tenía miedo, era riesgoso, casi sabía qué era lo que ocurriría después.

Ella se abrazó de Alfredo, besándolo con fuerza y rodeándole el cuello mientras él se dejaba hacer y ensayaba una serie de reproches y engaños. Pero, ¿se puede reclamar algo que no existe? Subieron juntos, él aún sin decirle nada y ella esperando ya algo por lo que había adivinado en su mirada.

Sintió cómo esa segunda noche con MaryTere era ya algo distinto, era algo conocido. Esa mujer había estado con él, su historia se había cruzado con la suya. "Lo que sucede es que creemos conocer, porque de lo contrario nos sentiríamos infinitamente estúpidos, pero no hacemos sino retener y adivinar ciertos gestos, posturas o frases de los otros. No podemos retenerlos, porque sólo poseemos la imagen de esa persona y no lo que es en sí. Si fuera posible el conocimiento, entonces todas las personas captarían lo mismo de ciertas cosas y de ciertos seres. Nada hay mas falso sin embargo. Captamos sólo lo que deseamos aprender; todo lo demás nunca será nuestro."

Se sentaron sobre la cama y ella el puso un dedo en la boca:-"No digas nada, por favor. No quieras comprenderme aún", le dijo y él se guardo para otro lado el rencor acumulado. "Vine porque te necesito; si no, no estaría aquí, eso es todo lo que debes saber. Y tu me aceptas pro lo mismo. Úsame entonces". Todo en ella era imprevisible y además Alfredo no se sentía capaz de corregirla. Fue ella la que lo desvistió esta vez. "Quédate quieto, siguió ordenándole. Al empezar MaryTere él estaba molesto, nada exitado, pero al final estaba ya erecto y ansioso. Y es que ella lo hizo todo lentamente, con cautela. sus uñas de pronto lo rascaban y luego apretaban y luego le tocaban hundiéndose en su piel.... Él nunca supo cómo MaryTere podía haber quedado desnuda al mismo tiempo que él, como si el deseo la desvistiera con más malicia que él mismo.


La noche es especialmente fría. Alfredo no ha puesto música. Sólo se oye el golpeteo de las teclas llenándolo todo. Luego el sonido se detiene. ¿Ha acabado el martirio?

Alfredo saca un atado que tenía guardado desde quién sabe cuándo, tal vez hace dos años, cuando dejó de fumar. siente una imperiosa necesidad de volver a hacerlo. Con los dientes le quita el filtro a la boquilla y enciende el cigarro. Está recostado sobre su asiento, frente al escritorio, hecha el humo para arriba. Piensa y repiensa a MaryTere. Hace ya tanto tiempo. "Pero uno nunca se acostumbra a la soledad", escribe, "es imposible que te digas´está bien que me hayan quitado lo que tengo´". Lo que empezó por casualidad, se llenó de embrujo, sin las connotaciones peyorativas de la palabra. La vida cotidiana va haciéndonos repetir mecánicamente algunas de las cosas que más nos disgustan de nosotros mismos hasta que ya no sabemos de dónde salen, cuáles impulsos las motivan. Y el recuerdo es inevitable.

"Es noche en la memoria suple todo el conocimiento", va escribiendo Alfredo, "se instala en el recuerdo y lo llena de la dulzura que quizá nunca tuvo. Tal vez porque dormidos no nos podemos dar cuenta de lo que piensa el otro, de lo que pasa, y lo que sentimos cerca sin saber siquiera qué o quién estará soñando"...

martes, 14 de diciembre de 2010

Y si... aquí empieza...

Todas las noches es igual. Él se sienta a escribir hasta muy tarde. Nada queda al amanecer. Todo permanece al ocultarse el sol. Monótono y al parecer irremediable, el tiempo pasa sin detenerse. Tal vez es ahí donde comienza la historia.
Se llama Marytere. Es preferible recordarla por su nombre. Él la piensa y la dibuja con palabras. Luego nada. Salvo muchas horas frente al infierno de esa página antes blanca.
La ciudad es casi silenciosa en esa zona; si acaso algún automóvil que pasa de vez en cuando y, en esa época del año, el acompasado sonido de los sapos. Llueve, pero tampoco mucho. El mundo se obstina por ser común y corriente. No pasa nada. En medio de toda esa quietud el hombre parece ser el único que se mueve. Aunque nada nos permite asegurarlo.

Con poco que nos asomemos nos será posible ver la insignificante cuerda con la que ese hombre se sostiene arriba del abismo. Luego, ya con la mañana encima, quizás nos fuera fácil mirarlo apagar la luz-innecesaria a causa del sol colándose en la recámara- y recostarse a dormir. ¿Qué espera? ¿Qué busca?
Imaginarlo así sería factible si no tuviera un fuerte grado de falsedad. La vida de los hombres, a pesar de repetirse, no puede generalizarse. Es necesario llegar más adentro, seguir los pasos, palpar el peso del cuerpo mientras camina y sentir que un día se acumula junto muchos otros más.
La importancia de los gestos-de la repetición- radica en que develan la realidad y la vida interior. La vida cotidiana es la gran materia de los mentirosos, de los novelistas.
Intentémoslo así, entonces. El hombre - Alfredo - está sentado escribiendo. Es noche. Se oyen pocos ruidos. Piensa en Marytere y se recuerda tocándola, sintiendo su cuerpo con el suyo. Todo el placer, todo el dolor también. Pero no es real, es memoria y Alfredo no soporta la punzada de este recuerdo. Entonces la escribe. No le queda más remedio. La inventa teniéndola, se transforma siendo poseído. Sus dedos avanzan por la teclas como antes lo hicieronpor el cuerpo; se detiene cuando se ve a sí mismo tocando el ombligo de Marytere y luego metiendo su lengua ahí. Sintiendo su cuerpo, como antes sus ojos mirándola: era una mirada pero anticipaba todo. Incluso eso último que empezó cuando se puso a desabotonarle la blusa dejándola desnuda. ¿Pero no estaba más desnuda debajo de la tela, con sus pechos duros transparentándose?
La desnudez total no siempre es misteriosa. Marytere se siente indefensa y Alfredo lo supo, por so cuando se acercó ella lo atrajo hacia sí, como si la cercanía pudiera borrar el miedo. ¿De qué?
Alfredo escribe ahora, años después en medio del silencio de la noche y arriba del abismo.
En ese entonces no contestó. Era suficiente con sentir el miedo y con rechazarlo aceptando la cercanía de Marytere... (continuará mañana)

jueves, 18 de noviembre de 2010

Y de qué te van a servir tantas excusas

Lorena parecía buena onda, aunque tu mejor cuate te había advertido que era "una mamona", bueno a él no le constaba pero había escuchado que la describían como "calculadora y miserable ". Aún así decidiste correr el riesgo. Te volviste su amigo, te bastaba con estar cerca de ella, observarla de reojo, acompañarla hasta la puerta de su casa. Después de unos meses, ella te parecía la mujer más fabulosa. Te encantaba la manera en que se acomodaba el cabello después de sonreír. Ni hablar de sus piernas torneadas cuando las lucía con unos jeans gastados y esas sandalias con la florecita ridícula. Bueno, hasta la florecita te parecía linda. Ay, Alf, tú siempre tan dispuesto a no juzgarla. En cambio ella no perdía ocasión de criticarte, como aquella tarde en que estabas sentado, escuchando música con los audífonos puestos. "¿Qué escuchas?", te preguntó. "Ahh, es A.N.I.M.A.L.", respondiste como si nada. "Ay, pero qué malos gustos tienes", reclamó, "por qué no puedes oír a los Cadillacs o a Jaguares, como todos". Uhhhh, eso dolió. Solamente sonreíste. En realidad ella siempre te estaba sugiriendo que te gustara lo mismo que a ella, que te vistieras como sus amigos, que no fueras tan serio en las fiestas y que bailaras más. "Ándale, baila conmigo, no seas aguado" y te jalaba a la pista. Se hicieron muy amigos, secaste sus lágrimas en sus peores momentos, rieron con aquellas películas bobas y su madre te veía con simpatía... hasta que te atreviste a besarla aquella madrugada en que ambos estaban algo ebrios. "No, espérate, qué te pasa", ella tardó en reaccionar. El breve beso te iluminó el rostro, pero Lorena estaba furiosa. "Tú y yo no podemos hacer esto, somos amigos", pretextó. No escuchó razones y alegó que "si no puedes ser mi amigo solamente, entonces es mejor que ahí la cortemos". Le declaraste tu amor. Y se largó sin mayores explicaciones. Entonces comenzó a evadirte, te bloqueó en el Messenger, te dio de baja entre sus contactos del Facebook . Y tú te quedaste con tus ganas de volver a sonreírle.
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No sufriste tanto la vez que aquella chica te rechazó. Es más, ni siquiera cuando aquella otra nunca más contestó tus llamadas y sólo alzaba el auricular para colgar. Lo que más te dolió fue cuando te perdiste a ti mismo. Sí, aún recuerdas con nostalgia una de las etapas más felices de tu vida. Ahora se ha ido y todos los días te empeñas en recuperarla. Cambiaste y rompiste contigo mismo. Ya te habían dicho alguna vez que "duele crecer" y ahora lo estás viviendo en carne propia. La ciudad es un monstruo grande y pisa fuerte (como diría León Gieco), tan lleno de voces, tan devorador de soledades. Y tú te sientes solo, ajeno a todo. Lo peor es que ese hueco no lo llenas con nada, porque te falta un elemento esencial: tú mismo. Y la poesía de Patrick Bruel te cala en los huesos, más que este pinche frío que abofetea en las madrugadas: "Sobre la alfombra del salón, un jersey blanco abandonado./ Desde el altavoz del radiotransistor alguien berrea desconsolado./ Es la voz de un tipo sin pudor,/ igual que yo, si tú te vas./ Pero te has ido sin adiós. No volveremos a bailar./ Y desde el cuarto hasta el salón,/ que harto estoy de recordar,/ que harto estoy de esta canción.../ Y de qué te van a servir/ tantas excusas exigidas./ Los ojos ya pueden mentir,/ pero eso no llenará tu vida./ Todo lo que te importa hoy/ ya se lo puedes preguntar/ y es lo que dice esta canción: ¿No volveremos a bailar?".
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Alf guardó la última carta que no le entregó a Lorena. Eran unas cuantas palabras que decían más de lo que alguien podría recitarle al oído alguna vez: "Se me ha arrugado tu jersey,/ toda la noche entre mis brazos./ Si llegas tarde esperaré/ y te hablaré de la canción/ de un tipo más triste que yo,/ culpable de más de un error,/ que sólo te pide bailar. Sólo contigo sé bailar".
Yo le animé a que escribiera todo su dolor, su olvido, su rencor, "lo que quieras, pero escríbelo con el alma y el corazón en la mano". Él fue mi alumno en mi taller de periodismo y literatura, hasta el sábado pasado. Y hoy es más mi amigo que otra cosa. Es algo callado, un tanto tímido, pero está en camino de aprender a lidiar con sus defectos y perfeccionar sus virtudes. Por ejemplo, escribe muy correctamente, sólo le falta dejarse asesorar por sus emociones y ser menos solemne. De hecho, esta historia la escribimos a cuatro manos. Yo sólo espero haber contribuido un poquito a que sea mejor persona y que haya aprendido a bailar con la imaginación.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Un poco de esperanza en los bolsillos

En este mundo lo que sobran son jodidos filósofos, pienso mientras observo lo que está escrito en la pared del baño: “Cuando no sabes a dónde ir a veces llegas muy lejos y pierdes el mapa de regreso”
Por eso odio los bares del centro, frecuentados por tipos que se sienten “artistas”. Nada más falta que un wey se le ocurra grafittear un mural en el techo o que cualquier idiota escriba “salida de emergencia” en la taza del baño. En aquel sitio, bastante pretencioso, escasea la originalidad. Un tipo con gafas modernas y un sombrero muy mamila entra al baño, se mira al espejo, se percata de mi presencia y dice algo que a mi me vale madre. Así que salgo sin hacerle caso. Ni siquiera sé por qué acepté reunirme aquí con mis compañeros del taller literario. Son las once de la noche y estoy a punto de irme a cualquier cantina normal cuando llega Pamela. Su nombre no me gusta, siempre me ha parecido muy rebuscado. Ella es una compañera que quiere ser escritora para demostrarle a su papá rico que ella no es buena para los negocios pero que tiene “otros talentos”. Si yo tuviera su lana, estaría en Madrid o en otra ciudad más amigable estudiando literatura en lugar de ir a tallercitos de tres meses. En fin, a mí lo único que me importa es el brillo de sus ojos aceitunados y sus labios carnosos. Ah y también esa cintura tan breve en la que apenas caben mis esperanzas de besarle todo el cuerpo hasta que el deseo la domine por completo.
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Pamela llama al mesero y pide una cerveza, “pero no me traigas vaso”, mira alrededor con seguridad. Y de buenas a primeras nos pregunta “¿y ustedes por qué quieren ser escritores?”. Nos miramos unos a otros y Carlos es el que contesta, queriendo llamar su atención. No es un secreto que cualquiera de nosotros se la llevaría a la cama en la primera oportunidad. “Bueno, lo que pasa es que la literatura siempre me ha gustado”, explica Carlos, “soy un gran lector y quiero escribir cosas que no encuentro en otro lado. Hay demasiada solemnidad”. Luego se queda callado, como esperando que ella diga algo como “¡qué interesante!”. Nadie dice nada. Llega el mesero con la cerveza y Carlos aprovecha para pedir oto whisky “on the rocks”, sí, así de mamón sonó. Entonces Emiliano no pierde la oportunidad de tratar de quedar bien: “Me gusta escribir porque quiero establecer comunicación con mis iguales, quiero sentirme menos solo y más solidario con los que están solos”. Chale, que pex con estos weyes. Pamela agrega algo como “es que escribir es un oficio de solitarios”.
—¿Y tú? —me cuestiona Pamela.
—Yo en realidad no sé si quiero ser escritor —hago una pausa—, esas son palabras mayores.
—¡Cómo crees! —exclama.
—Cómo te explicaré, mmm, bueno, a mí me gusta más leer que escribir. Soy un buscador de relámpagos y siempre estoy esperando encontrar un fogonazo en la oscuridad, una frase que me deslumbre, que ilumine mi locura un poco.
—No mames, pinche Roberto – manifiesta Carlos antes de reír.
Chale, creo que soné muy rebuscado, así que mejor sonrió y bebo otra vez de mi vaso.
—No, no, a mí me parece muy bien lo que dices –Pamela parece realmente interesada—, ¿y qué más?
—Bueno, yo sólo escribo porque es mi mejor terapia para no volverme loco por completo.
Todos ríen y la sonrisa de Pamela me augura puntos a mi favor. Así que tomo confianza y prosigo.
—Yo sólo escribo con el corazón y el alma, no sé si bien o mal, pero lo hago con toda honestidad. No es fácil desnudarse emocionalmente en público, pero no puedo evitarlo.
—Con razón me gusta lo que escribes –interrumpe esa mujer que podría inundar mis madrugadas con delirios.
—Eso es un gran halago para mí –y es verdad—, el combustible necesario para seguir escribiendo.
—¿Entonces todo es autobiográfico? —pregunta Emiliano.
—Sí, la mayor parte, aunque a veces pareciera que sólo es un personaje que trata de convertirse en lo que no he podido ser.
—¡No manches! Entonces has tenido un chingo de viejas –Carlos suena poco convencido.
—No tantas, a veces cuento cosas sobre una misma pero le cambio el nombre en cada historia para evitar demandas o me cobre regalías –bromeo.
Pamela me mira como si comprendiera que está frente a un hombre de esos que le hace falta conocer. Presiento que sus besos no me estarán vedados.
“Escribir es como el boxeo de sombras, hacer fintas frente al espejo; pelear con tu reflejo, sin golpearte de veras; es engañarte un rato y sentirte héroe de novela, villano de tragedias”, añado y luego pido otro trago.
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De camino a casa, Pamela me pregunta por qué no he publicado un libro, “si llevas tanto tiempo escribiendo”. En eso estoy, le recuerdo, “pero aún no encuentro una editorial que confíe en lo que hago”. Pues que tontos, dice. Yo tenía un editor que estaba interesado, pero en realidad no le apasionaban mis letras y sólo calculaba las ganancias por cada libro que se vendiera, aunque siempre me decía que “hacer libros no es negocio”. Yo perdí el entusiasmo. Mi Ipod suena en el estéreo del auto y Antonio Vega canta eso que dice “Si ahora me voy de quién serán/ las pisadas que oirás llegar./ No existe nada por lo cual/ yo te pueda cambiar./ Da igual si no estás,/ que te busque por cualquier lugar,/ nada me importa hoy, no se ni dónde voy/ persiguiendo sombras./ Busco algo más que un perfil,/ es tan distinto a ti./ No puedo distinguir,/ no, tu voz dentro de mi./ Es tal el hielo que hay aquí,/ este es un frío país/ y ni los pies ni las manos puedo sentir,/ pero me gusta recordar,/ quiero reconstruir cada imagen,/ cada esquina que conservo de ti,/ ser un poco sentimental”. Vaya, la historia de mi vida. Siempre añorando imágenes paganas, besos extraviados, aquella sonrisa que no me volverá a iluminar. Cuando llegamos, le doy las gracias a Pamela por el aventón. Sugiere que le invite otro trago en mi casa. Le respondo que mejor otro día. No sería justo para ella, ni para mí, opacar con fuego otros incendios. Sólo quiero encerrarme a escuchar alguna canción que me orille a extinguir de una buena vez los recuerdos.

martes, 9 de noviembre de 2010

Cómo se escriben los poemas


Yo soy en ti la hiedra y la adherencia
sedienta desatada, yo soy la oscura
avidez de lo oscuro, soy la lengua
y la sed reclamándole a la lengua
de tu piel, soy el hambre a la deriva
devorándose, lengua que claudica
de las palabras y mudez que guía
la voz del extravío, espesa urdimbre
que la luna evapora , soy la sombra
y la sed, soy la lengua y no sabría
de qué modo se escriben los poemas.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El monstruo que alimentas en el sótano

“Tienes un camaleón en la mirada”, me comentó aquella chica. “Ah, gracias”, respondí como un tonto, bueno, como el tonto que suelo ser cuando las cosas no andan muy bien con mi vida. “Ni me des las gracias, porque no es un cumplido”, parecía un reclamo aunque el tono era amable
Dejé de revisar aquellas hojas y levanté la mirada. Ella me observaba con cierta expectativa. “Perdón, no pretendía darte el avión” o algo así pretexté. Ella me sonrió, antes de preguntarme “¿a ver, qué fue lo que te dije?”. Tampoco soy tan cretino para no poner atención. Puedo ser un distraído, pero no un inconsciente. “Que tengo un camaleón en la mirada”, dejé en claro y con ello di pie a una explicación. “Es que tu mirada se mimetiza y supongo que es un acto de defensa”, aquella chica era un tanto extraña. “¿Podrías ser más específica?”, le cuestioné. Era lo que buscaba. “Vamos a fumar un cigarro y te platico”, se encaminó al pasillo. La seguí afuera y me despedí de los chicos que quedaban en el salón. Una vez más había aceptado ir a dar una charla sobre periodismo. Siempre me pasa que algún amigo que da clases me invita, más bien me compromete, a platicar con sus alumnos con el chantaje de “es que no manches, ya hay poca gente honesta en este medio” o con el rollo de “tú eres muy divertido cuando platicas”. Yo no me dejaba engatusar por una u otra cosa. Sólo aceptaba porque me cuesta trabajo decirle “no” a los cuates. Así que allí estaba, en esa escuela de paga, rodeado de chavales a los que les importaba un carajo lo que yo dijera de esta profesión tan desprestigiada por los programas de chismes. “¿Nunca quisiste salir en la tele?”, me preguntó una guapa de ojos verdes. “Me sobra vergüenza y me falta una sonrisa falsa”, fue mi respuesta aunque luego dejé en claro que la televisión está llena de cretinos, de farsantes, “y contra eso no puedo competir”.

Mientras fumábamos, la chica acabó de darme los detalles: “En tus ojos hay algo de nostalgia, pero la ocultas con dureza. Y de pronto destellan alegría, pero te escondes en la malicia, por eso digo que hay un camaleón en tu mirada”. Di una calada al cigarrillo, exhalé el humo y la reté, “y ahora me vas a decir que también sabes leer el aura, ¿no?”. Se molestó un poco. “Ash, qué tonto”, me empujó con el hombro la muy confianzuda, “mejor no te hubiera dicho nada”. Reímos un poco, me detalló que escribía poesía y que le interesaba mi opinión. Acabamos yendo a comer, intercambiamos correo electrónico y nos despedimos como dos amigos. Para entonces yo ya sabía que se llamaba Elisa y que soñaba con irse a viajar por Europa. Esa misma noche me mandó sus poemas, incluido uno que se llamaba “Un camaleón en la mirada”, con la típica dedicatoria. No escribía nada mal, tenía algunas metáforas afortunadas, aunque aún sus letras eran un tanto ingenuas y le fallaba un poco la acentuación. Así se lo dije por messenger. Ella agradeció mi sinceridad. Un día cualquiera me invitó a salir. Fuimos a emborracharnos. Se quedó en mi casa. Era más apasionada en la cama que con la poesía. Me advirtió que estaba en una pausa con su novio, que tal vez regresaría con él. “No necesitas darme un instructivo”, asenté, “porque no pretendo enamorarme”. Ninguno quería compromisos, pero ella acabó por enamorarse. Luego comenzó a ser cursi, algo que siempre me ha contrariado. “Me gusta estar contigo, pero más me encanta que tú me inspiras”, soltó una vez que bebíamos en un barecito. Y sacó su libreta y me leyó algunos esbozos que hablaban de “nuestro amor, de esta pasión”. Miré su cerveza y dudé que Elisa ya anduviera ebria. “Están chidos”, la animé, “pero no esperes que llene la tina de baño con pétalos de rosa”. Apenas iba a darle un sorbo a la Corona y se detuvo: “A veces eres tan mamón que no sé cómo te aguantas tú solo”. Ya empezaba a chocarle mi ironía. Nada raro. “No tengo escapatoria”, indiqué, “soy rehén de mis defectos y nadie en su sano juicio pagaría el rescate”. Sus ojos brillaron. “Oooye, eso suena pocamadre, ¿me lo regalas para un poema?”, y me acarició la pierna. Como si no hubiera yo notado que algunos de sus textos, los menos cursis, estaban poblados de frases mías. Carajo, así que ya ni siquiera podría usarlos en mis historias. Y ni modo de acusarla de plagio.

“El ogro que alimentas se come mis sueños,/ devora mis desvelos cuando no te tengo./ El monstruo de tu indiferencia ha roto sus cadenas/ y saldrá del sótano para atraparme,/para hacerme rehén de tus defectos./ Si no logro escaparme, por favor, que nadie pague el rescate”. Ese fue uno de los últimos poemas que me escribió Elisa antes de convencerse de que yo nunca podría amarla. Aunque me gustaba mucho y me parecía una mujer sensible, inteligente, era harto inmadura. Lo acabé de comprobar el día que su ex novio se apropió de su messenger y me dijo una serie de barbaridades propias de un escolapio, como: “¿Qué te traes con mi novia imbécil?”. Yo le respondí que su “novia” no era ninguna imbécil, que en todo caso quiso decir, “¿qué te traes con mi novia, (coma) imbécil?”. Me reí un rato a sus costillas y le animé a no desesperarse “porque la inmadurez es una enfermedad que se cura con el tiempo. Aunque para eso de ser idiota, aún no encuentran el antivirus”. Yo no le dije nada a Elisa, más bien su ex novio se indignó y acabó por maldecirla. Supongo que aún la amaba y el corazón suele aconsejar muchas pendejadas. Ella me reclamó a mí, por ser tan duro con “el pobrecito de Cristopher”. Me sacó de mis casillas, le dije que no soportaba sus cursilerías y que me encantaría que regresara con su ex novio porque estaban hechos a la medida. Se ofendió bastante, intentó darme una cachetada, y comprendí que me había excedido. Esa noche hicimos el amor como desesperados. Yo sabía que era la última vez que su desnudez deslumbraría mi tacto. No hubo despedidas, ni cartas con posdatas. Aunque seguramente ella me recuerda cuando escucha a Babasónicos cantar eso de “tengo que aprender a fingir más y a no mostrar lo que siento./ Tengo que aprender a fingir más y a pilotear lo que pienso./ Trato de acercarme a una puerta/ y escucho un enjambre de moscas silbar,/ disimula, que están zumbando mi nombre,/ debemos irnos y no sé por dónde”.

lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Qué es amor?

Poner los pies sobre la tierra
y despreciar la guerra,
eso es amor

Tratar con más delicadeza
a los de la pobreza,
eso es amor

Y tu, que no sabes amar,
pretendes encontrar
maldad en mí,
en mí, que sólo doy amor
porque tan sólo amor
sé recibir.

Mirar a los ancianos
y acariciar sus canas,
eso es amor.
Jugar con niños muy pequeños
y realizar sus sueños,
eso es amor.

Y tu, que no sabes amar,
pretendes encontrar
maldad en mí,
en mí, que sólo doy amor
porque tan sólo amor
sé recibir.



viernes, 29 de octubre de 2010

Hay aromas que convocan tus recuerdos

Mi hermana hoy tendría unos 30 años. Para ser honestos, no recuerdo la fecha en que murió. O más bien es algo que he preferido, hemos preferido olvidar. Mónica era una niña hermosa, como suelen serlo todos los bebés
Y digo que era hermosa porque se trataba de mi hermana o quizá debido a que así he querido conservarla en mi memoria. Ahora que me acuerdo, aquella bebé se reía poco, nos observaba sentada desde la cama mientras nosotros andábamos en chinga antes de que llegará mi madre de trabajar. Nadia lavaba trastes, yo trapeaba la sala, mientras Claudio sacaba la basura y Silvia jugaba en el patio con los vecinos. La nena sólo estaba sentadita, sin quejarse demasiado. Mi padre ya se había largado, un par de años atrás, a vivir con otra mujer, pero aquello no le impedía ir a buscar a mi madre cuando andaba ebrio o caliente... o ambas cosas. Alicia, mi jefa, seguía enamorada de él, así que tampoco se hacía del rogar. Por eso no resultó extraño que Alicia se embarazara una vez más. Ya éramos cinco hijos y mi madre ni siquiera tenía en claro lo que haría para sacarnos adelante, porque el desobligado de mi jefe ni siquiera nos pasaba una pensión fija. Ahí cuando quería le dejaba unos pesos a la tonta de Alicia, que lo seguía recibiendo en casa cuando a él se le antojaba. Uno a esa edad no entendía bien a bien qué sucedía. Yo no recuerdo haber extrañado a mi padre, acaso porque estaba demasiado ocupado estudiando, haciendo deberes en casa, abrumado con las tareas y entusiasmado con las cascaritas de fucho en el vecindario. Ni siquiera recuerdo cuando nació mi hermanita. Un buen día estaba allí. Y otro día cualquiera, mi madre debió regresar a su trabajo como afanadora. Así que desde ese momento nos quedamos a cargo, todas las tardes, de una bebé a la que apenas podíamos cuidar. En lugar de andar de vagos, como todos los chavales de nuestra edad, teníamos que cambiar pañales y lavar mamilas. Mi hermana Nadia no tenía una muñeca decente, pero ya era una madre a escala de una bebé de carne y hueso. Pobre de mi carnala, en lugar de jugar a la comidita con sus amigas, tenía que preparar mamilas y arrullar en sus brazos a la menor de mis hermanas. Y aunque supongo que era una lata todo eso, nosotros queríamos mucho a Mónica. Eso lo tengo bien claro. Yo la recuerdo sentada en la cama, con su chambrita amarilla, mirándonos pasar de un lado a otro. No la puedo evocar sonriendo y debe ser porque en realidad en aquella casa había pocos motivos para sentirse feliz. Y eso, cuando eres niño, te marca para siempre.

penas llegué de la escuela y aventé mi mochila sobre el cesto de ropa sucia. No sé por qué agarré esa costumbre, pero debió ser porque mi madre se enojaba si dejábamos cualquier cosa en el sofá, como suelen hacer todos los chamacos. Lo primero que me llamó la atención es que mi hermanita no estaba en la cama, ni las almohadas que le poníamos alrededor para que no se fuera a caer. Se supone que ella debería tener una cuna, pero carajo, si apenas teníamos cama y un colchón tan viejo que los resortes habían perdido fuelle. Fui a buscar a Nadia, pero no estaba ni en el traspatio. Me senté a la mesa, esperando que pasara no sé qué, acaso intrigado, quizá sacudido porque rompían mi rutina de llegar directo a saludar a la bebé. Entonces llegó Nadia de la tienda, con medio kilo de huevos en una mano. Me explicó que la nena se había “puesto mal” y que la llevaron al hospital desde temprano. Mis hermanos menores, Claudio y Silvia, estaban en casa de mi tía Concha. Tampoco nos preocupamos gran cosa, aquello parecía normal. Al tercer día ya dejó de ser algo “normal”, pero nadie nos daba explicación. Hasta que una noche mi madre volvió del hospital y en cuanto la vi supe lo que había sucedido. Mis ojos se fijaron en su mirada llorosa, corrí a abrazarla y sólo repetía “mi hermanita, mi hermanita, mi hermanita”. Alicia me abrazó y sus lágrimas resbalaron sobre mi cabeza.Mónica no era una bebé risueña, pero en mi memoria siempre me ha parecido hermosa pese a sus ojos tristes. Tenía el cabello rizado, así que tal vez le hubiéramos dicho “china”. Era menos morena que nosotros y tenía una nariz parecida a la mía. Bueno, en realidad se parecía más a mi hermana Silvia. O tal vez guardaba más similitud con Claudio y yo sólo me lo estoy figurando. En casa hablamos poco de ello. Cuando falleció Mónica, mi madre se limitó a decirnos: “Su hermanita estaba muy enferma”. No supimos de qué o por qué, así que sacamos nuestras propias conjeturas. Yo molestaba a Nadia y le decía que “tú tienes la culpa porque le dabas la leche fría”. Y ella me echaba en cara que “nunca la tapabas cuando se quedaba dormida”. Eso se explica porque lo único que nos habían comentado es que la bebé se había puesto mal de la gripa. Éramos los menos culpables, pero nos martirizábamos uno a otro. Muchos años después, cuando ya habíamos sido demasiado crueles, nos enteramos que Mónica murió por una afección cardíaca, que era imposible que hubiera sobrevivido. El tiempo que vivió con nosotros fue suficiente para amarla, aunque después la hayamos sepultado en el olvido. A nosotros no nos llevaron al sepelio, porque era algo “muy fuerte para los niños”. Mi padre no asistió porque no quiso. Mónica tuvo un funeral sin mucha gente. Y aquella tarde cayó un diluvio. Y yo no dejaba de mirar a través de la ventana empañada, esperando que mi madre regresara para que me abrazara. Nunca supe dónde estaba la tumba de mi hermana, nunca nos llevaron a visitarla, y mi jefa se limitaba a poner dulces y leche en la ofrenda del Día de Muertos, porque ni siquiera alcanzamos a tomarle una foto a Mónica antes de que falleciera. Es curioso, pero nunca había recordado todo esto. Será que me anda rondando mi bipolaridad. Será que cada víspera de Día de los Santos Inocentes, invariablemente, viene a mi recuerdo la imagen de aquella niña que sonreía poco y tenía una mirada profunda como la mía. Y lamento que ya no exista esa tumba para llevarle flores. Mi madre seguro que volverá a poner dulces y leche en la ofrenda. Y encenderá una veladora. Y el aroma a cempazúchitl llenará la casa de recuerdos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Tu ángel de la guarda no hace horas extras

Una señora de las Lomas mira con asco a la anciana que pide limosna. Un auto de lujo se detiene la esquina y aquel viejo ejecutivo hace guiños a un menor de edad. Ah, esta ciudad obscena, tan maquillada de lujuria, que no tiene un monumento a la ternura, ni una embajada de la bondad o su universidad de la poesía
Esta urbe es ubre que destila nuestras locuras, tanta podredumbre. Esta ciudad intoxica con su tufo a mujer ebria, con su aroma a cloacas corroídas, con su perfume de furcia barata. Y mi calle está llena de baches, de alumbrado tuerto, y hasta hay una cruz en la acera de enfrente que recuerda la muerte fulminante de no sé cuántas esperanzas.

Este asfalto nos conducirá algún día a la locura de tanto esperar por lo que desesperamos. Estas calles vacías de piedad, abundantes en pesadillas, delirantes de gritos que desgarran una madrugada de balas, de miedos a medio morir.

Una oración no te salvará de las ráfagas, ni te aislará del ulular de las ambulancias que rasgan el alba y empañan los ojos frente a la sala de urgencias. Un adolescente-casi-niño se debate entre la vida y la muerte por el fuego cruzado, por la ineptitud de un presidente que suele confundir las condolencias con los discursos desgastados.

Y un pordiosero husmea en los botes de basura, mientras aquel senador se prueba unos zapatos obscenamente finos o un diputado pide el platillo más caro en la terraza de un restaurante con vista a la catedral. Y las miradas de ambos se encontrarán en el crucero y no hallarán puntos en común porque al menos el mendigo reflejará más humanidad que el méndigo de corbata italiana.

Las campanas de aquella iglesia lejana tampoco sonarán a bálsamo para la joven prostituta que fue engañada con promesas de amor, con promesas que se volvieron bestias tras los ojos de aquel hijo de puta que le recetó mil golpes para clausurar las lágrimas. Y una madre morena imaginara que su hija se fue del pueblo para sufrir menos o quizá ganar un poco más en esta pésima apuesta que era su vida. Y en el olvido quedarán los días en que esa pequeña sonreía mientras correteaba las gallinas. Y llegará el momento en que su hermanito, calzado con unos tenis que le quedan grandes, dejará de preguntar por la chica que cantaba con él mientras buscaban un poco de leña seca. Y no habrá llanto suficiente que alivie tanta injusticia, tanto dolor, ese rencor, la nostalgia por la muerte, las ganas de abrazar a mamá en busca de consuelo.

Además no hay dioses suficientes para atender tantas plegarias o el exceso de oraciones llegadas desde este páramo tan lejano. No, no hay veladoras que valgan, ni rezos que invoquen cielos, mucho menos agua bendita que colme la sed de los que más necesitan. En definitiva, escasean los dioses. Y peor aún, los ángeles de la guarda no trabajan horas extras ni en días feriados.

Esta escuela del terror que nos depara una graduación de la degradación. Esta tierra que ya no es húmeda, ni despide olor a lluvia, sino a frío que cala el alma. Esta postal grisácea tan llena de esmog y hormigón, tan sobremaquillada de graffitis, tan carente de calor o color que ilumine los pasos extraviados.
Ahhh, maldita y asfáltica ruta hacia la desolación. Tremenda avenida de los desesperados, inmensa vía que conduce a todos los sitios y a ningún lado. Caótico callejón tan lleno de oscuridad, tan poblado de gatos con ojos de fuego y uñas que rasgan tu peor superstición.
Y es amor y es odio lo que conviven en tu corazón cuando miras los ojos vidriosos de esta ciudad en llamas, de esta urbe que seduce con una pasión malsana. No por nada Efraín Huerta fue tajante en su poesía: “¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos/ como una cabeza cercenada con los ojos abiertos./ Estos días como frutas podridas./ Días enturbiados por salvajes mentiras”.
No por nada la Orquesta Mondragón hace un carnaval cuando canta que “la ciudad donde vivo/ es el mapa de la soledad,/ al que llega le da un caramelo/ con el veneno de la ansiedad./ La ciudad donde vivo/ es mi cárcel y mi libertad./ La ciudad donde vivo/ es un ogro con dientes de oro,/ una amante de lujo/ que siempre quise seducir./ La ciudad junta a dios y al diablo,/ al funcionario y al travestí./ La ciudad donde vivo/ es un niño limpiando un fusil”. No por nada, quienes vivimos aquí, hemos establecido una relación enfermiza, codependiente, con esta amante que tiene corazón de neón, alma incandescente. Deberíamos de huir y dejar de sumergirnos en el Metro que tanto aborrecemos. O arriesgarnos a que un buen día el forense dibuje con tiza nuestra silueta en el suelo

martes, 19 de octubre de 2010

Das Herz

El recinto acumulador de toda nuestra vida.
La memoria de toda nuestra existencia.
La estación de llegada de todo lo futuro.

El dique que acumula el agua del presente.
El cauce para el río fluyente de la transitoriedad.

El fondo hondo y trepidante del sufrimiento.
El monte Calvario de la crucifixión de todo amor.
El sepulcro de todo nuestro fatigado y constante fenecer

El foco ardiente de toda renovación y resurrección.
La tierra creadora de todo presentimiento y de todo lo vital.
La profundidad tejedora de la imaginación.

La cripta que esconde todos los secretos encubiertos.
La tumba de las noches irrecordables del alma.

La fuente del olvido re-creador.
El regazo del dolor de toda fecundidad.
El suelo que se pudre de toda la malicia infructuosa vertida en él.

jueves, 14 de octubre de 2010

Desempolvaré mi disfraz de adivino

Una mujer insegura es un catálogo de dudas. Sí, la tendencia de ellas es preguntar demasiado. Pero Karina abusaba de los signos de interrogación. Su muletilla favorita era “¿adivina qué?”.

Y durante un tiempo caí en sus hábitos y, mientras todo era novedoso, yo solía responder con otra pregunta más simple: “¿qué?”. Cuando pasó el entusiasmo, pensé seriamente en desempolvar mi disfraz de adivino.

—¿Adivina qué? –me preguntó aquella noche, en cuanto llegó del trabajo.

—No me digas, no me digas –hice una pausa–. Tu madre dejará de meterse en nuestra relación, ¿no?

Ella me lanzó una daga con la mirada. Yo contuve la risa y trate de parecer serio, lo cual me cuesta trabajo.

—Ah, ya sé. Tu amigo Alex al fin decidió salir del clóset y aceptó que está enamorado de su maestro de yoga –seguí mirando a Gregory House en la televisión.

Ya no aguantó más y advirtió que “me choca que te sientas un tipo listo todo el tiempo”. Karina pasó frente a mí. De reojo miré cómo se quitaba el saco y la blusa. Tenía hermosos senos y una cintura envidiable.

—Me voy a la convención en Guadalajara –sonó enojada—. Y odio que me amargues las buenas noticias.

Ahhh, eso no presagiaba nada bueno. Pero hacía unos meses que las conversaciones se reducían a cómo le había ido en su nuevo trabajo.

—¡Felicidades! Tienes todo un fin de semana para olvidarte de este tipo listo –lo que a mí no me emocionaba.

—Aunque lo digas de broma –se había puesto la bata, lo que anunciaba que otra vez se dormiría temprano y acortaba nuestras posibilidades de tener sexo.

—Me parece estupendo. Así podré irme al bicho con mis amigos sin que me estén llamando 20 veces para ver a qué hora llego a casa –aclaré.

—Por mí, puedes hacer una pijamada con las putas de tus amigas –fue hacia la cocina y se sirvió un vaso de leche.

—¿Una pijamada? Eso es para fresas que escriben tonterías en sus diarios –recordé una de sus anécdotas de cuando iba en la prepa.

—Pues entonces haz una fiesta de disfraces, pero adviérteles que no cuenta el disfraz de zorras que usan cada fin de semana –fue a sentarse a mi lado y remarcó la palabra “zorras”.

Tuve que carcajearme. La abracé e intenté besarle el cuello. Su respuesta me quitó las ganas: “estate en paz, que me vas a tirar la leche”.

Karina últimamente se sentía “tan cansada” que nuestras relaciones íntimas se reducían a compartir el shampoo y la pasta de dientes. La notaba bastante distante y yo tampoco hacía mucho por acercarme.

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Un buen día, Karina me comentó que su nuevo jefe no era “nada feo” y que al parecer coqueteaba con ella, pero además pretextaba que “está casado y además es muy grande para mi gusto”. En realidad no lo era tanto, sólo le llevaba unos diez años. Y el tipo comenzó a tener detalles con ella, como darle un certificado de regalo de Liverpool en su cumpleaños “para que te compres algo que te haga ver aún más guapa”. Eso decía la tarjetita que acompañaba la envoltura. “Eaah, alguien le gusta a su jefe”, lo tomé a la ligera. “No seas tonto. Alberto sólo trata de ser amable”. Vaya, ni me había dado cuenta de cuándo “mi jefe” pasó a ser “Alberto”. Debí captar las señales, pero yo estaba demasiado ocupado en otras cosas. Cuando las relaciones entran en el túnel de la rutina, uno busca atajos que hagan menos monótono el trayecto. Te refugias en los amigos, en escribir por las madrugadas, hacer carambolas de tres bandas, irte al estadio mientras ella visita a su madre. Y así hasta que los silencios son cada vez más extensos.

—¿Adivina qué? –su pregunta de siempre.

—Espera, deja sacó mi bola de cristal. La compré ayer y me muero por estrenarla –cerré el libro que leía y la miré. Ella sólo me observó con un aire de impaciencia.

—Contigo no se puede hablar –se encerró en la recámara. No duró mucho su enojo y regresó.

—¿Me puedes poner atención un minuto? –otra maldita pregunta.

—Mi atención es toda tuya, igual que mis caricias –la tomé por la cintura y traté de sentarla en mis piernas.

—¿Ya vas a empezar? ¿Sólo piensas en eso? –dos jodidas preguntas al hilo.

—Sí, soy un obseso sexual, sobre todo, tras dos semanas de sólo verte dormir –dije.

—Pues me acaban de aumentar el sueldo y pensé que te daría gusto saberlo –No me dio tiempo de comentar algo, porque se fue a encerrar otra vez a la recámara.

Ni siquiera llevaba un año en el trabajo y ya le habían aumentado el sueldo. Yo sabía lo que significaba eso. Más viajes de trabajo, menos tiempo juntos, el afán de su jefe por seducirla, el deterioro de nuestra relación. Y a los dos meses terminamos. Y ella acabó acostándose con Alberto. Aún siguen juntos, aunque él no va a divorciarse. De repente Karina llega a llamarme y me sugiere que deberíamos vernos. Alguna vez salimos y me pidió que retomáramos “los buenos momentos”. Yo me limité a decirle que “no creo que funcione como al principio”. Y ella soltó una avalancha de preguntas: “¿por qué?, ¿ya no me quieres?, ¿andas con alguien?, ¿ya no te gusto?”.
Seguía siendo guapa, pero el orgullo es una mascota herida, desconfiada, después de que la han pateado. “La respuesta es simple, he desempolvado mi traje de adivino y creo que tú y yo no tenemos futuro”, fue lo último que dije al respecto. Cambiamos de tema, pagué la cuenta, la acompañé a su auto y le dije “hasta nunca” con una seña de adiós en la mano. Recordé a un poeta que recitó en silencio “tus ayeres a mi lado serán hermosas postales que no recibirás en tu nuevo domicilio”.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Desenterrar un cadaver exquisito

El maestro me regresó mi texto con un par de correcciones y un 9 de calificación. “¿Vas a algún taller literario o algo así?”, me preguntó. Le respondí de la manera más simple que no. “Ok, espero que nunca lo hagas, porque sólo te echarán a perder”, señaló mi tarea, “me gusta como escribes, sólo es cuestión de que lo afines y superes tus faltas de ortografía”
Aquello fue un gran aliciente para mí. Un año después Manuel Gutiérrez Oropeza pasaría de ser mi maestro en la universidad a mi jefe en mi primer trabajo como reportero. Mentiría si dijera que con él aprendí a escribir, porque eso se aprende leyendo un chingo y practicando mucho más. Pero Manuelez me enseñó a ser periodista, a amar este oficio canalla y mal pagado en el que la pasión es tu mejor recompensa. Gracias a él me aproximé a diversos autores y aprendí que la mejor manera de escribir era dejándote guiar por las emociones, escuchar la voz de tu alma y de tu corazón. Y también entendí que lo más valioso que tiene un hombre es la honestidad, empezando por la coherencia con uno mismo. Nunca le dije a Manuelez cuánto lo quise, todo lo que valoraba sus enseñanzas, no me di la oportunidad de agradecérselo. Murió muy joven y cuando me enteré no podía creerlo. Ni siquiera pude ir a su funeral porque yo andaba de viaje, pero recordé su sonrisa, su generosidad y lloré mientras el viento de una ciudad extraña me susurraba que siempre he estado en sitios lejanos mientras las peores cosas me atacan por el flanco. Han pasado los años y sigo fiel a las enseñanzas de aquel maestro, amigo, tremendo ser humano. Y sobre todo, me resisto a dar clases porque, como él dijera, no me atrevo a echar a perder a alguna mente brillante.
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“Si les enseñaras a escribir con creatividad, ¿qué les dirías? Les diría que tuvieran una aventura amorosa infeliz, hemorroides, mala dentadura, que bebieran vino barato, que evitaran la ópera, el golf y el ajedrez, que no dejaran de cambiar la cabecera de su cama de una pared a otra y luego les diría que tuvieran otro amor infeliz”, retomé este poema de Bukowski en mi taller de periodismo para dejarles en claro que yo no les iba a enseñar gran cosa, sólo a hacerle caso a su voz interior, a su propia revolución. “Les diría que evitaran los días de campo familiares o ser fotografiados en un jardín de rosas… que nunca se consideraran superiores y/o justos, que nunca trataran de serlo, que tuvieran otro amor infeliz”. Preceptos elementales, al alcance de la mano, sobre todo, eso de nunca considerarse superiores, porque como dejé bien claro “aquí no hay genios, sólo bailarines. Y aquí van a aprender a bailar con la mente, al ritmo que mejor les acomode”. Y entonces escuchamos a Jorge Drexler, en silencio y con los ojos cerrados, para luego danzar libremente. Acto seguido, desenterramos un cadáver exquisito, cada quien escribió un pensamiento aislado, y este fue el resultado al unirlos: “Silencios poblados de ideas me rodean./ ¿Qué es lo que significa el amor? ¿Espejismo o realidad?/ No me queda más que ser un pájaro/ en este puente que une el principio de un día con el principio del otro./ Y me suenan lamentos de alguien que ama mucho./ Dejé de nadar hacia la botella de ron… mejor decidí nadar hacia abajo para seguir a la sirena,/ pero al llegar la noche te desvaneces como la miel en el hielo”. Nada mal para un primer ejercicio. El poder de las mentes en conexión. Y Aidé, Juan, Sandra, Nazario, Montserrat, Desireé y los demás sonrieron al ver sus ideas enlazadas. Eso es lo que me ha reconfortado un poco.
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No, no pretendo enseñarles a escribir con creatividad, sólo alentarlos para que derriben sus muros, para que desechen sus miedos y se atrevan a explorar sus propios infiernos. “Les diría que miraran pasar los aviones detrás de una cortina veraniega, que nunca trataran de triunfar, que jugaran billar, que tomaran vitaminas, pero que no hicieran pesas… después de todo esto, que hicieran lo contrario, que tuvieran un amor feliz y que lo que hay que aprender es que nadie sabe nada, ni el Estado, ni los ratones, ni la manguera del jardín, ni la estrella polar”, ni los que dan talleres para escribir, desde luego. Y siguiendo con la filosofía de Bukowski, les diría que “si alguna vez me descubres enseñando a escribir con creatividad y lees esto, regrésamelo, te calificaré merecidamente con MB y te patearé el trasero”. Yo no sirvo para dar clases, no pretendo ser un ejemplo a seguir, bastante hago con mantenerme mínimamente cuerdo. Sólo escribo porque un buen día uno de mis maestros me dijo: “Plántate frente a una hoja en blanco y mientras caminas para arriba y para abajo, dale a esa cosa, dale duro. Haz como si fuera una pelea de box entre pesos completos. Si quieres ser escritor, tienes que cogerte a muchas mujeres, hermosas mujeres y escribir algunos poemas decentes de amor. Y no preocuparte por la edad o los jóvenes talentos. Sólo toma más cerveza, más y más cerveza. Y procura ganar si apuestas. Aprender a ganar es duro, cualquier idiota puede ser un buen perdedor”. Sólo he conseguido unas cuantas cosas, como eso de las mujeres y aquello de ser un idiota. Creo que me seguiré esforzando, aunque evitaré la cerveza porque lo mío, lo mío es el ron.

lunes, 11 de octubre de 2010

No creo ya lo que pintado en la pared...

Sientes que todo se mueve, que una sacudida oscilatoria te hace dudar. Lo primero que dices es “está temblando” y miras hacia la puerta pero todo pasa tan rápido que tu ángel de la guarda ni siquiera tiene tiempo de alarmarse

Además cuál es el problema, si tu vida ha sido un constante derrumbe, un bombardeo que te ha dejado medio sordo, un tanto loco, totalmente destrozado. Ni para dónde hacerse, porque encima de todo ya eres un refugio antiaéreo ambulante y sueles habitar en el subsuelo, no por nada te conoces al dedillo todas las líneas del Metro. Así que pones en sincronía el iPod y suena “el temblor, uohhhh ohhhh ooohh ooo, el temblor, despiértame cuando pase el temblor”. Soda Stereo siempre ha sido un aliciente, un punto de fuga en los peores momentos. Es curioso, pero las canciones te han enseñado más sobre la vida que muchos maestros. La escuela sólo es un pasaporte hacia la realidad, una estancia temporal mientras encuentras tu mejor sitio o quizá el peor de ellos. Todas las canciones nos dicen algo, el chiste radica en buscar relámpagos que te iluminen, ciertas frases que te hagan mejor. Es curioso, pero acabo de retomar un disco que me marcó en momentos de confusión. Y la letra de “Romper la voz” fue un himno durante mucho tiempo: “Esta noche no tengo ganas de callar. Esta noche puede pasar todo en este bar. Esta noche estoy a punto de estallar. Esta noche yo me quiero romper la voz. No creo ya lo que hay pintado en la pared. No creo ya el mismo rollo otra vez. No estoy para sonrisas de salón. Déjame gritar mi rabia, déjame”. Y sí, cuando eres joven, soñador y estúpido, buscas señales que te salven aunque sea temporalmente. El sonido de una alarma que te indique el camino hacia la salida de emergencia. Quizá no podrás escapar por siempre, pero te habrás salvado de los peores momentos. Cuando has crecido en la miseria, te rodean jaurías de miedos, manadas (dije manadas) de incertidumbres, así que buscas las armas que te ayuden a sobrevivir a los malos tiempos, a tus enemigos más recurrentes, al abandono en que te han dejado, a la indiferencia de tus padres, al desamor al que te han condenado. Y sí, crecerás incompleto, carente de afectos, pero intentarás no volverte un idiota, un permanente fracaso o un triste derrotado. Esta noche no tienes ganas de callar, como dice Patrick Bruel.




“Los amigos se van, los otros se quedan. Me he dejado juzgar por los comemierda. Encuentros fallidos, tiempo que se quema. Jóvenes cansados, viejos que esperan. Flashes que nos ciegan desde el televisor, bufones que imponen el color del amor. Vagar por la ciudad sin sentirse mejor y ese miedo sin fin y ese puto dolor”. La confusión puede vivir contigo mucho tiempo y nadie tiene un instructivo que te ayude a construir una mejor versión de ti mismo. Tienes que arreglártelas para sentirte vivo, para no crecer como un zombi sin voluntad propia, sin ideas que valgan la pena. Los amigos te pueden influenciar de la mejor o la peor manera, ya tú sabrás elegir lo que más te convenga. Y te equivocarás mil veces, tropezarás más de lo que deseas, pero es la única forma de comprender que el mundo no está en tu contra, que tu destino no está trazado por un dios mezquino o arrogante. Sí, es verdad que en ocasiones te sentirás abandonado en el traspatio, igual que la bicicleta de tu infancia, pero tú eres mucho más que fierros retorcidos u oxidados. Tienes un corazón en el que habita el fuego interno, el coraje que no te dejará darte por vencido. Y tomarás la guitarra, postergarás las lágrimas, te aferrarás a ese sentimiento que lucha por ser valorado, aunque haya gente que se empeñe en manipularte. Lo relevante es desgarrarse la voz, levantar la mano, no quedarse callado, defender tus ideas, atesorar tus principios, ser honesto contigo mismo y el crítico más duro de tus defectos: “Chicas de la noche, las que huyen del sol, y un revolcón con ellas lo llamamos amor. La vergüenza maldita que el espejo devuelve, reflejando el vacío y un perdón urgente. Ver a un niño sufrir, a un hombre llorar y tener que admitir tanta mediocridad. Canciones que nacen como un grito feroz desgarran mi garganta hasta romper la voz”.



Dejarás amigos en el camino, algún amor imposible, muchos recuerdos que un día se extinguirán, un álbum de fotos que no querrás volver a mirar, pero guardarás las canciones, los libros que han sido como faros que te han resguardado del naufragio. Quizá no habrá muchas victorias por celebrar, pero un día llegarás a tierra firme con la convicción de haber sobrevivido. Y los poemas te hablarán al oído y las musas se rebelarán ante tus desvaríos. Y no, seguramente no serás el mejor tipo del mundo, pero de menos serás coherente contigo mismo. Y tendrás derecho a mirar a los ojos y odiar a los corruptos y maldecir a los cretinos. Y serás solidario con los desprotegidos y crítico con los poderosos. Y no volverán a engañarte más porque has crecido a la sombra de falsas esperanzas y discursos podridos de los presidentes más grises o los políticos sin escrúpulos. Y cada mañana te levantarás con ganas de que este país encuentre un revulsivo, pero convencido de que la mejor revolución empieza por uno mismo. Y sí, como dictan los himnos verdaderos, hay que desgarrarse la voz y gritar que tú no estás podrido. O como bien dice Joaquín Sabina: “Me considero un rojo sin diminutivos. No soy un rojillo, soy un rojo. Y eso no quiere decir comunista, ni socialista, ni anarquista, quiere representar esa hermosísima ideología de hace unos años, que hacía creer que esta infamia de mundo podía cambiar de alguna manera”. ¿Y por qué escribo todo esto? Sólo es una declaración de principios. Además hay días en que mi humor no está para carnavales. Y encima de todo, mis ideas nunca son una parvada de palomas mensajeras, sino que revolotean en mi cabeza cual bandada de murciélagos que necesitan la noche para sentirse vivos, aunque sea por unas horas.

jueves, 7 de octubre de 2010

Sólo te queda empeñar el alma

A veces me siento como un tonto, esperando algo que me diga que la vida es mucho más que esta sucesión de soledades, este recuento de maldiciones o fracasos. Y me da por poner una y otra vez la misma canción:

“Hice un lugar en el refugio de mis sueños/ y guardé ahí mi tesoro más preciado,/ donde no llega el hombre con sus jaulas/ ni la maquinaria de la supervivencia…/ Me fue más fácil intentar la vida,/ que venderla al intelecto y la conformidad./ Y ahora sólo un camino he de caminar…/ Y morir queriendo ser libre, encontrar mi lado salvaje”. Cómo tú, como tus padres, como el vecino, igual que el microbusero, la enfermera, el policía, los maestros, el licenciado o aquel arquitecto, la mesera y cualquier estudiante, siempre he sido un número. No importa el nombre, lo que cuenta es la matrícula, la cantidad que debes, los intereses que pagas, el número de cuenta, el número en la lista, el tanto por ciento de una encuesta o un turno en el banco.

Desde que recuerdo siempre he sido una cifra. En la primaria era el número 12 o el 14 en la lista, pero en la secundaria me asignaron el 17 durante tres años.

En las cascaritas del recreo siempre me escogían al último sólo porque usaba lentes, pero ahora resulta que para Hacienda soy una prioridad. Y cómo no, si lo que quieren es cobrarme impuestos, aunque en mi calle el alumbrado público esté descompuesto, pese a que el Preciso no ha respondido a mis expectativas y este país siga en la ruina. Quién sabe si les deba algo, pero no creo poder pagarles en efectivo y mi alma tiene visa para el purgatorio desde hace un buen rato. Además mi saldo bancario es frecuentado por los ceros, así que mejor les hago un inventario por si planean un embargo.

Soy dueño de muchos defectos, de mil suspiros frente a la ventana, tengo la letra incompleta de un bolero, he comprado un traje negro, ya soñé con mi funeral y por fin terminé mi epitafio. No he dictado mi testamento porque desde niño sólo ahorro retazos de memoria para no olvidar lo feliz que era.

Desde que recuerdo nunca confíe demasiado en la vida, mucho menos en el destino, así que todos los días me encomiendo a un San Judas de yeso que me mira con ternura. En cambio, el póster de Darth Vader siempre destella malicia.

Por poco lo olvido, pero también tengo una máscara de Blue Demon, así como un Pato Lucas de peluche despeinado, todos los libros de Bukowski, acetatos de Los Fabulosos Cadillacs y Radio Futura, un reloj que se retrasa cada hora, un saxofón desafinado, una Betamax descontinuada, un Atari descompuesto, este maldito refrigerador que ronca más que mi abuelo, el faro de un Volkswagen que estrellé en la madrugada, un banderín de los Pumas, los 20 poemas de amor y una canción desesperada y un tarot que lee el pasado.

Igual poseo una torre Eiffel en miniatura, la autopista Scalextric de mi infancia, unos Converse clásicos, la playera de la Selección del 86, esa foto del Che Guevara, el póster gigante de Tin Tan, una combinación del Melate sin revancha, un espejo que sólo refleja los defectos, el boleto de una rifa fraudulenta, un trofeo al menos popular del CCH , una colección de fracasos que nadie querría en una subasta. Conservo las tiras de Mafalda, el diploma al mejor portado en segundo de secundaria, las figuras de Kiss en miniatura, una que otra revista Mad; y valoro el disco autografiado de Sabina, la foto con Calamaro, un cómic noventero de Mortadelo y Filemón, una edición viejísima de Las batallas en el desierto, tus besos para mis madrugadas en vela, y aquella bufanda que mi hermana me tejió hace dos Navidades. Tengo dudas, tengo certezas, pero lo mejor de todo es que tengo el espíritu de los que nunca se dan por vencidos, aunque vengan del banco a embargarles hasta el último suspiro. Y es entonces que entro en sincronía con esa rola de La Renga que vocifera: Y ahora sólo un camino he de caminar,/ cualquier camino que tenga corazón./ Atravesando todo su largo, sin aliento,/ dejando atrás mil razones en el tiempo./ Y morir queriendo ser libre, encontrar mi lado salvaje,/ ponerle alas a mi destino/ y romper los dientes de este engranaje

martes, 5 de octubre de 2010

Darle alas a tu locura

En determinados momentos uno sólo se sienta a la mesa de algún bar a esperar que los minutos se deshagan como la cera de las veladoras en un altar. Sucede que hay noches en las que abandonas tu habitación, aburrido de escuchar a los Rolling Stones y de mirar la lluvia a través de la ventana. Bajas las escaleras, cruzas el portón, sales a la calle. Caminas hasta el bar más próximo, que es el que frecuentas. Te sientas de frente al mismo mesero de siempre, que en cuanto te reconoce empieza a servir un ron con coca. Inclina la cabeza a manera de saludo. Respondes igual y luego observas las filas de botellas. Sucede que a veces no pasa nada. Y así es la vida en esos lugares: cuando pasa algo bueno bebes para celebrar, cuando ocurre algo malo bebes para olvidar, y si no pasa nada entonces bebes para que pase algo. Las reglas del bebedor. Allí estás, esperando que acontezca algo o que un incendio consuma el local o que ángeles eléctricos pidan permiso de entrar al baño o que algún suicida beba hasta morir o que un sacerdote nos venga a excomulgar o que un poeta se emborrache con sus musas o que un limosnero te venda su alma o que un profeta anuncie el fin del mundo o que una canción nos diga una verdad o que un músico haga sonar el sax o que una mujer de falda corta selle tus labios con sabor a sal o que unos ojos eclipsen tu mirada o que lleguen a clausurar el bar o que, simplemente, te dejen en paz. * * * Aquel borracho no dejaba de dictar con estridencia: "¡Puedo volar, puedo volar, puedo volar!". Al principio a todos nos pareció gracioso, pero luego de algunos minutos empezó a sonar patético. Uno de los meseros trató de controlarlo, pero aquel escandaloso se puso a manotear: "Déjame en paz, déjame imbécil. Nadie sabe lo que yo sé". Cansado de soportar estupideces llamé al mesero. "Mejor sírvale un trago, yo lo pago", le dije. Me hizo caso. En cuanto le sirvieron, el gritón volteó hacia mí, me miró agradecido y se levantó tambaleante para luego acercarse a mi mesa. Lo que me faltaba, pensé. "Gracias joven, usted sí se ve gente decente, no como esta bola de mediocres, ignorantes". Asentí con la cabeza, como quien quiere decir "de nada". Él sujeto flacucho y bajito se sentó sin pedir permiso. "¿Sabe qué?", preguntó para luego contestarse solo: "Tengo miedo, porque sé muchas cosas que nadie sabe". Uta, otro pinche loco. "Fíjese que yo sé volar, en verdad que puedo volar", insistió pero yo no tenía ganas de hablar, ni de estar con nadie; lo único que necesitaba era tomarme un par de tragos, tranquilamente, mientras observaba la profundidad de mi vaso, pero aquel miserable se empeñaba en su discurso. "Yo sé quién mató a Colosio o también sé quién será el próximo presidente y hasta cómo hacer contacto con los extraterrestres", ennumeró con ese entusiasmo habitual en los ebrios. Por fin un hombre que ha descubierto el hilo negro. Con el brazo izquierdo le pedí al mesero que se acercara. Fue hasta la mesa. "El señor ya se va" y le hice señas para que lo "invitara" a largarse. "No joven, espérese tantito. Le juro que yo sé volar, deveras que sé volar. Y le puedo enseñar cómo". El mesero lo tomó del brazo, intentando levantarlo. "No me toques estúpido, no me toques", gruñó aquel tipo. "Ándele, amigo, es hora de que se vaya a descansar un rato o a molestar a otro lado", le advertí en tono alto, aunque conciliador. "No me creen, ¿verdad? No estoy loco. Ustedes creen que estoy loco, pero no es así", se puso de pie. Abrió los brazos, levantó la cabeza, abrió las palmas de las manos, cerró los ojos, se concentró demasiado... y juro por todos los dioses que se elevó como medio metro y se quedó flotando durante muchos segundos que parecieron largos minutos. Los cuatro o cinco clientes, así como los meseros, nos quedamos en silencio. Sorprendidos. Nadie dijo nada, aunque alguien se quedó con la boca abierta. Luego el borracho volvió a tocar el suelo y me miró con coraje. "Son unos necios, incrédulos, por eso este mundo se está cayendo a pedazos, por la falta de fe", señaló y luego se encaminó a la puerta. Entonces comenzaron los murmullos. Seguí bebiendo. Otro día difícil, como para volverse loco. Esta pinche ciudad está llena de gente muy rara.

lunes, 4 de octubre de 2010

En el nombre del amor

Tengo una carta que dice “Es el final”. Colecciono rezos en la oscuridad. Una noche sin caricias es un carnaval de soledad. Y yo me siento abandonado hasta por mi sombra. El amor es un muñeco vudú en forma de cupido. Mi corazón es una bomba de tiempo, mi ansiedad me recomienda mil formas de suicidio. El amor es un Sanborns adornado con globos de corazones. El amor es un invento para vender tarjetitas cursis que dicen: “Si quieres saber cuánto te quiero cuenta las estrellas del cielo”. El amor es el precio de un disco en el Mix Up. Amor es regalar un muñeco de peluche envuelto en celofán. El amor es un antro saturado en 14 de febrero. El amor es una chica que pierde su virginidad en las manos más toscas. Y el final es el mismo: llorar por alguien que no te supo amar. En lugar de fomentar los abrazos, queremos comprar caricias y te quieros que nunca serán sinceros. Ya lo dice un poeta apocalíptico: “los suspiros no son valorados en un cielo poblado de regalos caros”. Por eso es mejor no empeñar el corazón, ni dejarse llevar por besos falsos. El amor apendeja, te vuelve más vulnerable y siempre estarás a merced de alguien que sabrá manipularte. No quiero sonar pesimista, pero el engaño es el juego de moda y nadie quiere salir perdiendo.


Siempre que se habla del amor surge la pregunta más trillada: “¿cuánto me amas?” Las mujeres son tan elementales que siempre mueren por saber qué piensas, qué porcentaje de tu corazón es de ellas. Se empeñan en contar los días, las horas, los minutos para el aniversario. Cuando se lo proponen son adorables, pero también pueden ser tu calvario: Llévame aquí, ven por mí, acompáñame a comprar ropa, ¿qué te parecen estos zapatos?, ¿no te gusta esta blusa? Acaso no se darán cuenta de que tienes otras preocupaciones más relevantes, como estudiar, salir con los amigos, hacerle la barba a tu jefe, amarrarte las agujetas, jugar al futbol, pelearte con el wey de la tortillería, levantarte temprano, ducharte todos los días, checar tus mensajes en hotmail, comer sanamente, emborracharte algún día de estos, trabajar como negro, imaginar el futuro, renegar del pasado, planear un golpe maestro y, por qué no, perder algo de tiempo.

Casi todas sueñan con “el día que nos casemos y tengamos hijos”, sin detenerse a pensar que tal vez sería más emocionante titularse como diplomáticas, viajar a un exótico país de medio oriente y tener un amante de ojos como faros. O tal vez irse a otra ciudad, casarse con un cubano y bailar rumba hasta en la cama. Pero no, prefieren seguir los esquemas de sus madres, tías, hermanas: engordar, amargarse por el marido borracho y desquitarse con los chamacos moquientos. No las culpo, son expertas en seguir patrones, en manipular a cambio de sexo, en tirarse en el suelo para que las levantes: “es que si en verdad me quisieras tanto ya me hubieras llevado a Acapulco”. En nombre del amor se cometen las peores estupideces, como echar a perder tu vida. Tan hermoso que es quererse sin condicionamientos, sin culpas y sin reclamos. Todo sería más llevadero si en vez de chantajes emocionales, se disfrutaran como parejas, como personas que sienten, que tiemblan, que se entregan sin temor a que te pasen la factura. Sólo los tontos confunden la pasión con los achaques del corazón. No, desde luego que eso no es nada romántico… pero es mejor invertir en una noche de caricias como fuego, que regalar tarjetitas que dicen “Te quiero”. El amor es un muñeco de vudú en las peores manos.

sábado, 2 de octubre de 2010

La memoria histórica y el 68


La historia oficial de México está construida por la demagogia del poder. Esta historia se nos enseña en las aulas mediante los programas educativos del momento, y se difunde a través de los medios de comunicación masiva con objeto de formarnos un pensamiento homogéneo, acorde a lo bien visto por el poder, para asegurar el control establecido por la clase gobernante. Pero contrario a lo anhelado por los poderosos, existe también una historia oculta, excluida de los almanaques históricos y los libros de texto, arrojada al olvido de la desmemoria por el discurso oficial. Esta historia real cuenta la versión de los oprimidos, de la resistencia, y se mantiene viva aunque tiene innumerables páginas arrancadas y borradas.

Una de estas páginas, una de las más trascendentes, fue escrita el año de 1968, cuando miles de estudiantes junto con trabajadores que los apoyaban, hicieron oír su voz al resto de la población del país y gran parte del mundo. Exigieron respeto a la autonomía de las instituciones educativas, reformas sustanciales en la sociedad. Esa voz que se escuchó por vez primera en la capital y se extendió por varias de las ciudades más importantes del país, se convirtió rápidamente en un grito popular por la democracia, por la libertad plena, por la igualdad entre hombres y mujeres, un grito contra el autoritarismo y el abuso del poder.

En varios países -Francia, Checoslovaquia, Argentina, etc.- se vivió lo que en México acontecía desde el mes de julio, cuando la juventud comenzó a luchar por la construcción de un mejor país, consciente de la necesidad de transformar las raíces de nuestra patria. La conciencia se fue construyendo paso a paso como una unidad indisoluble, indestructible; pues estaba basada en las necesidades populares, en las contradicciones del capitalismo, en la conciencia social de la transformación.

Ante esta dignidad extendida, tal y como demuestra la historia, el gobierno autoritario y déspota tuvo como respuesta el lenguaje de las balas, de las tanquetas, de la represión y de la muerte. La tarde del 2 de octubre de 1968, conforme a lo planeado por los integrantes del movimiento estudiantil-popular, se realizaba un mitin en Tlatelolco con el fin de informar de los avances en la lucha política y democrática. Daba la apariencia de ser un día como cualquier otro en la tan necesaria lucha. Sin embargo, el poder había decido marcar para siempre la Plaza de las Tres Culturas y las vidas de toda una generación. Había decidido que la noche de Tlatelolco no se olvidara jamás.

Alrededor de las seis y cuarto de la tarde la plaza rebosaba de gente, los vecinos observaban el mitin por las ventanas de sus departamentos y casas. Todos escuchaban con atención al orador, cuando de pronto unas luces de bengala iluminaron el cielo; eran la señal. No pasaron más de diez segundos cuando la plaza se vio surcada por miles de balas que se dirigían a los asistentes. Policías y militares rabiosos golpeaban, arrestaban y asesinaban a su propio pueblo, mientras los hombres del guante blanco, los encubiertos del batallón Olimpia, dirigían las acciones y apresaban a los dirigentes en el edificio Chihuahua. Cuando la noche cayó la plaza estaba bañada en sangre, las cárceles repletas de presos políticos, cientos, miles, incontables. Muchos cuerpos fueron arrojados en zonas inhóspitas en donde jamás serían encontrados, muchos presos no fueron registrados para no llenar los cuadernos de la evidencia, muchos otros jamás llegaron a las cárceles, los desaparecieron, los borraron, los ocultaron en medio del silencio convertido en verdad oficial. Todavía sus familias mantienen la esperanza de volver a verlos con vida.

Al día siguiente no hubo grandes encabezados en la prensa, no hubo imágenes en la televisión, no hubo noticias en la radio, son en realidad muy pocos los medios de comunicación que mencionaron algo de los trágicos sucesos. Parecía que no había pasado nada. Era el silencio de lo que se dice correcto, de lo que se dice necesario, era una inyección letal de desmemoria, de exclusión de los almanaques y libros de historia pagados por los asesinos explotadores. Lo que sí estaba en cartelera eran las próximas Olimpiadas que se celebrarían en la capital.

Pero ante esa pretendida desmemoria, frente a esa exclusión oficial, está siempre la conciencia popular, que de voz en voz, de persona a persona, transmite la verdad, recuerda a los caídos y mantiene la exigencia de justicia, esa misma que enarbolan los familiares que siguen esperando reunirse con sus desaparecidos, que conduce a las madres que perdieron a sus hijos, exigencia que guía los pasos que retumban en lo más profundo del corazón de nuestra patria año por año, cuando las calles de México reciben a los manifestantes que gritan: ¡DOS DE OCTUBRE NO SE OLVIDA!

El fin del movimiento del 68 en México no es un hecho aislado, pues el 10 de junio de 1971 fueron nuevamente masacrados estudiantes universitarios y politécnicos en la capital del país a manos del grupo de choque creado por el Estado llamado los “halcones”, quienes actuaban en clara confabulación con las “fuerzas del orden”. La naturaleza del poder es evidente, la violencia de Estado se ha repetido en Acteal, Aguas Blancas, Atenco y Oaxaca, por citar sólo algunos ejemplos acerca del accionar del Estado ante todo conflicto social. Esto es claro: la violencia del poder se grabó hasta en el último rincón de nuestro México moderno en la Plaza de las Tres Culturas.

La transcendencia del 68 apenas comienza a comprenderse en su verdadera dimensión. El movimiento estudiantil-popular que se desarrolló en México es el antecedente de las nuevas formas de resistencia que en los últimos años se realizan. Su carácter antiautoritario y autogestionario sirve de ejemplo a las generaciones recientes, que cansadas de los abusos del poder y de las mentiras de los partidos políticos, se organizan de manera horizontal e independiente para buscar la transformación del país. La impunidad, el autoritarismo, la demagogia, aún persisten, fueron aspectos cuestionados de la sociedad en el 68 pero no pudieron ser erradicados, y esto hay que tenerlo muy en cuenta. Dicho de forma simple, queda mucho trabajo por hacer.

Ninguno de los intentos para ocultar la verdad, para dejarla en el olvido, han logrado borrar la memoria histórica del pueblo mexicano que persiste y se reproduce para que las nuevas generaciones podamos conocer la verdad, para que a más de cuarenta años comprendamos la necesidad de exigir justicia y de reconocer el valor de todo aquél que levanta la voz para demandar una vida digna.

El 68 y la matanza de Tlatelolco no son una efeméride que debamos recordar con demagogia y cinismo. Ha sido y es uno de los ejemplos más grandes de la lucha que debemos desarrollar para realizar la tan urgente transformación de raíz que nuestro país necesita a fin de terminar para siempre con la injusticia y la desigualdad que sustentan la falsa democracia en la que vivimos, organizados demos el paso al México de los de abajo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Un Hombre alado extraña la Tierra

Miguel Ángel perdió su empleo. Ya tiene rato de eso, así que se empleó eventualmente en oficios malpagados. Con estudios truncos de preparatoria, tampoco es muy sencillo encontrar una buena chamba
Lo intentó en un Oxxo, también como valet parking, un rato de mesero, pero siempre llega un punto en que la desesperación es una mascota pulgosa, que te sigue a todos lados con su famélica figura y esa hambre constante. Y encima su problema con el alcohol acentuó su crisis. Lo mental, lo emocional, pasó a derruir su ya de por sí endeble economía. Y con los ánimos vacíos y los bolsillos repletos de cuentas por pagar, encima tenía que lidiar con los reclamos de su ex esposa: el niño necesita zapatos, ya debo tres meses de renta, apenas nos alcanza para malcomer, eres un desobligado, no tienes para darme pero bien que te emborrachas con tus amigotes… De buena gana se tiraba en la calle, a mendigar una que otra lástima, pero le sobraba orgullo y le faltaba dignidad. Eso es más o menos lo que me platicó en el poco tiempo que lo conocí. Algunos meses fue portero del edificio que habito. De vez en cuando lo encontraba en la esquina o por el mercado. Hasta que el otro encargado de la puerta me puso al tanto: “Se acuerda, joven, del otro portero, el morenito que trabajaba aquí antes…”. Pues le escasearon las fuerzas para luchar. Optó por colgarse en un hotel barato del Centro. Una baja más en las filas del desempleo. Y ni siquiera es una estadística en el informe presidencial, en ese recuento de logros que rebosa optimismo pese a que este país es una embajada del pesimismo. Vale madres, últimamente la muerte anda rondando demasiado cerca. Yo mejor me hago el distraído, no vaya a ser que me quiera hacer un guiño. Creo que le bajaré al cigarro y a las fritangas. Ya ven a Cerati, tan sano que se veía, y ahora está en terapia intensiva y hasta lo andan dando por fallecido antes de tiempo. “Un hombre alado extraña la tierra”, debería ser su epitafio el día que se nos muera.

Aquel chavito me convenció con su desfachatez. Le compré dos cachitos de lotería. “Con una condición”, lo reté. “A ver”, se plantó muy seguro de sí mismo. “Que me digas cuánto es ocho por siete”, dije por probar algo. “Son 56”, soltó con seguridad. “Oye, sí te la sabes”, no dejó de sorprenderme. “Pa’que veas que sí estudio”, me echó en cara, “ahora cómprame un cachito, son para el viernes”. Así que le compré dos, aunque nunca he confiado mucho en mi suerte. “¿Y a qué hora vas a la escuela?”, le pregunté. Me respondió que en las mañanas, que sólo en las tardes le ayudaba a su madre a vender billetes de lotería. “Échale ganas”, le sugerí, “para que un día dejes de vender”. El chaval, que debía tener unos diez años, me recordó al niño que alguna vez fui, será por eso que simpaticé con él. “Pues claro, porque quiero ser abogado”, ese chamaco hablaba demasiado mientras me daba mi cambio. “No manches, tú tienes cara de gente decente”, solté la broma, “¿y por qué quieres ser abogangster?”. Miró hacia otra mesa de esa cantina céntrica y dijo como si nada, “pues para defender a las señoras como mi mamá, para que no las dejen botadas con sus hijos, para que el papá les dé dinero”. Obviamente se refería a la pensión que no todos los ex maridos saben o quieren atender. “Muy bien, pues te felicito”, mi deseo era sincero, “es más, toma” y le di 50 varos, “pero es para ti, para que lo gastes en la escuela”. Quise ser optimista, pero sabía que le entregaría el billete a su jefa. Cuando se alejó no pude evitar sonreír y le dije a mi amiga que “ojalá todos los niños como él no la tuvieran tan difícil”. Ana me miró con expresión de tú-siempre-tan-acomedido y me tendió los boletos, mientras me señalaba que “no son para el viernes”. En efecto, eran para mucho después. Pinche escuincle, pensé y aún así no pude dejar de sonreír. Intuí que la vida puede ser dura, pero cuando tienes el espíritu para salir adelante no habrá nada que te detenga. Y me lo imaginé, al chavito, ejerciendo un día como abogado. Seguro que lo conseguirá, así que levanté mi copa y le dije salud a mi acompañante.

Nunca había visto llorar a mi madre de aquella manera. Sí, recuerdo con claridad sus sollozos en la oscuridad, agobiada por el abandono de mi padre y devastada por la obligación de mantener a cuatro chamacos. Pero aquello era diferente: esa manera tan desesperada de gemir, de jalarse los cabellos. Mi hermana Nadia se tapó con las cobijas, mientras Claudio y Silvia -los menores- dormían ajenos al drama. Yo estaba sentado en la cama, inmóvil, sabiendo que no podía hacer nada para calmar a mi jefa. No lo sabía, pero quizá debí acercarme a ella y abrazarla, sólo que mi educación sentimental era nula. A mis nueve años era un pequeño imbécil, incapaz de correr a decirle que todo estaría bien. “Ay, hijo, ya duérmete”, me dijo Alicia cuando se calmó un poco. Yo empecé a llorar, contagiado por su tristeza. “No m’ijo, no llores, tú no tienes la culpa de nada”, ella me abrazó sintiéndose peor al ver mis lágrimas. “No te preocupes, no pasa nada” y me abrazó conmovida. Me contó que le habían robado el monedero en el camión y que apenas en la tarde había cambiado su cheque. En pocas palabras, no tenía para pagar la renta y eso en la escala de nuestro miserable mundo era una verdadera tragedia. Por fortuna, los dioses fueron pródigos con nosotros y nos regalaron a una madre a prueba de siniestros. Y Alicia trabajó el doble, puso un puesto de quesadillas afuera del vecindario, y poco a poco, con más sudor que talento, nos empujó hacia arriba. Y nos heredó una gran enseñanza de vida: por muy lejana que se vea la salida de emergencia, no hay que dejar de luchar para llegar a ella. Y un poema de Néstor De Luca siempre le hará justicia a mi madre: “Un trueno será enviado para cimbrarte, un mar de tormentas inundará tu extravío, acaso navegarás sin rumbo fijo, pero en tu interior hallarás el fuego interno, ese destello eterno que cobijará tus dudas y reorientará tu destino. Que la grandeza cabe en tu corazón, en ese pequeño motor que sólo precisa del combustible exacto, del amor imperfecto que mueve mundos, que congela odios y genera las sonrisas para un mañana imperfecto”.

martes, 28 de septiembre de 2010

Incómodos silencios

En el pesero ninguno de los pasajeros mira a los demás. En la radio suena una estúpida balada. Estoy concentrado en un libro grueso que dicta verdades y por alguna extraña razón empiezo a leer en voz alta:
“Esta ciudad parece enferma/ y es habitada por locos./ Todo parece triste y nos aniquila poco a poco:/ amantes que acaban odiándose,/ ese pordiosero que sentado/ mira fijamente nuestros rostros,/ adentrándose en nuestras mentes,/ flores secas y basura amontonada,/ banqueros y funcionarios tramando quedarse con nuestro dinero,/ políticos de cara amable y espíritu podrido,/ ladrones de cuello blanco con maravillosas esposas y champaña en las comidas,/ la misma historia de las devaluaciones,/ cárceles atestadas de violadores,/ gente desencantada en los andenes del metro,/ hombres suficientemente viejos/ como para amar la tumba desde ahora…
Es un poema certero, aunque los demás parecen no entenderlo y me miran contrariados, pero no me detengo: “Estas y otras, muchas, cosas/ demuestran que la vida gira sobre un eje oxidado./ Pero nos han dejado un poco de música/ y un póster de Dylan en la pared,/ una botella de ron, unos pantalones de mezclilla,/ un delgado volumen de poemas,/ un perro que corre como si el diablo le estuviera retorciendo la cola.../ Y llega el odio, luego el amor y después, de nuevo, el odio/ como un asesino que dobla la equina./ Puntual, la ciudad espera a que caiga la noche/ para volvernos locos de tan solos, solitarios,/ que somos, caminando sin mirarnos unos a otros... Luego un silencio incómodo. Un señor de rostro cansado bosteza y me observa unos segundos como si estuviera frente a un carnicero. Una señora gorda sonríe y me dice “¡qué bonito!”, como si no comprendiera que es un poema triste y oscuro. Una muchacha guapa prefiere ignorarme y se asoma por la ventanilla. “Esta ciudad parece enferma y está habitada por locos y solitarios”, musitó una vez más mientras los demás

“Salirte de ti mismo y contemplarte mientras duermes puede ser peligroso. Te asombrarías de no reconocerte... además de que no encontrarías el camino de regreso”, me dijo el viejo barbón que viajaba frente a mí en el Metro. Traté de no hacerle caso, pero él insistía en su soliloquio. “Sí, estoy loco, tal y como estás pensando, pero no le hago daño a nadie. ¿Y sabes por qué?” No contesté y él no estaba esperando tampoco que yo abriera la boca. Lo miré como lo haría un joyero en una convención de ladrones. “Porque tengo alma de gato. En cambio tú, tienes alma de perro, lo noto en tu mirada. Si por ti fuera, aullarías ahora mismo”, entonces se paró y caminó hacia la puerta. Antes de bajar en Portales gritó: ¡“La rabia es contagiosa!, cuidado con él, cuidado con él” y me señaló con su dedo mugriento. Un destello anaranjado inundó mi cabeza. Sentí ganas de correr, pero intuí que no llegaría a ningún lado. No sé a cuánta gente he dañado, no sé cuántas manos he mordido, pero sé lo que es sentirse como un perro y en verdad que es muy jodido. La soledad es un pescado con los ojos abiertos, un toro aterrado, un escalofrío en las noches de insomnio.


Anoche llamó MaryTere para decirme que no sólo me odia sino que vendrá por el televisor y el estéreo. Ya se llevó el refrigerador, la sala, el microondas y hasta el espejo. Ya ni siquiera puedo observarme en las mañanas para ver si me reconozco. Bueno, al menos me dejó los compactos de Babasónicos y Andrés Calamaro. ¡Qué bueno que tengo el sacacorchos, las botellas de vino y el excusado! Hace ocho días que ella se largó a vivir con su mejor amiga que por cierto es lesbiana y siempre se la quiso llevar a la cama. “Eres patético”, me dijo MaryTere la última vez que llegué a las ocho de la mañana después de recorrer cuatro teibols buscando algo que me salvara de sentirme incompleto o al menos una mujer que estuviera en el negocio por mero placer y no por dinero. Una vez más encontré que soy como un celular sin crédito, un vocho descontinuado, una película sin final, aquel vago que espulga a los perros, la esperanza en los ojos de los ciegos; soy todo eso que tanto odio y a lo que más me acerco. Marytere se fue sin decir nada, pero con la mudanza se llevó mis restos. Ya nada me salva. La soledad es la distancia que hay entre mi pellejo y los huesos.

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